Por Emilio J. Compte, director académico del Magíster en Trastornos Alimentarios y de la Ingestión de Alimentos UAI
Solemos ver en Halloween a niños pequeños usando disfraces de superhéroes como Hulk o Batman, cuyos trajes vienen con abdominales marcados que, en la vida real, serían fisiológicamente imposibles de conseguir sin el uso de fármacos no aprobados para tal uso. Desde la infancia, instalamos una presión silenciosa sobre el cuerpo masculino que, históricamente, hemos decidido ignorar. Existe la creencia arraigada de que los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) son enfermedades exclusivas de las mujeres, vinculadas únicamente al deseo de delgadez. Sin embargo, la evidencia científica y la realidad clínica nos muestran que estamos ante una “epidemia silenciosa” que el sistema de salud no está logrando detectar a tiempo.
Los datos son contundentes y derriban el mito de que los hombres son inmunes. Si bien en la anorexia y la bulimia las cifras son menores en comparación con las mujeres, la brecha de género prácticamente desaparece en el Trastorno por Atracón, donde los hombres representan cerca del 43% de los casos. Estamos hablando de casi la mitad de la población afectada, invisibilizada por el estigma y por diagnósticos que no fueron diseñados para ellos.
El problema radica en que el sufrimiento masculino no siempre se ve como “anorexia”. Mientras la presión social sobre la mujer se orienta a la delgadez, en el hombre se orienta hacia la musculatura y la definición (leanness). Hace 30 años comenzamos a identificar lo que llamamos “anorexia inversa” o dismorfia muscular: hombres que, teniendo un desarrollo muscular significativo, se miran al espejo y se perciben pequeños o débiles.
Este fenómeno ha mutado hoy hacia una cultura del fitness que en ocasiones disfraza la patología de vida saludable. Vemos en redes sociales y gimnasios la normalización de conductas de riesgo, como los famosos Cheat Meals o “comidas trampa”. Lo que para algunos es flexibilidad, para otros se convierte en atracones planificados, seguidos de profundos sentimientos de culpa, ayunos o ejercicio extenuante para “compensar” lo ingerido.
Lo preocupante de los TCA en hombres es que suelen recibir refuerzo social positivo. A un hombre que no falta nunca al gimnasio, que controla obsesivamente sus proteínas y que lleva sus propios recipientes de comida a todos lados, la sociedad le dice: “qué fuerza de voluntad”, “qué bien te ves”. Nadie ve que detrás de esos bíceps puede haber un aislamiento social profundo, frustración por un ideal que nunca llega, abandono de actividades importantes para el desarrollo personal, y la incapacidad de disfrutar una cena con amigos por miedo a no controlar los ingredientes.
El sistema de salud tiene una deuda pendiente. Nuestras guías clínicas siguen siendo “femeno-céntricas”. Un ejemplo dramático de esta discriminación técnica es el riesgo de osteoporosis: los hombres con anorexia sufren pérdida de densidad ósea, pero las guías médicas suelen exigir “amenorrea” (falta de menstruación) como criterio para solicitar una densitometría preventiva. Es decir, un hombre afectado puede quedar sin diagnóstico simplemente porque sus síntomas no encajan en un manual escrito pensando en mujeres.
Es urgente avanzar hacia una mirada de salud pública sin patologizar el ejercicio, pero que sepa distinguir cuándo este deja de ser funcional y se vuelve una cárcel. La salud no se mide por el porcentaje de grasa corporal ni por el tamaño de los músculos, sino por la capacidad de vivir con flexibilidad y sin que la comida controle nuestra existencia.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management