Por Javier Galaz. CEO Grafton Latam | HR Influencer | Estratega en Talento y Transformación Organizacional | Extended Disc Expert
Hace más de 25 años, en una entrevista de trabajo, un gerente de finanzas me hizo una pregunta que terminó siendo decisiva para mi carrera. ¿Sabes Excel? Le respondí que sí. Luego me preguntó qué tan bien lo manejaba. Le expliqué que incluso desarrollaba macros. Todavía recuerdo su reacción. En ese momento, ese conocimiento representaba una ventaja competitiva real. Era algo escaso. Algo que no todos tenían. Algo que agregaba valor, y estoy convencido de que fue uno de los factores que influyó para que obtuviera esa posición y me quedara en esa empresa por mucho tiempo.
Hoy resulta difícil imaginar una entrevista donde saber Excel sea un atributo diferenciador. No porque Excel haya dejado de ser importante sino porque aquello que alguna vez fue una ventaja competitiva se transformó en un requisito básico, incluso menos del desde. Y creo que esa historia explica mejor que cualquier teoría lo que está ocurriendo hoy con millones de profesionales alrededor del mundo.
Durante décadas construimos nuestras carreras bajo una lógica relativamente simple, estudiar, especializarnos, adquirir experiencia, acumular conocimientos y mientras más sabíamos, más valiosos nos volvíamos. Mientras más experiencia acumulábamos, más difícil era reemplazarnos. La experiencia era una ventaja competitiva. La experiencia era una protección, una garantía de futuro.
Pero algo cambió. Por primera vez en la historia moderna, la experiencia ya no garantiza relevancia y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece. Porque no estamos viviendo únicamente una revolución tecnológica, estamos viviendo una redefinición completa de cómo se crea valor en el trabajo. La información dejó de ser escasa, el conocimiento dejó de estar concentrado en unos pocos expertos, la tecnología democratizó capacidades que antes requerían años de formación y la inteligencia artificial está acelerando este proceso a una velocidad que pocos imaginaban. Lo que antes requería horas de análisis hoy puede realizarse en minutos. Lo que antes requería equipos completos hoy puede ejecutarse con una combinación de tecnología y criterio humano. Lo que antes constituía una ventaja competitiva hoy comienza a transformarse en una condición mínima para competir. Y es aquí donde aparece una paradoja incómoda. Los profesionales más expuestos no necesariamente son los más jóvenes.
Muchas veces los más expuestos son los más experimentados. Aquellos que construyeron su éxito sobre conocimientos, metodologías y procesos que el mercado valoró durante años, pero que hoy comienzan a ser automatizados, amplificados o reemplazados por nuevas tecnologías, no porque les falte talento, inteligencia o experiencia. Sino porque el entorno está cambiando más rápido que los modelos mentales con los que aprendieron a tener éxito.
Durante años, las organizaciones premiaron a quienes dominaban los procesos, hoy comienzan a premiar a quienes interpretan mejor la información , quienes conectan ideas y a quienes cuestionan supuestos, los que ejercen criterio, a quienes aprenden más rápido. A quienes son capaces de generar valor en medio de la incertidumbre. La experiencia sigue siendo valiosa. Pero ya no es suficiente. Y quizás esa sea una de las conversaciones más importantes que tendremos durante los próximos años. Porque el mayor riesgo profesional ya no es quedarse sin trabajo. El mayor riesgo es perder relevancia no de un día para otro, no de manera dramática, sino que de manera gradual. Se pierde cuando seguimos utilizando respuestas antiguas para problemas nuevos, cuando dejamos de aprender, cuando confundimos experiencia con vigencia, cuando creemos que el éxito del pasado será suficiente para enfrentar el futuro. La inteligencia artificial no está reemplazando a las personas, está redefiniendo quiénes seguirán siendo relevantes. Por eso creo que estamos frente a una crisis silenciosa. No una crisis de empleo. No una crisis de talento. Es una crisis de relevancia profesional.
Y quizás la pregunta más importante ya no sea “¿Cuántos años de experiencia tengo?”
Quizás la pregunta correcta sea ¿Qué parte de mi experiencia seguirá siendo valiosa dentro de los próximos cinco años?”
Porque la verdadera amenaza no es que la inteligencia artificial reemplace a las personas, la verdadera amenaza es seguir preparándose para un mercado laboral que ya no existe.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management