Liderar el área de personas en una clínica de alta complejidad, con más de 8000 colaboradores, en medio de un contexto sanitario exigente, no es una tarea menor. Catalina Rivera, gerente de personas de la Red Dávila, comparte en conversación con RH Management cómo ha impulsado un modelo de bienestar organizacional sostenible, en una industria donde el cuidado no solo debe estar en el paciente, sino también en quienes trabajan por su salud.
“En la Clínica Dávila de Recoleta, que es la más grande de Chile, tenemos más de 3500 trabajadores. Si sumas todas las unidades de la Red Dávila, estamos cerca de las 8000 personas”, afirma Rivera. Su equipo, compuesto por alrededor de 50 profesionales en la sede principal y otras decenas en las distintas clínicas y centros, tiene la misión de acompañar, contener y desarrollar a una dotación diversa, femenina y profundamente comprometida.
Un enfoque humano y con resultados
Para Rivera, la gestión de personas debe estar en la mesa de decisiones. “Yo no sabría hacer mi trabajo si no trabajo con los gerentes generales muy de cerca”, sostiene. La experiencia internacional que trae desde Estados Unidos, México y Europa ha sido clave para instalar una mirada más sistémica e innovadora. “Hoy, si no estamos, los gerentes sienten que les falta algo. Eso es un cambio importante respecto a hace 20 años, cuando había que pelear por sentarse a la mesa”.
La Red Dávila no solo destaca por su tamaño, sino también por su cultura inclusiva. El 77% del personal son mujeres, el 60% de las jefaturas clínicas también, al igual que el 60% de los cargos gerenciales. “Es una red muy femenina”, afirma. Y ese sello se nota. “Seguimos otorgando la mejor salud, con la mejor calidad, al menor precio. Eso tiene un tremendo desafío detrás”.
Salud mental: un compromiso real
En una industria donde la presión emocional y física es constante, la salud mental se vuelve un tema central. Rivera no duda en señalar una deuda histórica: “Las mutuales tienen una deuda con nosotros. Para nuestra industria, la salud mental es lo primero y no hemos recibido una respuesta acorde”.
Ante esa carencia, el equipo de personas de la Red Dávila decidió actuar. Implementaron psicólogos 24/7, disponibles para todo el personal, sin burocracia ni restricciones. “Además, lo pagamos nosotros”, afirma. También crearon comités de clima que operan como termómetro interno. “Nos reunimos semanalmente para levantar alertas y hacer intervenciones inmediatas si es necesario”.
El foco en salud mental no es nuevo. “Ya con el Covid comenzamos con intervenciones sistémicas para el duelo, pero con la Ley Karin lo profundizamos. Hoy nuestras psicólogas están dentro de salud ocupacional, porque ese es nuestro principal desafío”.
Indicadores que reflejan bienestar
El modelo funciona. La organización mide constantemente su clima laboral con encuestas trimestrales y múltiples KPIs cruzados. “Fuimos de las primeras empresas en Chile en aplicar el nuevo test de riesgo psicosocial y salimos con riesgo bajo. ¡En una organización con esta presión, es un logro tremendo!”
También han mejorado todos sus indicadores operacionales, sin perder foco en las personas. “Para nosotros, lo importante es que los pacientes reciban la mejor atención, y eso solo es posible si cuidamos a quienes trabajan aquí”.
Diversidad e inclusión más allá del discurso
Catalina Rivera es crítica con la situación del país: “En Chile, la toma de decisiones sigue estando en un tipo de persona, con cierto género, educación y redes. No ha cambiado”. Aunque valora los avances en inclusión por discapacidad —donde la Red Dávila supera los mínimos legales—, sostiene que la diversidad debe ir mucho más allá.
“El problema es mucho más profundo. No hay verdadero valor a la diversidad en Chile. LinkedIn no es diverso ni representativo. Que una señora sin título profesional haya sacado adelante a su familia, también es liderazgo”.
Liderazgos que no ocultan su humanidad
El testimonio de Rivera está cruzado por una reflexión íntima sobre el liderazgo femenino: “Nos hemos puesto la capa durante años. No nos hemos permitido ser vulnerables. Y eso tiene un costo”. Recuerda los años donde para sentarse en la mesa había que endurecerse, disfrazar emociones, pelear por cada espacio. “Entre mujeres, todas somos alfa, porque si no, no habríamos llegado”.
Su llamado es a reconstruir los liderazgos desde la colaboración y la humanidad. “Este cambio no lo podemos hacer solas. Necesitamos aliados. Empatizo con mis compañeros hombres: todos lloramos, a todos nos duele cuando no nos incluyen. Tenemos que hacerlo juntos”.
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