La tautología de las cosas

En un análisis penetrante sobre el ciclo electoral, se desvela cómo la aparente lógica detrás de ciertas afirmaciones políticas es nada más que una tautología vacía. Desde el mantenimiento del poder hasta la utopía de transformación, se cuestiona la verdadera naturaleza del cambio en un sistema arraigado en sus propias contradicciones.

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Por Pol Ruiz de Gauna de Lacalle, filósofo in fieri desde Barcelona, España.

Asiendo por el copete la ocasión de que, tanto en algunos lugares de la península desde la que escribo como en el conjunto del espacio europeo, toca nuevo ciclo de movilización electoral, nuevo ciclo de elecciones «gatopardianas», a las que corresponde el favorecer que algo cambie con miras a asegurar que siga siendo todo lo mismo, esto es: con miras a garantizar resultados dentro del orden establecido, me permitiré una somera invocación de cierto grupo de temas en especial continuidad con el carácter gatopardiano al que acabo de aludir.

La tan cacareada fórmula de Jameson según la cual «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» sintetiza de la mejor manera uno de los aspectos fundamentales del por Marx llamado «quid pro quo» fetichista, a saber: la inmediatización-naturalización inherente a que las relaciones nihílicas que constituyen el capitalismo (no olvidemos que la «sustancia del valor» no es sustancia alguna, (no) es «nada») aparezcan cósicamente, vale decir: como «propiedades sociales naturales» de las cosas mismas. Tengo para mí que una de las expresiones más comunes de la citada fórmula es la que se esconde detrás de lo que (por de pronto solo en las próximas líneas) me voy a permitir llamar (a falta de locución mejor) «tautología factual», que opera casi siempre que alguien dice: «hombre, Fulano, la medida política que propones es imposible, utópica», aserto que, en boca de quien lo profiere, pretende ser informativo: el hablante quiere informar al receptor de una constatación fáctica, de un hecho que el emisor ha constatado y de cuya constatación aspira a hacer partícipe al destinatario. Lo interesante del asunto es que quien así se produce cree sinceramente estar «constatando algo», cuando en verdad se está moviendo en el terreno de la pura tautología (lo que dice es tan informativo, tan constatatorio, como afirmar que un triángulo tiene tres ángulos). Y ello porque el presunto razonamiento parte de una premisa implícita, sobreentendida, necesariamente opaca, que, sin embargo, es la que le da consistencia, a saber: consistencia de tautología, de enunciado semánticamente vacío. Veámoslo. Lo que el hablante explicita es lo siguiente:

Premisa: «La conservación de la situación de poder Y no es compatible con la aplicación de la medida X».
Conclusión: «La medida X es imposible».

Pero —nótese bien— lo único imposible aquí es por de pronto el razonamiento mismo: obsérvese que, para que la conclusión se siguiese, tendría que haber una premisa adicional, que es la que el hablante omite y cuya omisión confiere al enunciado una apresurada apariencia de juicio sintético a posteriori. En efecto: al decir que X es imposible, parece que el hablante esté diciendo algo similar a lo que diría el científico que afirmase que no es posible que en determinadas condiciones el ser humano sobreviva sin agua más de cierto número de días. La apariencia es esta, pero enseguida advertimos que, para que la conclusión de nuestro hablante sea procedente, es preciso introducir una premisa del tipo: «Bajo ningún concepto puede venirse abajo (= quiero que caiga) la situación de poder Y». Ahora la conclusión sí se impone: «La medida X es imposible si se establece como condición previa el mantenimiento de la situación de poder Y». Pero entonces resulta que lo que la conclusión concluye… ¡es exactamente lo que decía ya la primera premisa! De modo que la conclusión no aporta nada, no añade nada, es semánticamente vacía y, por lo tanto, no concluye cosa alguna: sienta exactamente lo mismo que la premisa inicial. No hay tránsito del sujeto al predicado y, por consiguiente, el juicio no es sintético sino analítico, tautológico.

Considero del mayor interés, en este orden de asuntos, observar que la tautología de marras «funciona», «genera efectos», con total independencia de lo que pueda ocurrir en el curso de una demostración lógica. Precisamente porque (como nos enseña Marx) es en el terreno de las prácticas sociales, y no en ciertos enunciados epistemológicos, donde la inmediatez fetichista campa por sus respetos, precisamente por ello, la tautología que asume como premisa tácita, inconfesada, la absoluta inmediatez del capitalismo está en todo caso supuesta en el funcionamiento de los usos ordinarios, coadyuva espontáneamente a su solvencia, y hasta tal punto se adhiere a la piel de las acciones y las cosas que su eficacia se revela por completo independiente de que, a nivel discursivo, el grueso de la población suscriba o rechace la dicha tautología (personalmente desconozco cuántos ciudadanos creen a día de hoy que el capitalismo está asegurado in saecula saeculorum, pero lo de menos es que, en el fondo, lo crean o no, ya que, de todos modos, en el campo ejecutivo, en el campo de las acciones mismas, cada práctica del capital incorpora a su inmediato engranaje la firmeza de la eternidad). En breve: séalo o no nuestro discurso, lo irremisiblemente tautológico es sobre todo nuestro hacer. Son nuestros usos y costumbres, más que nuestras verbalizaciones, los que con pía devoción se ponen de hinojos ante (y dan la vida por) triángulos que «además» tienen tres ángulos.

Al decir que la tautología factual se apoya sobre una premisa soterraña, disimulada, inexpresa, que establece como condición el mantenimiento de cierto estado de cosas, pudiera ser que «no» hubiésemos dicho (incluso que hubiésemos dicho lo contrario de) que la implícita opción por esa premisa constituye la opción «conservadora»; parecerá que lo hemos dicho solo si por «conservación» se entiende el «suicidio abstracto» («abstracto» por oposición a «determinado») que garantiza que las cosas funcionen, aun en permanente estado de contradicción, hasta que por trivial agotamiento dejen de hacerlo; se admitirá que no es eso lo que hemos dicho si, en cambio, se entiende que el «conservar» apunta a lo que filosóficamente designamos con el término «Aufhebung», a saber: negación que, por ser propia e interna, a la vez que niega, salvaguarda (elevándolo) el objeto mismo de su negación. Ganaríamos mucho en claridad si acertásemos a percibir que, aunque en tal caso siguiera habiendo «suicidio», este ya no sería «abstracto», sino «determinado», y la pérdida (que entonces nada tendría de trivial) constituiría a la vez el autodiscernimiento de lo mismo que en el proceso negador se perdiese, autodiscernimiento que implicaría, en cierto modo, su más elevada permanencia. Solo el destruir que viene exigido por la asunción propia de lo que se destruye permite a esto último ser radicalmente afirmado y conservado; por el contrario, el conservar que obedece a mera voluntad de autodefensa todo lo arroja a la más pródiga, inicua y brutal devastación, que naturalmente ostenta —¿por qué no?— una viva inquietud «ecologista», «verde», «sostenible» y «pacifista». Todos estamos firmemente comprometidos con el cuidado del planeta, los derechos humanos, la paz y la solidaridad; al fin y al cabo, para lo que importa el uso de eslóganes y etiquetas, ¿por qué habríamos de renunciar a él? ¿Por qué no pedir «igualdad» y «libertad», si todos somos «igualmente» vacíos y nos sometemos «libremente»? Así respira y rezonga, raspahilando, el «último hombre», así se agita y parpadea, con tautológica sensatez, minutos antes de depositar su preciado voto en una abrillantada urna de cristal.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management.

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