Por Cristina Crichton. Directora del Departamento de Filosofía de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez.
Desde distintas perspectivas, diversos pensadores han reflexionado sobre la relación entre lo que permanece, lo que cambia y el sentido. En Martín Heidegger, esta relación se expresa en su comprensión del ser humano como un ser abierto a posibilidades, pero cuya apertura nunca parte de cero: vivimos desde una historia, un mundo y unas circunstancias que no elegimos del todo. El sentido surge precisamente allí, en la manera en que, desde ese suelo ya dado, comprendemos lo que nos rodea y proyectamos lo que podemos llegar a ser. En Hannah Arendt, por su parte, el cambio aparece ligado a la acción, a la capacidad humana de iniciar algo nuevo. Pero esa novedad solo adquiere sentido en un mundo común con cierta permanencia, tejido de memoria, instituciones, lenguaje compartido y vínculos.
Esta relación entre permanencia, cambio y sentido adquiere hoy una urgencia especial. La creciente presencia de la IA nos enfrenta a cambios rápidos y radicales, sobre todo en el mundo del trabajo, y nos exige una capacidad inédita de adaptación. Tendremos que aprender a usar nuevas herramientas, modificar hábitos, repensar profesiones y adquirir habilidades que hasta hace poco no parecían necesarias. Transformaciones como estas nos obligan a nombrar la adaptación que hoy se vuelve decisiva, pues solo así podemos comprenderla y orientarla adecuadamente. En la Universidad Adolfo Ibáñez, la palabra que ha surgido para nombrar esta exigencia de adaptación es “flexhabilidad”.
Ahora bien, una adaptación puramente funcional corre el riesgo de convertir al ser humano en una variable más del desarrollo tecnológico. Adaptarse no puede significar simplemente ajustarse al ritmo de la innovación. El cambio debe tener sentido y, para ello, debe orientarse por una reflexión profunda sobre lo humano y sus fines. ¿Qué entendemos por humanidad?
¿Qué formas de vida queremos preservar? ¿Qué prácticas estamos dispuestos a transformar? ¿Qué no deberíamos delegar? Esta reflexión debe permanecer como nuestro punto de apoyo: no porque entregue respuestas definitivas ni nos permita evitar el cambio, sino porque mantiene abierta la pregunta por el sentido.
Por eso, frente a la IA, las Artes Liberales no deberían considerarse un lujo decorativo ni un residuo del pasado. Constituyen uno de los espacios más propicios para llevar a cabo esta reflexión. Leer con atención, reconocer supuestos,
“La creciente presencia de la IA nos enfrenta a cambios rápidos y radicales, sobre todo en el mundo del trabajo, y nos exige una capacidad inédita de adaptación. Tendremos que aprender a usar nuevas herramientas, modificar hábitos, repensar profesiones y adquirir habilidades que hasta hace poco no parecían necesarias”
Examinar prejuicios, distinguir matices, trabajar conceptos, elaborar argumentos y formar juicio son algunas de las habilidades que se cultivan en nuestras clases y con las que enfrentamos preguntas como las recién planteadas. Solo desde esta base, la adaptación que exige la IA no reducirá al ser humano a una pieza más del engranaje tecnológico, sino que podrá convertirse en una transformación verdaderamente humana, con sentido.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management