Una reseña publicada en 2026 en la Revista Internacional del Trabajo por Sergio Gamonal, profesor de derecho del trabajo de la Universidad Adolfo Ibáñez, analiza desde Chile la tesis desarrollada por Matteo Pasquinelli en El ojo del amo. Una historia social de la inteligencia artificial: la IA no reproduce principalmente la inteligencia biológica, sino la organización del trabajo y las relaciones sociales que la sostienen, mediante algoritmos capaces de codificar conocimientos, automatizar tareas y reorganizar funciones laborales.
Esta perspectiva cuestiona uno de los supuestos más extendidos en torno a la inteligencia artificial: que sus sistemas intentan replicar el funcionamiento del cerebro humano. En cambio, la obra plantea que las máquinas inteligentes han evolucionado observando cómo las personas dividen tareas, producen conocimiento, coordinan actividades y ejercen mecanismos de control dentro de las organizaciones.
La tesis también rechaza la supuesta neutralidad de las ciencias de la computación. Según Pasquinelli, sus teorías no surgieron de manera abstracta ni imparcial, sino dentro de contextos atravesados por divisiones de clase, jerarquías sociales y formas de organización heredadas de la era industrial. La tecnología, desde esta mirada, no aparece separada del trabajo humano, sino que se desarrolla a partir de él.
Trabajo medible
La figura de Charles Babbage ocupa un lugar central en esta historia. A comienzos del siglo XIX, el matemático británico buscó reemplazar las tareas repetitivas realizadas por las computers o “calculistas”, trabajadoras que efectuaban operaciones matemáticas desde sus hogares y luego enviaban los resultados por correo.
Su máquina diferencial pretendía automatizar cálculos logarítmicos y producir tablas con mayor exactitud. Sin embargo, el propósito no se limitaba a mejorar un procedimiento matemático. También buscaba mecanizar el trabajo intelectual que ya realizaban personas organizadas bajo una determinada división de funciones.
La propuesta de Babbage se apoyaba en dos principios. El primero sostenía que las máquinas sustituyen una división del trabajo previamente existente. El segundo planteaba que esa división permite calcular y adquirir la cantidad exacta de trabajo necesaria. De esta forma, la máquina también operaba como un instrumento de medición, control y disciplina laboral.
El argumento conecta esta trayectoria con las ideas de Adam Smith sobre la división del trabajo y con la crítica de Karl Marx al determinismo tecnológico. Desde esa perspectiva, los trabajadores y la organización de sus tareas no son simples receptores de los cambios técnicos. También constituyen una fuente de conocimiento para la invención de nuevas máquinas y para el desarrollo de conceptos científicos.
Pasquinelli extiende esta interpretación hasta las redes neuronales artificiales. En lugar de imitar la fisiología cerebral, estos sistemas autoorganizan información mediante modelos influenciados por las estructuras técnicas y sociales de su época. La cibernética, por ejemplo, adoptó ideas de autorregulación, intercambio de información y adaptación al entorno que también estaban presentes en la organización técnica de las sociedades.
Poder laboral
La evolución del perceptrón de Frank Rosenblatt, una red neuronal estadística diseñada para reconocer patrones, representa para el autor un momento relevante en la mecanización de tareas asociadas con la percepción y la supervisión.
Estas capacidades adquieren especial importancia en el mundo del trabajo, porque observar, clasificar, evaluar y supervisar son funciones relacionadas con la disciplina y la autoridad. La inteligencia artificial no solo puede ejecutar labores, sino también establecer criterios sobre la forma correcta de realizarlas y sobre las habilidades que una organización considera relevantes.
En una cita del libro reproducida en la reseña, Pasquinelli sostiene que “la IA no se limita a sustituir a los trabajadores, sino que los desplaza y los reestructura en un nuevo orden social”. La automatización del trabajo, por lo tanto, no se reduciría a la desaparición de determinadas funciones. También modificaría las posiciones de las personas, las jerarquías del conocimiento y la distribución del poder dentro de las organizaciones.
Para la gestión de personas, esta interpretación traslada la discusión desde la cantidad de empleos que una tecnología puede reemplazar hacia la manera en que redefine roles, responsabilidades y relaciones de autoridad. El desafío no sería únicamente determinar qué tareas pueden automatizarse, sino también observar quién diseña los estándares, quién controla los sistemas y quién responde por las decisiones que producen.
Respuesta colectiva
Gamonal plantea que esta transformación no debería abordarse desde discursos apocalípticos ni desde la idea de que el avance tecnológico vuelve inútiles los instrumentos tradicionales del derecho del trabajo. Las nuevas realidades exigen adaptaciones, pero no necesariamente una renuncia a los mecanismos jurídicos existentes.
La reseña destaca la diferencia entre utilizar un sistema inteligente como herramienta y delegarle decisiones cruciales para la vida de las personas. Aunque intervengan algoritmos, la responsabilidad final debe permanecer en seres humanos. Esta exigencia cobra especial relevancia cuando la IA participa en procesos de supervisión, clasificación o evaluación laboral.
El texto también rescata el valor de la negociación colectiva, el diálogo social y el principio de primacía de la realidad. La experiencia del trabajo en plataformas digitales demostraría que la aparición de nuevas formas de organización no obliga a comenzar desde cero, sino que puede ser examinada mediante principios jurídicos ya disponibles.
La discusión sobre inteligencia artificial, en consecuencia, no puede quedar limitada a sus características técnicas. Pasquinelli la presenta como una cuestión política vinculada con el poder, los intereses colectivos y el bien común. Su propuesta apunta a desarrollar “una política de IA”. capaz de garantizar que el diseño y la implementación de estas tecnologías consideren las necesidades humanas y comunitarias.
La principal advertencia es evitar el determinismo tecnológico que convierte a trabajadores, organizaciones e instituciones en espectadores impotentes. La inteligencia artificial no seguiría un rumbo inevitable: sus objetivos, estándares y aplicaciones dependen de decisiones humanas y de las relaciones sociales que participan en su diseño.
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