Cada día, en promedio, 140 mujeres y niñas fueron asesinadas durante 2024 por sus parejas u otros miembros de sus familias. Esto equivale a un femicidio cada diez minutos. Así lo indica el último informe conjunto de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) y ONU Mujeres, publicado durante la campaña global “16 días de activismo contra la violencia de género”, según el medio ONU Mujeres.
En total, se estima que 51.100 mujeres y niñas murieron en contextos de violencia por parte de personas cercanas durante el año, reflejando la continuidad de una crisis global que no distingue fronteras geográficas, culturales ni económicas. A pesar de la contundencia de estas cifras, los datos podrían estar subestimando la magnitud real del problema debido a limitaciones metodológicas y a la falta de registros precisos que permitan identificar y clasificar los femicidios correctamente.
El informe subraya que detrás de cada estadística hay un rostro, una historia interrumpida, y un entorno que muchas veces falló en proteger. La violencia comienza allí donde debería haber cuidado: en el hogar, entre vínculos afectivos o familiares. En demasiados casos, las víctimas habían solicitado ayuda, realizado denuncias o expresado miedo antes de ser asesinadas, sin que los sistemas de protección lograran intervenir a tiempo.
En 2024, casi el 55 % de los asesinatos de mujeres a nivel global ocurrieron en el ámbito privado, lo que evidencia que los hogares, lejos de ser espacios seguros, son con frecuencia escenarios de violencia letal. Esta realidad pone de relieve no solo la brutalidad de los crímenes, sino también la persistencia de patrones estructurales de discriminación y desigualdad de género que los alimentan.
Invisibilidad, silencio y falta de datos
Uno de los aspectos más preocupantes del fenómeno es su carácter oculto y silencioso. En cuatro de cada diez asesinatos de mujeres y niñas a nivel mundial, no se dispone de información suficiente para determinar si se trató de un femicidio. Esta carencia de datos no solo limita la comprensión del fenómeno, sino que impide diseñar políticas públicas efectivas y focalizadas.
Además, la violencia no se limita al ámbito doméstico. Se extiende a los espacios públicos, digitales y laborales, volviéndose más difícil de detectar y combatir. Tres de cada cuatro víctimas habían sido previamente acosadas por sus agresores. La tecnología, que debería proteger y empoderar, en muchos casos se transforma en herramienta de control, vigilancia y miedo.
El informe también alerta sobre la situación de mujeres especialmente expuestas, como periodistas, lideresas sociales, defensoras ambientales, mujeres indígenas o trans. Muchas de ellas son perseguidas por una doble razón: por lo que hacen y por lo que son. Esta doble exposición no solo las pone en riesgo, sino que muchas veces termina en violencia extrema o incluso en su asesinato.
Un problema global con múltiples rostros
Aunque África registra las tasas más altas de femicidio, América y Oceanía también presentan cifras preocupantes. En Europa y Asia los números aparentan ser menores, pero esto no necesariamente refleja una realidad menos violenta. La falta de datos y la dificultad para clasificar adecuadamente los crímenes esconden una parte importante de la problemática.
El femicidio no es un problema de “otros países”. Es un fenómeno global, estructural y profundamente enraizado en patrones de poder, impunidad y desigualdad de género. Combatirlo requiere entenderlo como tal, y no como hechos aislados o productos del entorno inmediato de las víctimas.
Cuando hay voluntad política, el cambio es posible
A pesar del panorama desalentador, el informe señala que cuando un país decide actuar con decisión y enfoque de género, los resultados pueden ser significativos. Ejemplos como Sudáfrica y Aotearoa (Nueva Zelanda) muestran que, con políticas públicas integrales, inversión adecuada y voluntad institucional, las cifras pueden empezar a bajar.
Escuchar a las sobrevivientes, implementar marcos legales robustos, capacitar a los sistemas judiciales y policiales, y apoyar a las organizaciones de mujeres son pasos fundamentales. No se trata solo de reaccionar ante el crimen consumado, sino de prevenir, proteger y transformar las condiciones que permiten que estas muertes ocurran.
Mientras no se avance en esa dirección, cada cifra seguirá representando una vida que no debió terminar así. El femicidio es evitable. Lo que falta no es información: es acción.