La irrupción de Jaz Brisack en el escenario sindical de Estados Unidos marca un antes y un después en la manera en que las nuevas generaciones comprenden y practican la organización laboral. Nacida en Houston en 1997 y formada en políticas públicas, Brisack lideró en 2021 la creación del primer sindicato en una tienda Starbucks, en la ciudad de Buffalo, Nueva York. Su historia, contada por el medio español El País, refleja un cambio generacional en el sindicalismo, donde la juventud y las redes sociales se convierten en motores de transformación.
A diferencia del sindicalismo tradicional, centrado exclusivamente en las condiciones laborales, este nuevo impulso activista integra demandas vinculadas a la justicia climática, racial y de género. La misma Brisack ha señalado que los trabajadores jóvenes “no se sienten representados por los partidos tradicionales” y buscan formas colectivas de organización con mayor alcance ético y político. Así, los sindicatos dejan de ser solo instrumentos de negociación salarial y se transforman en espacios para disputar sentido y construir comunidad.
Uno de los elementos distintivos de esta renovación es la utilización estratégica de las redes sociales. Herramientas como TikTok han permitido amplificar los relatos de trabajadores precarizados, conectar historias dispersas y viralizar contenidos con alto poder movilizador. En el caso de Starbucks, los videos compartidos por los propios empleados jugaron un rol fundamental para sostener la moral del movimiento y visibilizar las prácticas antisindicales de la empresa.
Brisack no llegó a Starbucks como una trabajadora más, sino que ingresó intencionalmente como barista para fomentar la sindicalización desde dentro. Esta táctica, históricamente utilizada por activistas laborales, adquirió una nueva dimensión en el contexto actual, donde la identificación generacional con causas sociales facilita la conexión entre compañeros y acelera los procesos de organización.
En menos de tres años, el movimiento impulsado por Brisack dio origen a Starbucks Workers United, que agrupa hoy a más de 500 tiendas con representación sindical. El fenómeno ha sido tan relevante que incluso la Junta Nacional de Relaciones Laborales de Estados Unidos ha emitido sentencias condenatorias contra Starbucks por prácticas que violan el derecho de sus trabajadores a organizarse.
El contexto sociopolítico en que emerge esta oleada de activismo también es significativo. Según señala El País, entre 2019 y 2022 se duplicaron las peticiones para crear sindicatos en Estados Unidos, especialmente en empresas tecnológicas y de servicios. Esto responde a una generación que, marcada por la desigualdad, la crisis climática y la precarización laboral, adopta una visión más positiva del sindicalismo, en contraste con la desconfianza instalada en décadas anteriores.
Brisack encarna ese cambio. Dejó una prestigiosa beca Rhodes en la Universidad de Oxford para dedicarse por completo al activismo laboral. En lugar de una carrera académica o institucional, optó por trabajar tras la barra de una cafetería y construir poder colectivo desde lo cotidiano. Su figura sintetiza una ética política que rompe con las jerarquías clásicas y se alinea con valores horizontales, participativos y profundamente interseccionales.
A pesar de los avances, los desafíos son múltiples. El modelo sindical estadounidense, basado en la tienda individual, dificulta la expansión coordinada del movimiento. Además, las grandes corporaciones despliegan campañas agresivas para disuadir la organización de sus empleados, mediante amenazas veladas, despidos encubiertos y maniobras legales.
Sin embargo, la fuerza simbólica y organizativa del caso Starbucks ha tenido un efecto contagio. Otras empresas, como Amazon y Apple, han comenzado a vivir procesos similares, impulsados por trabajadores jóvenes que, al igual que Brisack, entienden que la lucha sindical no es una reliquia del pasado, sino una herramienta vigente para transformar el presente.
El sindicalismo 2.0 no es solo una renovación de formas. Es una redefinición profunda de los contenidos, lenguajes y alianzas. La experiencia de Jaz Brisack demuestra que es posible articular demandas laborales con causas globales, y que las nuevas generaciones no solo están dispuestas a organizarse, sino también a liderar. Frente a un sistema que reproduce inequidades, el sindicalismo joven propone otra manera de estar en el mundo: colectiva, digital, inclusiva y sin miedo a incomodar.