Por Fernando Véliz Montero, PhD Autor y coach ontológico
El sentido de la existencia junto al humor articula el “sentido del humor”. Éste posee diversos insumos, diversas vetas a partir de las que inspirarse para surgir e impactar en el otro, y uno de estos centros inspiradores es la fragilidad humana, la incongruencia y la condición individual, como un campo volátil e imperfecto desde el qué aprender y desafiar. “Si todo fuera perfecto en la vida, ¿seguiría habiendo alguna oportunidad para el humor?” (Stefan Vanistendael).
“¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad, cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia. Da igual” (Buster Keaton).
La italiana, Antonella Ottai, académica y estudiosa del espectáculo europeo (Universidad de la Sapienza) escribió, “La risa nos hará libres. Cómicos en los campos nazis” de editorial Gedisa (253 páginas), con la intensión de contextualizar una época única de luces con los cabarets de un Berlín de Weimar (urbe libre y disipada) en llamas por su amplia dimensión vanguardista, progresista y empoderada con la política, las artes, la bohemia, la libre sexualidad y una diversidad cosmopolita como pocas. Pero todo colapsó con el Tercer Reich y su triunfo irreversible. La política totalitaria y dictatorial, y su ideología racista y ultranacionalista, hizo del gobierno de Hitler, un momento de dolor y oscurantismo para la historia humana en su globalidad.
Los campos de concentración de Westerbork (Países Bajos) y Theresienstadt (actual República Checa) fueron espacios de dolor y, a la vez, también representaron instancias de humor, espectáculo y risas, ya que había que sobrevivir, por lo mismo, urgía sacarles carcajadas a los propios verdugos. Y fueron reconocidos artistas judíos (Kurt Gerron, Max Ehrlich, Paul Morgan, entre otros), quienes tuvieron que experimentar esta brutal contradicción: hacer reír o morir. Por lo mismo, este libro estudia el humor en el Holocausto y convive, a la vez, con sus múltiples contextos: bromas desarrolladas por las propias víctimas; chistes racistas de los nazis; sátiras sobre el régimen… y bajo este contexto, la creatividad no supo de límites a la hora de sobrevivir.
En su libro, “El hombre en búsqueda de sentido”, Victor Frankl afirmó que la dura realidad que significó para él vivir como prisionero en los campos de concentración nazi, lo hizo entender a cabalidad el poder del humor. Este reconocido psiquiatra austriaco planteaba que el humor era otra de sus armas para luchar por la supervivencia diaria en los campos de exterminio. Frankl planteaba que el humor proporcionaba un distanciamiento prudente para superar cualquier situación adversa. Un día argumentó: “Yo mismo entrené a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra (trabajos forzados) para que desarrollara el sentido del humor. Le sugerí que debíamos hacernos la solemne promesa de que cada día inventaríamos una historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día siguiente de nuestra liberación”, concluyó.
Por su parte Freud desde el psicoanálisis, enfatizaba que lo decisivo no es lo que se dice, sino el cómo se dice. De esta forma, el humor, desde su particularidad, busca intervenir en la vida de las personas con un estilo diferente, comprendiendo que su impacto transformará la emocionalidad y la propia actitud. En su libro, “El chiste y su relación con lo inconsciente”, Freud afirma que el chiste se hace y la comicidad se descubre. Y este autor vienés enfatiza: “El humor es entonces un medio para conseguir placer a pesar de los efectos dolorosos que se oponen a ello y aparece en sustitución de estos”.
Dentro de los factores protectores de la resiliencia, el humor (y el arte) resulta un actor dinamizador que lo que busca es resignificar los contextos adversos, humanizando las lecturas interpretativas y con esto, generando nuevos aprendizajes y dimensiones emocionales. Desde esta perspectiva, “La risa nos hará libres. Cómicos en los campos nazis” (Gedisa), resulta un texto cargado de detalles, situaciones, información y humanidad. Obra que se transforma en un legítimo espacio entre tensiones existenciales difíciles de conectar y comprender como son el humor y el abuso, la vida y la muerte, el sentido y el odio… y el solo sobrevivir, que sería en este caso.
Con esta obra se respira constantemente una realidad kafkiana en donde no existe lógica alguna; historia que escapa de todos los límites de la razón, que no se logra comprender a cabalidad y, por tanto, que nos genera desazón y desconcierto. Esta dinámica de hacer reír para no morir es una lógica abiertamente surrealista, irracional, incomprensible, absurda, indescifrable, incognoscible, ininteligible, opresiva, asfixiante, incoherente y angustiante… y lo peor de todo, toda esta historia fue real, ¡ocurrió!
Antonella Ottai precisa en el prólogo de su obra: “La vida teatral significaba, por encima de todo, vida, antes de que se los tragaran los campos de exterminio. Explorar estos espacios intermedios a partir de los relatos y de los testimonios disponibles no ha supuesto únicamente recorrer la historia de los cómicos, una historia con un comienzo suspendido en un tiempo remoto, sino sorprender al comediante en el momento de la relación compartida entre víctima y verdugo, persiguiendo los poderes y las perversiones de una carcajada que había estallado en Berlín para apagarse únicamente ante las cámaras de gas”.
“Si no tuviera sentido del humor, hace mucho tiempo me hubiera suicidado” (Gandhi).
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management.