La coherencia de pensar, sentir y hacer

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Por Alfredo Molina, mentor en Mindful Work & Life. 

La fragmentación subjetiva –es decir, la disociación o disonancia entre el pensar, sentir y hacer del sujeto- acarrea confusión, conflicto y displacer. Todos podemos constatar que cuando nuestra vida se vuelve incoherente lo pasamos doblemente mal: además de sentirnos atrapados en un estado interior no placentero, nos volvemos menos efectivos en el cumplimiento de nuestros sueños, deseos y compromisos, lo que tiende a establecer un círculo vicioso del que -a veces- es difícil escapar. 

Y ello no es tan distinto cuando se trata de un grupo, un equipo, o de una organización de miles de personas, en dónde los círculos viciosos pueden estar institucionalizados. Ocurre que vivimos en una sociedad muy fragmentada, global y localmente, en la que las disociaciones y disonancias han llegado a naturalizarse a tal punto, que se consideran como la condición normal y esperable de nuestro vivir. Por cierto, las organizaciones tienden a reproducir esta condición, a no ser que de manera intencionada se aboquen a la construcción de contextos saludables que propicien el bienestar de las personas. 

La creación de políticas, contextos y acciones organizacionales favorables al bienestar es un imperativo ineludible en los tiempos que corren, pero, además de los buenos contextos, son necesarias algunas prácticas que apunten en una dirección integrativa: prácticas orientadas al autoconocimiento y autocuidado, al desarrollo de un balance personal y, también, al desarrollo de unos estilos de convivencia basados en el respeto, la inclusión y el mutuo aprecio. 

Sabemos que los contextos y las prácticas hacen mucho por cambiar un escenario que empuja al estrés por uno que facilita el bienestar. A veces, se tiende a afirmar que el bienestar subjetivo está determinado en un 50% por factores genéticos, lo cual se hace más evidente cuando existen deficiencias neuroquímicas que impactan los estados emocionales de las personas. Sin embargo, aquello es bastante discutible a la luz de investigaciones que demuestran el impacto bioquímico de ciertas prácticas corporales y atencionales que tienden a re-equilibrar dichas deficiencias, incrementando –por ejemplo- los niveles de serotonina del organismo (la serotonina es un neurotransmisor asociado al placer). 

Hacer coherencia entre nuestro pensar, sentir y hacer, parte fundamentalmente de nuestra voluntad de hacerlo, es un asunto de libertad y responsabilidad existencial. Cuando las condiciones están a nuestro favor resulta un poco más sencillo hacerlo, pero aún en las condiciones más adversas lo podemos lograr ejercitando nuestra capacidad de resiliencia, la que también es entrenable.  

Esta columna fue publicada en RHM 80, agosto de 2013.

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