La (des)organización de la igualdad de género

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Por Marcela Mandiola Cotroneo, Ph.D., Programa de Estudios en Género y Diversidad Sexual (GEDIS), Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Alberto Hurtado

El mayo feminista de nuestro país, hace tres años ya, tuvo muchas postales que lo graficaron. En lo personal me impactó la foto que se tomaron los rectores del CRUCH alrededor de la estatua de Bello en las dependencias de la Universidad de Chile. Todos varones, todos de chaqueta y corbata, todos maduros, todos de clase media alta, sin discapacidad, sin minorías étnicas ni culturales. Todos orgullosos de su impronta y poderío, orgullosos de su inmaculada homogeneidad. Ciegos, sordos y mudos ante la manifestación más masiva e incidente del feminismo chileno de los últimos años, manifestación que justamente se alzaba desde la critica profunda a la organización patriarcal de las universidades.

No obstante la indiferencia de este grupo masculino en particular, el movimiento feminista de 2018 caló hondo en el alma nacional y mucho se ha removido desde ese momento. Las inequidades, desigualdades e injusticias que sufrimos las mujeres y otras minorías se han visibilizado de manera importante, la palabra género, el feminismo, las cuotas, las estadísticas de participación, o no participación, en los distintos ámbitos de lo social se multiplicaron. Hoy no hay institución que no se jacte de tener una ‘encargada de género’, un ‘enfoque de género’, una ‘política de género’ o al menos una declarada intención de aspirar a la paridad. Nuestra mayor ilusión, hoy por hoy, es la expectativa de una comisión constituyente paritaria que debiera redactar la primera constitución del mundo desde una supuesta equidad de género entre sus integrantes. En todo esto se apoyan quienes sostienen que ‘mucho se ha avanzado’.

Sin embargo, y frente a un nuevo 8M, nos sorprende una nueva foto pública de orgullosos rectores y ministros junto al presidente de la república. Otra vez de chaqueta y corbata luciendo su homogeneidad sin rasmilladuras. Parece entonces que las encargadas de género, sus experticias y políticas, sus detalladas estadísticas que buscan paridad no alcanzan siquiera a rozar la organización del poder. Se trata de una búsqueda de la ‘equidad’ confinada a una oficina, a un protocolo, a lo que se ha venido a llamar la ‘cultura del cumplimiento’ (Marine y Nicolazzo, 2017). El poder sigue en manos de los mismos, aún cuando se esfuercen por incorporar faldas a los registros, a los equipos de trabajo o en la publicidad. Esta ‘equidad de género’ de baquelita no es feminismo, es una mascarada como nos dice Sara Ahmed (2018), un intento de dar la impresión de un cambio. Maquillar una transformación, un feminismo de maqueta que no logró sostenerse ante el apremio de la pandemia.

Lo que el feminismo busca es una transformación social, revuelta y revolución, no una reforma. La equidad de género es solo una cuota de cuerpos sexuados y binarios en fila y contabilizados buscando sumar par. Esta equidad de género ni siquiera es una aspiración, más bien es la solución de compromiso para poder dejar todo lo demás intacto. Ante la desfachatez de un nuevo panel de hombres a cargo de la estructura educacional y científica del país, el 8M seguirá siendo necesario. La insistencia feminista continuará urgente y prioritaria hasta que logremos entender, todos, todas y todes que lo que requerimos cambiar es la articulación profunda del como nos organizamos para vivir.

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