Una sensación de estar “fuera del cuerpo”, percibir el entorno como irreal o desconectarse del presente sin razón aparente pueden ser manifestaciones de un fenómeno psicológico más común de lo que se cree: la disociación. Según explicó el medio Infobae en una reciente publicación, se trata de un mecanismo del sistema nervioso que busca proteger a la persona cuando atraviesa situaciones de alta tensión emocional o estrés sostenido.
Este tipo de respuestas suelen activarse de forma involuntaria, como una especie de “apagado” temporal ante algo que el organismo interpreta como una amenaza o sobrecarga. La psicóloga Marina Esborraz, citada por el medio, lo describe como una estrategia de supervivencia: “La disociación permite seguir adelante frente a una situación que, de otro modo, sería insoportable”.
Aunque esta desconexión momentánea puede tener una función adaptativa, su repetición en el tiempo o su intensidad pueden interferir con la vida cotidiana, el trabajo o las relaciones. Por eso, especialistas advierten sobre la importancia de identificarla y buscar apoyo si persiste o genera malestar.
La disociación puede adoptar múltiples formas. Algunas personas relatan episodios de “vacío mental”, otras mencionan que no pueden recordar cómo llegaron a un lugar o qué hicieron durante una reunión. También es frecuente que aparezca una sensación de automatismo, como si se actuara sin estar verdaderamente presente. A esto se suman síntomas como despersonalización (sentirse ajeno a uno mismo) o desrealización (percibir el entorno como irreal).
Una señal común en quienes disocian con frecuencia es la dificultad para registrar y procesar emociones, lo que puede derivar en una desconexión afectiva sostenida. Esto se traduce en problemas para identificar necesidades personales, reconocer el cansancio o detectar estados de agotamiento. En contextos laborales exigentes, este patrón puede pasar desapercibido e incluso confundirse con una “alta capacidad de concentración” o “desempeño automático”.
Detrás de estos episodios suele haber una acumulación de factores: estrés crónico, falta de descanso, experiencias traumáticas pasadas o entornos hostiles. El cuerpo, al no encontrar una vía segura de procesamiento emocional, recurre a la disociación como atajo. “Es como un botón de emergencia que se activa cuando no hay otra salida disponible”, advierten los profesionales consultados por Infobae.
Desde una perspectiva preventiva, es clave generar espacios para la autoobservación y el reconocimiento emocional. Entre las estrategias más recomendadas para contrarrestar la disociación se encuentra el uso de ejercicios de anclaje sensorial, como nombrar objetos a la vista, concentrarse en la respiración o hacer contacto físico con elementos del entorno (una taza caliente, una superficie rugosa). Estas prácticas simples ayudan a recuperar la conexión con el presente.
También se destaca la utilidad de rutinas que favorezcan la conciencia corporal, como el yoga, la meditación o la escritura expresiva. Estas actividades permiten explorar el mundo interno sin juicio, facilitando una mayor integración de las experiencias. En muchos casos, el acompañamiento terapéutico es fundamental para entender las causas del fenómeno y construir herramientas personalizadas de regulación emocional.
Es importante remarcar que disociar no es sinónimo de enfermedad ni debe estigmatizarse. Forma parte de las respuestas humanas posibles ante lo abrumador, y como tal, requiere comprensión y atención. Identificarla a tiempo puede marcar una diferencia significativa en la calidad de vida y en la salud mental a largo plazo.
En el contexto de la vida contemporánea, donde el ritmo acelerado y la sobreexigencia son moneda corriente, hablar de disociación no es un asunto clínico aislado, sino una invitación a repensar cómo gestionamos el estrés, qué señales ignoramos y qué recursos estamos dispuestos a activar para cuidarnos mejor.