Johan Norberg advierte sobre un mundo menos estable y más hostil para la apertura económica

El historiador sueco plantea que el orden liberal mundial atraviesa un deterioro visible, marcado por guerras, proteccionismo, pérdida de confianza y un debilitamiento de las alianzas que durante décadas sostuvieron la estabilidad de Occidente.

En una entrevista publicada por La Vanguardia, el historiador sueco Johan Norberg sostuvo que el mundo atraviesa un momento de deterioro del orden liberal internacional, en un escenario donde la guerra, el proteccionismo y la erosión de las alianzas están debilitando las bases de estabilidad que habían sostenido a Occidente durante décadas. Aunque evita presentar ese proceso como un final irreversible, sí lo define como una señal clara de un entorno menos predecible y más dominado por la lógica de la fuerza que por reglas compartidas.

Norberg sitúa parte de esa preocupación en el comportamiento reciente de Estados Unidos. A su juicio, el giro proteccionista, la guerra comercial con sus socios y las amenazas dirigidas incluso hacia aliados tradicionales muestran una fractura creciente dentro del sistema occidental. Desde esa perspectiva, el problema no es solo económico, sino también político y estratégico: cuando el principal articulador de alianzas empieza a actuar de forma errática, la confianza internacional se resiente y el marco general se vuelve más inestable.

Orden frágil

El historiador reconoce que la interdependencia comercial no ha sido suficiente para impedir los conflictos. Sin embargo, insiste en que la guerra sigue siendo una mala noticia para las economías y para el intercambio mutuamente beneficioso. En su lectura, esa es precisamente una de las razones por las que el mundo empresarial suele resistirse a los escenarios bélicos. Aun así, advierte que existen motivaciones que pueden imponerse al cálculo económico, desde la seguridad y la disuasión hasta la búsqueda de estatus o de protagonismo histórico. En ese marco ubica también la guerra en Ucrania, que, según señala, implicaba desde el inicio un alto coste económico.

Pese a ese diagnóstico, Norberg no renuncia por completo al optimismo. Se define, más bien, como un optimista preocupado. Su argumento es que, incluso después de un cuarto de siglo atravesado por pandemia, crisis financieras y guerras prolongadas, el balance histórico sigue mostrando avances muy significativos para la humanidad. Entre ellos menciona la salida diaria de miles de personas de la pobreza extrema y la fuerte reducción de la mortalidad infantil. Para él, esos logros revelan que la ciencia, la tecnología y la capacidad humana de innovar siguen siendo una base real para confiar en el futuro.

Ese optimismo, sin embargo, tiene condiciones. Norberg plantea que los emprendedores y quienes crean valor económico necesitan algo más que talento o ambición: requieren estabilidad, Estado de derecho y libre intercambio. Desde su punto de vista, cuando avanzan el proteccionismo, la regulación excesiva y el control, se estrecha el espacio para responder a los problemas y generar nuevas soluciones. Su advertencia es relevante porque desplaza la discusión desde la geopolítica abstracta hacia sus efectos concretos sobre la innovación, la actividad empresarial y la capacidad de crecimiento.

Crisis y desconfianza

Al explicar por qué Occidente habría empezado a perder parte de los beneficios asociados a la globalización, Norberg apunta al impacto duradero de la crisis financiera de 2008 y de la posterior crisis del euro. A su juicio, esos episodios dañaron la confianza en el establishment tradicional y alimentaron la idea de que las élites no eran tan sabias ni tan competentes como se pensaba. Ese desgaste abrió espacio al populismo, pero también a una sensación más profunda de estancamiento, con menores tasas de crecimiento y frustración frente a ingresos reales insuficientes o a las dificultades para acceder a bienes como la vivienda.

Ese entorno, añade, favorece políticas más tribales, en las que distintos grupos se definen por oposición a otros y la competencia externa comienza a verse como amenaza. En vez de interpretar la apertura, la tecnología o el cambio como oportunidades, se instala la idea de que el mundo es peligroso y de que la mejor respuesta es esconderse o protegerse. Para Norberg, ese cambio cultural y político ayuda a entender por qué se ha debilitado el impulso aperturista que durante siglos sostuvo el liderazgo occidental.

Alianzas en riesgo

En su análisis del nuevo ciclo histórico, Norberg sostiene que el problema trasciende a Donald Trump como figura individual. Incluso si en el futuro cambia el liderazgo estadounidense, cree que Estados Unidos ya ha perdido parte de su interés en Europa y que tenderá a seguir una agenda más propia y menos coordinada con sus aliados. Desde esa mirada, Europa enfrenta una llamada de atención, especialmente en materia de defensa y apoyo a Ucrania. Al mismo tiempo, advierte que Washington está poniendo en riesgo una de sus mayores fortalezas históricas: su red de alianzas globales, construida no solo por conveniencia, sino también por confianza política sostenida en el tiempo.

Norberg compara ese proceso con la antigua Atenas, cuando una alianza inicialmente sólida comenzó a deteriorarse al ser utilizada por la potencia dominante en beneficio propio. A su juicio, cuando un actor deja de ser fiable, sus socios empiezan a buscar alternativas. En ese nuevo tablero, China podría emerger como un beneficiario inesperado, no necesariamente por admiración, sino porque algunos socios de Estados Unidos podrían acercarse a Pekín en busca de un plan B. Aun así, también observa límites en el caso chino, especialmente por la recentralización del poder y el mayor control sobre empresas, universidades y medios, factores que, en su visión, restringen la innovación a largo plazo.

Europa reacciona

Frente a ese panorama, Norberg identifica en Europa una posibilidad de reacción. Señala que la Unión Europea suele avanzar precisamente en contextos de crisis, cuando sus miembros aceptan ceder parte de sus particularidades nacionales en favor de un interés común. Como señales de ese movimiento menciona la concreción del acuerdo con Mercosur, el acuerdo comercial con India y el inicio de conversaciones sobre desregulación en Bruselas. Más que una certeza, su planteamiento final es una pregunta estratégica: si Europa, junto con otras democracias y naciones comerciales, será capaz de sostener de manera más descentralizada el sistema de instituciones multilaterales y acuerdos internacionales en un momento en que Estados Unidos parece cansado de ese mismo orden.

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