Érase una vez un mensaje, a Pedro Sánchez y Marco Carvacho

La poeta y escritora catalana Anna Bou Jorba nos lleva a través de historias íntimas y reflexiones profundas sobre la existencia, la memoria y la poesía. Desde la anatomía emocional de nuestros corazones hasta el dolor y la alegría de los miembros fantasmas, pasando por recuerdos de Neruda y Mistral, su narrativa nos invita a vivir poéticamente y a valorar los matices de la vida y la literatura.

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Por Anna Bou Jorba, poeta y escritora catalana.

La sutilidad de las venas

A la madre de una amiga le extirparon un riñón, ¿o era un pulmón?, ¿un hígado?, ¿un estómago, quizás? A veces tengo que hacer memoria de cuáles son los órganos que habitan por partida doble el interior del cuerpo humano, aunque tampoco hay que hacer mucho caso de lo que dicta la anatomía ya que, por ejemplo, tenemos más de un corazón: el corazón fuerte, el corazón delicado (para nada incompatible con el primero), el corazón que ama, el corazón que cree que ama, el corazón coraza, el corazón acurrucado como si anidara el huevo de una pasión, para que no se enfríe, se desarrolle, crezca, y por fin un día, rompa el caparazón, y vuele. Voluptuoso y torrencial corriente que correrá por vasos sanguíneos tan estrechos que se diría que la emoción, acelerada, se saldrá de una de las curvas que llevan a alguno de los corazones. Tan fuerte la pasión y tan sutiles las venas, con su color azulado casi transparente, como si estuvieran a punto de desaparecer debajo de la piel.

El síndrome del miembro fantasma

Pepe, el director de la Agencia Canaria de Calidad y Educación que invitó al filósofo Ricardo Espinoza a impartir una conferencia sobre su extensa obra, nos comentó que había entendido, definitivamente, la sentencia hegeliana “El Ser y la Nada es lo mismo” cuando a su padre le amputaron una pierna. Una pierna está en su sitio, cierras los ojos -un instante/ una eternidad/ el goteo de un reloj/ lo que duran los nervios en una interminable sala de espera-, los abres, y la pierna desapareció, ya no está, pero sigue presente el padre, la palabra padre, el vínculo padre, la memoria de una pierna de padre. Se dice que después de la amputación de una extremidad se puede llegar a sentir el dolor de esa extremidad. Pero, ¿y si esa extremidad nunca llegó a existir?

Escribe Eugeni Zamiatin en su novela distópica “Nosotros”: Voy al paso con todo el mundo, pero igualmente me siento separado. Todavía tiemblo con las emociones que he pasado, como un puente por el que acaba de retumbar un antiguo tren de hierro. Me siento a mí mismo. Pero solamente un ojo con arenilla, un dedo arrancado o un diente enfermo pueden sentirse, pueden tener conciencia de la individualidad.

Si, a base de dinamismo, movimiento, seres y nadas que son lo mismo, estiro el hilo de este inquietante texto, y sabiendo que se llega a sentir dolor del miembro que ya no existe, llego al convencimiento de que también se puede sentir alegría del miembro amputado o que nunca existió, pero no por ello es menos real.

Don Pablo duerme

Érase una vez un niño que vivía en El Tabo donde vivía un único teléfono. El 10 de enero de 1957 suena un ring con crespón negro, y son las piernas del niño Kiko las que corren a Isla Negra para comunicarle a Pablo Neruda que acuda a El Tabo porque tienen que anunciarle la defunción de Gabriela Mistral. Pero Don Pablo duerme. Quién sabe si en la orilla de la siesta de versos quedaron marcados en la arena los pasos de un niño que corría hacia ellos. Don Pablo duerme, tal como le indicó la Chascona, la que peinaba los dedos del poeta cuando él le acariciaba la cabellera; fue Matilde Urrutia la que, bajando la cabeza hacia ese bajito jadeante, indicó que no se podía despertar al poeta de su sagrada siesta. Y así hasta tres veces, el mensajero va con el mensaje que debe entregar al Capitán, y regresa de Isla Negra con el mensaje que le devuelve Matilde. Jamás conoció a Neruda, tampoco nunca ha afirmado lo contrario, pero existe en la memoria del tabino este recuerdo azul casi transparente, y cada vez que lo rememora se hace fuerte, la vida adquiere estímulo, músculo y piernas nuevas con las que el octogenario niño mensajero corrió otra vez, 67 años después, desde El Victoria Dormido (donde una mañana de enero de 1957 sonó el único teléfono de la zona) hasta el actual Museo Neruda en Isla Negra, rememorando ese día, como tributo y respeto y caricia a Gabriela Mistral y Pablo Neruda. “Lo importante no es mi persona -declara Enrique Pizarro- sino el homenaje póstumo a los dos más grandes literatos chilenos, porque pareciera que cada día se habla, se comenta y se recuerdan menos, incluso en las escuelas, colegios y universidades”. No hace falta añadir que, después de los tres intentos, tres, como en los mejores hechizos, Don Pablo Neruda, por fin, despertó.

Érase una vez una vez

Érase una vez un niño que vivía en El Tabo (palabra que proviene del mapudungún, cuyo significado es “morada de brujos”). Érase una vez un solitario teléfono de El Tabo que vivía en el niño. Érase una vez Claudina Núñez, quien contestó la llamada que anunciaba la triste noticia de la defunción de Gabriela Mistral que, a su vez, le encargó al pequeño mensajero que llevara la noticia hasta la casa del poeta cuya puerta abrió Matilde Urrutia que, a su vez, le hizo un nudo marinero al mensaje y lo envió de vuelta. Érase una vez un fontanero de Neruda. Érase una vez un sastre de Neruda que rozó su barriga alimentada con placeres y poemas cuando, sin ninguna duda, le confeccionó el traje con que recogió el Nobel de Literatura. Érase una vez, y hace tan sólo un mes de esta vez que érase, un gentil y orgulloso camarero que nos comentó que a Don Pablo le gusta el Caldillo de congrio con crema, y pareciera que Neruda sigue tan vivo que, en unos minutos, entraría sonriente al comedor y se sentaría en la mesa contigua para degustar una suculenta Oda. Érase una vez un Litoral de los Poetas con su informal “Restaurante de los Poetas” de toldo polvoriento y humo acumulado al estar situado a pie de carretera; la poesía es un producto de primera necesidad, como el pan que acompaña el menú del día. Érase una vez un mensajero de Matilde, o de Neruda, aunque nunca conoció al poeta, pero le recita. Érase una vez un Poeta que nunca conoció a su mensajero, pero para él escribe. Érase una vez una oportunidad que, si no se hubiera perdido, habría generado el cuento que nos gustaría contarnos a nosotros mismos cada noche. Érase una vez un matiz que crece, se hace grande, se desborda, sobrepasa los límites que lo contienen, y todo lo inunda. Érase una vez Pedro, Marco, Gabriela, y por supuesto, Ricardo, con los que defendemos a capa y pluma y espada que vivir poéticamente, no es tan sólo posible, sino necesario. Porque hay personas que son, en y por sí mismas, el más precioso y esperado mensaje.

Polignano a Mare, 8 junio 2024

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