La concentración del poder tecnológico en un pequeño grupo de multimillonarios de extrema derecha ya no representa solo un problema económico, sino una amenaza directa para la democracia, la libertad de prensa y la soberanía de los países europeos, advirtió Francesca Bria, según declaró al medio La Vanguardia. La economista sostuvo que cuando ese grupo controla plataformas, algoritmos, datos personales y redes de satélites, también condiciona el ecosistema informativo y altera el funcionamiento del espacio público.
En la entrevista, Bria sostuvo que el nuevo poder tecnológico busca ir más allá de la influencia empresarial. A su juicio, estos actores no se conforman con dominar mercados, sino que avanzan hacia una gravitación política cada vez más explícita, con capacidad para modelar la conversación pública, presionar a los Estados y debilitar los mecanismos de control propios de las democracias.
Como parte de ese diagnóstico, la especialista vinculó el fenómeno con un sistema tecnoautoritario que amenaza la libertad de prensa. Su advertencia apunta a que el problema no reside únicamente en la expansión de grandes compañías, sino en la convergencia entre poder económico, capacidad tecnológica y ambición política, una combinación que, según planteó, pone en riesgo la infraestructura misma de la democracia.
Un poder que ya no se limita al mercado
Para explicar esa transformación, Bria repasó una serie de episodios recientes. Mencionó el respaldo abierto de Elon Musk a la ultraderecha alemana, la relevancia de Starlink en comunicaciones militares, la decisión de Jeff Bezos de retirar el apoyo del Washington Post a Kamala Harris once días antes de las elecciones y el desmantelamiento del sistema de verificación de datos de Meta por parte de Mark Zuckerberg. En su lectura, no se trata de hechos aislados, sino de señales de una reconfiguración del poder informativo.
A esa lista sumó a Larry Ellison, a quien ubicó como una figura clave en la operación vinculada a TikTok en Estados Unidos. Según describió, ese acuerdo desplaza a ByteDance y refuerza la concentración del poder informativo al dejar algoritmo y datos en manos de Oracle y aliados de Donald Trump. También recordó declaraciones de Ellison sobre vigilancia con IA, en las que imaginó una sociedad en que las personas se comporten mejor porque todo estaría siendo grabado.
Bria agregó que la familia Trump también participa de ese ecosistema a través de Trump Media, empresa detrás de Truth Social, tras el anuncio de una fusión por 6.000 millones de dólares con una compañía de fusión nuclear. Para la economista, este tipo de movimientos confirma que la relación entre poder tecnológico, poder mediático y proyecto político es cada vez más estrecha.
Europa en una disputa por soberanía
La advertencia no se restringe a Estados Unidos. Bria afirmó que Europa es el siguiente escenario de disputa y que, cuando intenta defenderse con leyes digitales aprobadas democráticamente, se enfrenta a represalias. Citó el caso de Marco Rubio contra Thierry Breton y sostuvo que el mensaje es claro: regular plataformas puede desencadenar respuestas políticas y económicas.
En ese contexto, definió la situación como una guerra de soberanía que también golpea al periodismo. Según explicó, el dinero de la publicidad y el poder político se desplazan hacia plataformas bajo control de este bloque tecnológico, mientras los medios de calidad quedan asfixiados. La consecuencia, en su visión, es un deterioro progresivo de la capacidad de los medios para actuar como contrapeso democrático.
Bria observó además que la cobertura periodística muchas veces informa sobre contratos o negociaciones puntuales sin conectarlos entre sí. Mencionó, por ejemplo, acuerdos de Palantir con el sistema de salud británico o negociaciones de Italia con Starlink, y advirtió que la falta de una mirada sistémica dificulta comprender la magnitud de la concentración de poder. También alertó sobre compras de medios, amplificación de discursos políticos desde grandes grupos editoriales, uso de publicidad institucional para favorecer medios afines y utilización de software espía contra reporteros.
La presión sobre las instituciones y la respuesta posible
La economista afirmó que el problema tiene además una dimensión constitucional. Según planteó, los nuevos actores neoautoritarios no están centrados necesariamente en persuadir votantes, sino en ejercer el poder mediante fuerza, represión y coacción económica. Cuando la ciudadanía no puede acceder a información independiente porque esta queda bajo control de actores sin interés público, sostuvo, la rendición de cuentas democrática se vuelve imposible.
En ese análisis, puso especial énfasis en Palantir, empresa que vinculó con un proyecto político posdemocrático y con una creciente inserción en estructuras estratégicas del Estado. Mencionó su presencia en la Otan, su contrato de 330 millones de libras para gestionar historiales clínicos en Reino Unido, la renovación de sus acuerdos con inteligencia francesa y el uso de su sistema Gotham por parte de policías alemanas. En el caso de España, señaló que el ministerio de Defensa le ha adjudicado 36 millones de euros desde 2023 mediante procedimientos que calificó como opacos.
Para Bria, el riesgo es que cada organismo vea únicamente su propio contrato y no la imagen completa. A su juicio, así se vacían las instituciones democráticas: no a través de un golpe de Estado tradicional, sino mediante decisiones de contratación poco fiscalizadas y la inserción silenciosa de contratistas extranjeros de inteligencia en áreas centrales de la gobernanza.
Frente a este escenario, propuso tres líneas de acción. La primera es fortalecer un periodismo de investigación audaz y transfronterizo, acorde con redes de poder que ya operan a escala internacional. La segunda es invertir en infraestructuras públicas para medios independientes, para que no dependan de la publicidad de los mismos gigantes tecnológicos que deben fiscalizar ni queden sometidos a la manipulación algorítmica. La tercera es impulsar alfabetización mediática para que la ciudadanía entienda que plataformas y algoritmos no son conductos neutrales, sino máquinas políticas.