La IA, nuestro nuevo y silencioso empleador

En esta columna, Patricio Palacios P. plantea que la inteligencia artificial ya no opera solo como una herramienta de apoyo, sino como un empleador silencioso que evalúa, filtra, selecciona y redefine la relevancia profesional de las personas. Su tesis es que el riesgo no está únicamente en la desaparición masiva de empleos, sino en una transformación más profunda: trabajar bajo una lógica algorítmica que puede devaluar el juicio humano, la creatividad, la experiencia y el sentido del trabajo.

Por Patricio Palacios P. Socio Director de TCS Capacita, psicólogo, filósofo, coach, docente del Magíster de Salud Pública de la Universidad Mayor, Speaker internacional y fundador de P.P. Piensa Positivo.

La narrativa que ha dominado el debate sobre la inteligencia artificial durante los últimos años es una extraña amalgama de tecnofilia desmedida y una ansiedad atávica que roza lo existencial. Nos han dicho que la IA es una herramienta inofensiva, una suerte de martillo digital que promete multiplicar nuestra productividad, pero esta metáfora se queda corta y, en el fondo, resulta peligrosamente complaciente. La realidad, mucho más cruda y menos amable, es que la IA no se limita a ocupar el espacio de una asistencia técnica; está operando como un empleador invisible que evalúa, filtra, selecciona y, en última instancia, dicta las condiciones de nuestra relevancia profesional. A estas alturas, los datos del Work Trend Index de Microsoft y los estudios de adopción regional en Chile confirman que el 61% de las personas trabajadoras ya ha integrado la inteligencia artificial en sus tareas cotidianas, no porque se sientan empoderados por una sinergia idílica, sino porque el mercado laboral impone una velocidad de rendimiento que solo los algoritmos pueden sostener.

Afirmar de manera absoluta que la IA “no dejará a nadie sin trabajo” es tan impreciso como asegurar que destruirá todos los puestos de manera indiscriminada. La realidad apunta hacia un escenario de transformación profunda más que hacia una desaparición total del empleo.

Estamos inmersos en una aceleración vertiginosa que, siguiendo la estela crítica del pensamiento de Byung-Chul Han en su análisis de la “sociedad del rendimiento”, revela una paradoja inquietante: el sujeto contemporáneo ya no necesita un capataz externo de carne y hueso que lo vigile, porque se autoexplota voluntariamente a través del algoritmo en un intento desesperado por no volverse prescindible. Este nuevo empleador algorítmico no duerme, no negocia y, sobre todo, no tiene empatía. Como señala Yuval Noah Harari al advertir sobre las profundas disrupciones de la automatización en el tejido social, la inteligencia artificial no es simplemente otra tecnología más en la larga lista de revoluciones industriales; es la primera tecnología capaz de tomar decisiones y crear ideas por sí misma, lo que inevitablemente dejará obsoletas actividades humanas, oficios enteros y profesiones tradicionales que hasta hace poco se creían blindadas por el intelecto.

La consecuencia directa de este desplazamiento es la devaluación sistemática del trabajo humano tradicional. Cuando los informes laborales señalan que el 51% de los trabajadores reconoce como su principal reto la dependencia ciega hacia la tecnología, lo que en realidad están confesando es la abdicación paulatina del juicio contextual y del criterio ético frente a un sistema que procesa variables pero ignora por completo el sentido de la experiencia. La promesa corporativa de que las habilidades estrictamente humanas —como la empatía, el pensamiento crítico o la creatividad— actuarán como un refugio inexpugnable choca frontalmente con la práctica empresarial cotidiana, donde se prioriza una frialdad matemática que reduce la labor del hombre a un cúmulo de datos medibles. Automatizar tareas no es un ejercicio neutral de eficiencia técnica; es una decisión cultural que desecha oficios artesanales, administrativos y creativos bajo la premisa de que el costo humano es un daño colateral admisible. El verdadero peligro al que nos enfrentamos no es una catástrofe de ciencia ficción donde la máquina destruye todos los empleos de la noche a la mañana, sino una mutación silenciosa que nos obliga a trabajar de tal manera que, para conservar un lugar en el sistema, debemos despojar nuestro trabajo de aquello que lo hace profundamente humano, convirtiendo nuestra capacidad de razonar, sentir y crear en meros flujos de optimización para un empleador que no conoce la diferencia entre la productividad y la vida.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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