La indiferencia social como respuesta habitual ante el sufrimiento, la violencia o la exclusión no es un hecho aislado ni una simple consecuencia del ritmo acelerado de vida actual. Así lo sostiene Mercè Conangla, psicóloga especializada en educación emocional, quien en una entrevista publicada por La Vanguardia alertó sobre los riesgos de normalizar esta actitud y la vinculó directamente con una educación emocional y ética fallida, tanto a nivel individual como colectivo.
Conangla plantea que la indiferencia no debe confundirse con tranquilidad ni con fortaleza emocional. Por el contrario, la define como un mecanismo de desconexión que surge cuando las personas se sienten sobrepasadas por el dolor, la incertidumbre o la sobreexposición a estímulos negativos. En ese contexto, la falta de respuesta emocional se convierte en una forma de autoprotección, pero también en una señal de alarma sobre el modo en que se ha aprendido —o no— a gestionar las emociones.
Según explicó al medio, la sociedad actual está expuesta de manera constante a noticias, imágenes y relatos de sufrimiento que generan un impacto emocional sostenido. Cuando no existen herramientas internas para procesar esa información, la reacción más habitual es el bloqueo afectivo. Esa indiferencia, advierte Conangla, no solo empobrece la vida emocional, sino que debilita los lazos sociales y la responsabilidad ética hacia los demás.
Desde su mirada, la educación emocional no puede limitarse a reconocer emociones básicas, sino que debe integrar valores como la empatía, la compasión y el compromiso con el entorno. En ausencia de estos aprendizajes, la indiferencia se instala como una respuesta aprendida, que termina afectando la convivencia, las relaciones interpersonales y también los climas organizacionales.
La indiferencia como fracaso educativo
Para Conangla, uno de los errores más frecuentes ha sido relegar la educación emocional a un segundo plano frente a los contenidos académicos o técnicos. Esta carencia se manifiesta luego en adultos que carecen de recursos para gestionar el malestar propio y ajeno, y que optan por mirar hacia otro lado como estrategia de supervivencia emocional.
La psicóloga subraya que la indiferencia no aparece de manera repentina, sino que se construye progresivamente. Pequeñas conductas de desinterés, falta de escucha o normalización de actitudes crueles pueden ser señales tempranas de una desconexión emocional más profunda. Detectarlas a tiempo es clave para evitar que se consoliden como rasgos permanentes de personalidad o cultura.
En el ámbito social y laboral, esta indiferencia se traduce en relaciones más frías, menor cooperación y una pérdida del sentido de comunidad. Conangla sostiene que cuando las personas dejan de sentirse interpeladas por lo que ocurre a su alrededor, también se debilita la ética colectiva y la capacidad de actuar frente a las injusticias.
Educación emocional y ética: una relación inseparable
A lo largo de la entrevista, Conangla remarcó que no es posible hablar de educación emocional sin una base ética sólida. Gestionar las emociones no implica anestesiarlas, sino comprenderlas y ponerlas al servicio de relaciones más sanas y responsables. La indiferencia, en este sentido, representa un quiebre entre lo que se siente, lo que se piensa y lo que se hace.
La especialista señaló que una educación emocional adecuada debería ayudar a las personas a tolerar el malestar sin desconectarse, a sostener la empatía incluso en contextos difíciles y a asumir que el dolor ajeno también interpela. Cuando esto no ocurre, se instala una lógica individualista que prioriza la comodidad emocional por sobre el compromiso con los demás.
Este planteo adquiere especial relevancia en organizaciones y espacios de trabajo, donde la indiferencia puede naturalizar prácticas deshumanizadas, liderazgos poco empáticos y climas laborales tóxicos. Desde la perspectiva de Conangla, formar emocionalmente también es una responsabilidad ética de las instituciones.
Un llamado a revisar modelos y prácticas
Lejos de una mirada pesimista, la psicóloga propuso entender la indiferencia como una oportunidad para revisar los modelos educativos, familiares y sociales vigentes. Reconocerla como síntoma permite abrir conversaciones necesarias sobre cómo se están formando las personas y qué valores se están transmitiendo, explícita o implícitamente.
En ese sentido, insistió en la importancia de recuperar espacios de reflexión emocional, de escucha activa y de conexión genuina, tanto en la vida cotidiana como en los ámbitos profesionales. Solo así, sostuvo, es posible reconstruir una sensibilidad que no derive en agotamiento emocional, pero que tampoco caiga en la desconexión.
La advertencia de Conangla apunta, en definitiva, a una responsabilidad compartida. La indiferencia no es un problema individual, sino un reflejo de sistemas educativos y culturales que han descuidado la dimensión emocional y ética del desarrollo humano. Atender esta señal, concluye, es un paso imprescindible para construir sociedades más conscientes, solidarias y emocionalmente sanas.