Guerras y revoluciones

En esta columna, Francisca Jünemann, presidenta ejecutiva de ChileMujeres, sostiene que la participación laboral femenina no ha avanzado de forma natural, sino a partir de grandes quiebres históricos. Desde esa mirada, plantea que el desafío actual no es volver atrás, sino rediseñar instituciones y cultura para responder a una transformación que ya cambió la sociedad.

Por Francisca Jünemann. Presidenta ejecutiva de ChileMujeres 

Hay quienes piensan que los derechos y las posibilidades de empleo de las mujeres han sido parte de una evolución histórica natural y que, naturalmente, sin acciones intencionadas, seguirán mejorando. 

En mi visión, la evolución de los derechos ha sido una guerra pacífica constante, no causada por la sola voluntad de los gobernantes y legisladores. Y los avances en las oportunidades laborales tampoco han obedecido a una constante progresiva y lineal. 

Dos “grandes” de disciplinas distintas —la historia y la economía— coinciden en la idea de que el trabajo remunerado de las mujeres fuera del hogar fue impulsado por grandes quiebres históricos más que por una evolución gradual y natural. 

Yuval Noah Harari, historiador y autor de Sapiens, recuerda que durante la mayor parte de la historia humana no existió el trabajo asalariado tal como hoy lo entendemos. La economía se organizaba en torno a la familia y la comunidad: granjas, talleres y oficios domésticos donde mujeres y hombres trabajaban intensamente, pero sin salario independiente ni separación entre hogar y trabajo. En ese mundo preindustrial, el trabajo femenino existía, pero permanecía invisibilizado y no remunerado. 

El quiebre, según Harari, llega con la Revolución Industrial, cuando la producción se traslada fuera del ámbito familiar y nace el mercado laboral moderno. Es recién entonces —a fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX— cuando comienza a abrirse, lentamente, la posibilidad del trabajo con ingresos propios fuera del hogar para las mujeres. Pero incluso ese proceso fue parcial y tardío: la plena incorporación femenina al empleo es, históricamente hablando, un fenómeno del siglo XX. 

Claudia Goldin, Nobel de Economía, llega a una conclusión complementaria. En su libro Understanding the Gender Gap, demuestra que las Guerras Mundiales, y en particular la Segunda Guerra Mundial, actuaron como verdaderos puntos de inflexión en el empleo de las mujeres. Al movilizar masivamente a los hombres al frente, las economías se vieron obligadas a incorporar mujeres para ocupar los espacios laborales dejados vacíos. 

Leídos en conjunto, Harari y Goldin nos enseñan cómo la evolución del trabajo remunerado no es una constante histórica ni parte de una evolución natural, sino una conquista moderna por el colapso de la economía doméstica tradicional, acelerada por transformaciones o crisis mayores como la industrialización y las guerras.

La participación laboral femenina, como la entendemos hoy, es una de las grandes transformaciones de la historia, pero las estructuras sociales —culturales e institucionales— se han adaptado de manera incompleta y asimétrica a esta revolución, manteniendo patrones estables y rígidos que han causado un nuevo colapso: el desplome de la tasa de fecundidad, especialmente agudo en nuestro país. 

Así, podría ser una hipérbole correcta mirar la caída de la natalidad como una tercera guerra mundial: los seres humanos no han sido asesinados en batallas, pero sus vidas han dejado de existir por un nuevo quiebre causado por una adaptación incompleta e insuficiente. 

La pregunta para este 8 de marzo es si estamos dispuestos a hacer cambios profundos, rediseñando nuestras instituciones y cultura, o bien seguiremos desviando la mirada y así la humanidad continuará su decrecimiento hasta límites que no imaginamos. Porque las mujeres no volverán a trabajar solo al interior del hogar. No renunciarán a la posibilidad de tener autonomía económica, a desarrollar sus capacidades y talentos dentro y fuera de la familia.

Columna publicada en La Tercera

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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