En una entrevista publicada el 18 de julio de 2026 por El Mostrador, Juan Eduardo Vargas, rector de la Universidad Finis Terrae, abordó los efectos que la inteligencia artificial puede provocar sobre el empleo y planteó que la velocidad del cambio tecnológico obliga a repensar la educación, la reconversión laboral y la distribución de los costos de la transición, con especial atención a las condiciones en que vivirán los trabajadores afectados.
Para Vargas, la discusión sobre inteligencia artificial no puede reducirse a determinar cuánto valor captura el capital frente al trabajo. El desafío pasa también por observar las consecuencias económicas y sociales de una transformación capaz de desplazar grupos de trabajadores antes de que el mercado laboral consiga generar alternativas suficientes para absorberlos.
Ese escenario modifica una premisa que durante décadas estuvo presente en la formación profesional: prepararse para desempeñar un mismo trabajo durante toda la vida. “Formar a alguien para un puesto de trabajo que va a desempeñar durante toda su vida es absolutamente utópico”.
Nuevas habilidades
Frente a ese cambio, Vargas propone disminuir el énfasis en una formación excesivamente especializada y fortalecer capacidades que puedan acompañar distintas etapas de la trayectoria laboral. Entre ellas menciona pensamiento crítico, creatividad, capacidad analítica, resiliencia, liderazgo y trabajo en equipo.
El planteamiento sitúa la reconversión laboral como una tarea permanente y no como una respuesta excepcional frente a una pérdida de empleo. La formación inicial, en esa lógica, deja de ser suficiente para enfrentar una vida laboral atravesada por transformaciones tecnológicas y cambios en las funciones que realizan las personas.
Vargas también asigna un papel relevante al Estado en la construcción de mecanismos de capacitación continua y en el apoyo a quienes sean desplazados por la automatización. La posibilidad de reconvertir a un profesional de 40 años existe, sostiene, pero el proceso se vuelve considerablemente más complejo cuando la economía permanece estancada y no ofrece espacios suficientes para volver a insertarse.
La formación, por tanto, aparece conectada directamente con la empleabilidad. Capacitar a las personas permite ampliar sus herramientas frente al cambio tecnológico, pero el resultado de ese esfuerzo depende de la existencia de puestos de trabajo capaces de recibir a quienes desarrollan nuevas competencias.
Empleo y crecimiento
Esa relación entre formación y oportunidades constituye una de las principales advertencias de Vargas. A su juicio, ni una mejor educación ni los mecanismos de redistribución pueden resolver por sí solos el impacto laboral de la inteligencia artificial si no existe crecimiento económico.
Desde esa perspectiva, el desafío no consiste solamente en preparar mejor a las personas para competir por un número decreciente de empleos, sino en avanzar hacia una economía capaz de generar suficientes oportunidades para que sean las empresas las que compitan por atraer trabajadores. La reconversión laboral requiere así un entorno donde las nuevas capacidades puedan convertirse efectivamente en posibilidades de empleo.
La responsabilidad empresarial también forma parte de esta transición. Vargas plantea que las compañías deberían, cuando las condiciones lo permitan, retener y reconvertir a trabajadores afectados por el avance tecnológico, así como postergar su salida. Al mismo tiempo, reconoce que esa responsabilidad tiene límites económicos y vincula el aporte de las empresas con su capacidad de invertir y generar nuevas oportunidades laborales.
El debate se extiende además al financiamiento de los costos que puede provocar la automatización. Vargas sostiene que, si la tecnología genera externalidades negativas como un desempleo generalizado, sería económicamente justificable analizar impuestos destinados a enfrentar esas consecuencias. Los recursos podrían orientarse a capacitación, reconversión laboral y medidas para amortiguar el impacto sobre quienes pierdan sus puestos.
Para la gestión de personas, esta mirada ubica la adaptación tecnológica en un plano que supera la incorporación de nuevas herramientas. La transformación también exige anticipar qué capacidades necesitarán los trabajadores, cómo podrán actualizarse durante su trayectoria y qué alternativas tendrán quienes deban cambiar de función o profesión. El foco pasa así desde preparar personas para un cargo determinado hacia desarrollar capacidades que permitan enfrentar cambios sucesivos en el mercado laboral.
Vargas se declara moderadamente optimista respecto de la posibilidad de alcanzar acuerdos en Chile, aunque advierte que la transición obligará a discutir materias complejas como impuestos, educación, capacitación, gratuidad y sostenibilidad fiscal. Evitar esas conversaciones podría, según plantea, contribuir a la aparición de profesionales frustrados ante la falta de oportunidades laborales, con consecuencias sociales y políticas difíciles de prever.
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