¡Felices fiestas!: el saludo que recuerda a las empresas quiénes somos de verdad

En organizaciones diversas, diciembre no significa lo mismo para todas las personas. Optar por “felices fiestas” no es una concesión: es un reconocimiento real de esa pluralidad.

Por RH Management.

Cada diciembre, las empresas repiten gestos que parecen inocentes: decoraciones, celebraciones internas, correos con saludos estandarizados. Pero bajo esa superficie se esconden tensiones que dicen mucho sobre cómo entendemos —o dejamos de entender— la diversidad en el trabajo.

En España, Jaime Rubio Hancock, editor de Ideas en El País, ha descrito con claridad cómo ciertas figuras políticas de su país han transformado un saludo tan común como “felices fiestas” en una polémica artificial. Lo que siempre fue un gesto amable y transversal se convierte, de pronto, en un símbolo identitario: una supuesta defensa de la Navidad frente a una amenaza inexistente. Una caricatura construida mediante la clásica falacia del hombre de paja: deformar la posición del otro para atacarla con facilidad.

¿Y qué enseñanza trae esto para las empresas chilenas? Que también aquí corremos el riesgo de caer en esas trampas discursivas que polarizan sin fundamento, fragmentan comunidades y oscurecen lo esencial. Cuando un saludo se transforma en campo de batalla, perdemos de vista a las personas reales que habitan nuestras organizaciones: diversas, complejas, múltiples en sus creencias y en sus formas de vivir estas fechas.

Porque la verdad es simple, aunque no siempre se diga: no todas las personas de una empresa celebran Navidad desde lo religioso. Muchas la viven desde lo humano, desde el cierre de ciclo, desde la memoria personal o familiar, o incluso desde ninguna celebración. Y muchas otras transitan estos días con duelo, con cansancio o con presiones económicas que la “fiebre navideña” —ese mandato social a consumir sin pausa— solo profundiza.

La expresión “felices fiestas” no borra nada; tampoco impone nada. Lo que hace es abrir un espacio real para que todas las personas puedan sentirse incluidas, sin tener que ajustarse a un relato único o homogéneo. Es, de hecho, una forma de reconocer que la diversidad no comienza en los grandes discursos de inclusión, sino en los gestos cotidianos que usamos para dirigirnos al otro.

Rubio rescata un principio que las empresas harían bien en adoptar: el principio de la caridad. Interpretar las palabras del otro desde su mejor versión, no desde la sospecha permanente. Asumir sinceridad, no segundas intenciones. Escuchar antes de etiquetar.

En un país como Chile, donde el ambiente social ya está suficientemente tensionado, dejar que las lógicas de la polarización entren también a los espacios de trabajo sería un error profundo. Y sin embargo, el riesgo está ahí: si no cuidamos el lenguaje y la forma en que interpretamos los gestos, podemos terminar replicando dentro de las empresas la misma dinámica de fake news, simplificaciones ideológicas y espirales de desconfianza que hoy saturan el debate público.

El mundo laboral necesita exactamente lo contrario: conversaciones que desactiven prejuicios, que amplíen la mirada y que comprendan la pluralidad cultural, espiritual y emocional que existe dentro de cualquier equipo humano.

Más espacios de convivencia, no de imposición

En Chile, estas fechas se asocian cada vez más al consumo que al encuentro. Regalos obligatorios, intercambios que generan presión financiera, celebraciones poco inclusivas, metas comerciales que se empujan hasta el último día hábil. Un frenesí que erosiona el sentido profundo que podrían tener estos días: recuperar espacios de convivencia, detenerse un momento, reconocer lo construido en colectivo.

Es aquí donde las empresas tienen una oportunidad invaluable. Pueden promover celebraciones que no reproduzcan estereotipos ni expectativas homogéneas, sino que reconozcan la diversidad cultural y espiritual de sus equipos. Pueden evitar caer en las trampas simbólicas de la polarización y, en cambio, reforzar su compromiso con una convivencia auténtica.

Pueden, también, preguntarse qué tipo de cierre de año están ofreciendo:
¿uno centrado en el consumo y en el ritual corporativo automático, o uno que respete la complejidad emocional y cultural de sus equipos?

Cuando una organización opta por decir “felices fiestas”, lo que está haciendo es reconocer la pluralidad sin restarle valor a quienes celebran Navidad desde su tradición. No se borra identidad; se amplía la comunidad.

Y cuando una empresa asume que la diversidad religiosa y cultural existe —aunque no se explicite en un organigrama— está dando un paso fundamental: salir del piloto automático y reconocer que las personas son más que roles, KPIs y puestos de trabajo.

En tiempos donde abundan las polémicas inventadas y las batallas simbólicas que no resuelven nada, las empresas pueden elegir un camino distinto: el de la escucha, la empatía y la inclusión desde lo cotidiano.

Quizá ahí está el verdadero sentido de este cierre de año: que cada quien pueda habitar estas fechas desde su propia verdad, sin sentirse obligado a encajar en una narrativa única. Y que el espacio laboral —ese donde pasamos buena parte de la vida— sea un lugar donde ese gesto de respeto no solo se permita, sino que se celebre.

Porque al final, pocas frases capturan mejor ese espíritu que el más sencillo y más humano de los saludos: felices fiestas.

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