Por Patricio Yuras Maltés. Académico, director de la Carrera de Ingeniería en Administración de Empresas, Universidad Central de Chile.
La inteligencia artificial se destaca, entre otras cuestiones, por aumentar la productividad, optimizar procesos y generar nuevas oportunidades de negocio; de ello, no hay duda. Sin embargo, por otro lado, no podemos descartar el riesgo de desplazamiento de trabajadores y el aumento de las desigualdades. En tal sentido, habitualmente analizamos la tecnología misma, pero el desafío es otro: la forma en que las sociedades gestionarán sus consecuencias. Es así como diversos organismos han advertido que la automatización puede incrementar la precarización en ciertos sectores (Foro Económico Mundial, Fondo Monetario Internacional, Ocde, McKinsey Global Institute, OIT, entre otros).
La Organización Internacional del Trabajo ha señalado que el futuro del trabajo exigirá nuevas formas de diálogo social, actualización de los derechos laborales y mecanismos de protección para quienes enfrenten procesos de automatización. Esta mención es reveladora, pues la historia demuestra que las transformaciones tecnológicas desde la revolución industrial en lo sucesivo, siempre generan ganadores y perdedores.
El problema no es, necesariamente, la eventual eliminación de empleos. El aspecto más complejo es que los nuevos puestos de trabajo requieren competencias distintas a las que poseen quienes son desplazados. En consecuencia, se produce una brecha que puede extenderse durante años, afectando a trabajadores de menor calificación, mayor edad o con menores oportunidades de reconversión profesional.
En este contexto, el diálogo social pasa a ser estratégica. Ya no bastará con negociar salarios, beneficios o condiciones de trabajo tradicionales: el diálogo entre empresas, trabajadores, sindicatos, universidades y gobiernos deberá contemplar materias como capacitación permanente, reconversión laboral, empleabilidad futura, protección social y ética laboral.
La inteligencia artificial no representa únicamente una revolución tecnológica. Constituye, sobre todo, una prueba para la capacidad de liderazgo de nuestras instituciones y sociedad. El éxito de este avance dependerá de la voluntad de construir consensos que permitan armonizar la innovación, productividad y la cohesión social.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management