La huelga del 12 de noviembre: reflexiones a cuatro años de la revuelta social y popular

Una reflexión sobre los acontecimientos llevaron a una manifestación masiva en contra del modelo económico. 

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Por: Axel Gottschalk Castro, abogado laboralista e integrante de la Defensoría Popular de las y los Trabajadores. 

A cuatro años del 18 de octubre, nos parece importante anotar algunos elementos que sirvan a las organizaciones sociales y en particular, a las del movimiento sindical, en el siempre necesario y útil ejercicio de balance histórico. En ese sentido, una primera cuestión relevante es que la opción de dar una salida constituyente al conflicto social planteado a partir de la revuelta social y popular del 18 de octubre se encuentra, al menos en este momento, fracasada, y presumiblemente permanezca en dicho estado en el tiempo venidero.

Si bien las razones de ello son variadas, es importante relevar algunos puntos. En primer lugar, sin duda que el sistema laboral chileno es una de las causas principales del profundo malestar del pueblo chileno y que, por ende, estuvo entre las causas estructurales del denominado estallido social, siendo aquello palmario en la jornada del 12 de octubre organizada por el movimiento sindical en conjunto con el resto del movimiento social y que tuvo un impacto transcendental en los sucesos posteriores. Los bajos salarios, las extensas jornadas y las malas condiciones de trabajo son la consecuencia deseada por la arquitectura laboral del Plan Laboral diseñada por Jose Piñera e inalterada en su morfología durante todos los gobiernos de la transición.

En ese sentido, parecía urgente que frente al malestar sistémico expresado el 18 de octubre, una de las apuestas centrales fueran justamente las labores, terminando con el Plan Laboral para dar lugar a un modelo de relaciones laborales que garantizase, como mínimo, el ejercicio pleno de los derechos de asociación con plena autonomía colectiva, negociación colectiva ramal y huelga polivalente, como las mejores herramientas para que las y los trabajadores consiguieran mejores salarios, redujeran sus jornadas, mejoraran sus condiciones de trabajo, participaran de las decisiones en sus lugares de trabajo y en las decisiones democráticas del país. Una reforma en este sentido requería mayoría simple en el congreso.

Sin embargo, nada de ello ocurrió. No haber conseguido una modificación en ese sentido, prolongando la situación urgente de precariedad de las y los trabajadores chilenos, sin duda es una de las causas que explican el momento actual. Y si bien en el proyecto de constitución fruto del primer proceso constitucional sí se terminaba con el plan laboral, proponiendo un modelo de relaciones laborales con derechos colectivos robustos, el trabajo no estuvo entre las centralidades ni los énfasis del debate ni de la campaña de dicho proceso. En este segundo proceso el trabajo no solo no ha tenido centralidad, sino que se ha intentado limitar aún más uno de los sistemas más limitados del mundo, como es el chileno, en particular en lo referente al derecho a huelga, circunscribiéndolo a la negociación colectiva.

Pero no todo el balance es negativo. Es relevante anotar dos cosas fundamentales para el futuro. Primero, que si bien la revuelta social y popular del 18 de octubre no fue orquestada ni planificada, ni tuvo un liderazgo único o claro, esta no fue un momento ni un acontecimiento espontáneo. Por el contrario, solo es posible entenderlo como un proceso, que solo fue posible gracias a los aprendizajes y al cuestionamiento permanente al sistema que realizó la movilización social durante décadas y que, si se permite la expresión, erosionó y agrietó la hegemonía neoliberal del punto de la transición, al punto de volverla incapaz de contener el malestar popular y defender el status quo.

En esas décadas de luchas el movimiento de trabajadores y trabajadoras tuvo un rol fundamental, con la resistencia que las y los trabajadores sostuvieron contra la dictadura que los perseguía, con los paros y huelgas que fueron un factor fundamental para el retorno a la democracia, con las históricas huelgas de los contratistas del cobre, forestales, de la construcción, con las huelgas de solidaridad de los portuarios, con el decidido apoyo del movimiento sindical al movimiento estudiantil, con las marchas por No+AFP, con las masivas movilizaciones y huelgas feministas.

Como segunda cuestión, consideramos que el punto culmine de dicho proceso, en el marco del mismo estallido y revuelta, fue justamente la huelga general del 12 de noviembre. En dicha huelga se plasmó todo el proceso de acumulación antes descrito, logrando una manifestación masiva, productiva y reproductiva y en articulación con la diversidad del movimiento social. Por ello no es casual que, desde el punto de vista del campo popular, ese haya sido el momento de mayor fuerza de la revuelta, lo que obligó, justamente, a que las fuerzas políticas construyeran un acuerdo ante el riesgo de que la huelga continuara escalando y tomando fuerza.

¿Octubristas? ¿Noviembristas? Ante el estéril debate planteado sobre aquella dicotomía y frente al difícil presente que aguarda al movimiento de trabajadores, con una constitución que busca limitar sus derechos y el auge de sectores, como el liderado por José Antonio Kast, cuyo programa está construido deliberadamente en contra de las y los trabajadores, el balance histórico nos sugiere otro lugar desde el cual posicionarnos: el de la huelga general como la principal y más efectiva herramienta para avanzar en la conquista de las demandas que levantó el pueblo en octubre, quedando como gran lección del presente ciclo de luchas que solo mediante la huelga y con una movilización que logre articular a los distintos actores sociales se podrá generar la fuerza suficiente para exigir los cambios que el pueblo necesita.

 

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management.

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