En los albores de una “Generación Promptiana”

En esta columna, Fernando de Laire y Manuel Reyes proponen una reflexión sobre los primeros indicios de una “Generación Promptiana”: una forma emergente de pensar, trabajar y decidir modelada por la interacción con inteligencia artificial generativa. Su planteamiento abre una discusión mayor sobre cognición, desigualdad, estrategia y sentido humano en un mundo donde la lógica algorítmica gana terreno.

Por Fernando de Laire. Doctor en sociología. Miembro de la Asociación Chilena de Estudios del Trabajo. Investigador y consultor internacional y Manuel Reyes. Ingeniero civil matemático y Doctor en ingeniería de minas. Especialista en Inteligencia Artificial. Académico UNAB.

Desde que Mark Prensky acuñara el concepto de “nativos digitales” para designar a la generación que había crecido en un entorno rodeado de computadores, telefonía móvil, videojuegos, música digital y tecnologías afines, las ciencias humanas y las neurociencias han buscado desentrañar los impactos sociales, psicológicos y antropológicos de esta nueva realidad que pasó a abarcar también a los “inmigrantes digitales”, aquellas generaciones anteriores obligadas a adaptarse al nuevo contexto.


En pocas décadas, la expansión de internet, la masificación de los teléfonos inteligentes, la omnipresencia de las redes sociales y la hiperconectividad han hecho emerger preguntas acuciantes como las siguientes: ¿Las nuevas tecnologías fortalecen o debilitan la democracia y bajo qué condiciones? En un contexto cultural de exacerbación del individualismo y profusión de los aplicativos de citas, ¿sobrevivirá el compromiso de pareja o se transformará en un fósil enterrado bajo las capas del “amor líquido” (Bauman)? ¿Cómo adaptar las prácticas pedagógicas al nuevo entorno tecnológico y en qué consiste hoy la autoridad y la legitimidad del saber de las y los educadores? ¿Cómo se configura la economía de la atención en tanto bien escaso y monetizable y, de manera asociada, cuáles son las vías de salida para el estado de ansiedad constante que experimentan las personas? 

En cuanto al futuro del trabajo, que en realidad es un presente en estado de desarrollo asimétrico al interior y entre sectores económicos, ¿será capaz de dar cabida a todas las personas en busca de un empleo o la inteligencia artificial y otros avances tecnológicos exacerbarán las dinámicas de exclusión y desigualdad social? 

Por último, la pregunta fundamental: ¿qué es lo específico humano que no podrá ser reemplazado por la IA y, antes bien, deberíamos potenciar para generar efectos virtuosos?

Como puede apreciarse, todas estas interrogantes dejan entrever un temblor que remece las estructuras antropológicas de la acción, en diferentes ámbitos, así como las estructuras de la cognición y las formas de interacción social. A nuestro juicio, es prematuro hablar de mutaciones ya arraigadas en profundidad, pero es posible constatar un gran dinamismo espoleado y/o facilitado por la innovación tecnocientífica. Nos apartamos, sin embargo, de los conceptos de causalidad o determinismo tecnológico.

Generación Promptiana: mutación cognitiva y cambio de lógica

Ahora bien, en línea con lo anterior, la problemática que nos interesa relevar en este artículo son los albores observables de lo que hemos llamado una “Generación Promptiana”, tomando como referencia el término que define las interacciones con la Inteligencia Artificial Generativa: Prompt, esa “palabra sembrada en la tierra digital”, “chispa que despierta la máquina dormida” según las poéticas imágenes conseguidas por la traductora alemana Sandra Henschel a partir de una interacción con una IA (lo que configura un auténtico loop de sentido).

Yendo al meollo del asunto, existe un fenómeno en el ajedrez que ilustra una mutación cognitiva en curso: el tránsito del pensamiento analógico a un tipo de pensamiento digital muy específico. Los jugadores de los años 90 pensaban de manera estratégica y conceptual (columna abierta, peón pasado, control del centro, bloqueo); en contraste, los actuales, entrenados con Inteligencia Artificial y con motores de ajedrez que operan con una “RAM infinita” capaz de calcular millones de posiciones por segundo con una profundidad inalcanzable para la capacidad humana, se enfocan en la ejecución discreta de movimientos evaluados en base a un código numérico que recuerda un score de evaluación, operatoria en general despojada del gran relato de la estrategia. 

Benjamín Labatut grafica esta transformación y le otorga brillo literario en la parte final de su novela Maniac, titulada “Lee o los delirios de la inteligencia artificial”, donde relata el enfrentamiento entre el maestro surcoreano Lee Sedol –considerado el jugador de Go más brillante de su generación– y AlphaGo, una IA creada por el inglés Demis Hassabis, el joven prodigio cofundador de DeepMind. 

Desde el punto de vista de la capacidad de cálculo, se debe destacar que AlphaGo está provista de dos redes neuronales y fue entrenada analizando una base de ciento cincuenta mil partidas reales protagonizadas por jugadores de alto nivel y, luego, jugando millones de partidas contra sí misma. Su habilidad para “imaginar el futuro” es alucinante: puede calcular doscientos millones de posiciones en un segundo, eligiendo la mejor alternativa y optimizando progresivamente su rendimiento global, en el contexto de un juego que es más complejo que el ajedrez, considerando todas las combinaciones posibles sobre una cuadrícula de 19 filas y 19 columnas.

El cambio descrito representa el ascenso del pensamiento discreto –los pasos puntuales, los scores de evaluación– sobre el pensamiento conceptual –los esquemas comprensibles y las estrategias holísticas–. Esto se debe a que la IA, con su memoria táctica infinita y su capacidad de discretización (dividir lo complejo en micropasos), ha revalorizado la especificidad algorítmica, con una precisión que resulta críptica para los no entendidos, más allá del código base de cualquier actividad, que en el caso del ajedrez o del Go equivale a la dificultad de manejar las reglas del juego.


El tema de fondo es que el pensamiento estratégico tradicional era analógico y factorial, basado en principios que permitían a nuestra mente operar con una “RAM pequeña”. Hoy, en cambio, la tecnología instala la mirada en el detalle táctico, un enfoque que comienza a permear distintos ámbitos profesionales.

Lógica discreta y algoritmos: potencial, trampas y dilemas

Tomemos como ejemplo la evolución del ingeniero de minas. El profesional de la vieja escuela razonaba en términos de estrategia de explotación general. El ingeniero de la “Generación Promptiana” –entrenado bajo la lógica de la máquina– adoptará una mentalidad táctica-algorítmica. Dejará de ver la veta como un concepto geológico unificado y la tratará como una nube de micropuntos de datos discretos (ley, dureza, porosidad) que alimentan un modelo de Machine Learning. Su labor será una ejecución lineal optimizada. El sistema dictará la carga exacta para el siguiente metro cúbico, no por una regla de geo-estrategia, sino porque un algoritmo maximizó el valor en tiempo real. Su reporte será una matriz de riesgo probabilístico, críptica para quien desconoce el dashboard.

Desde luego, es preciso enfatizar que esta estructura mental está todavía lejos de universalizarse. De hecho, la maestría en este lenguaje productivo, discreto y microlineal se está erigiendo como un nuevo eje de exclusión social. Si el desarrollo económico se rige por la lógica algorítmica, se profundizarán las brechas y desigualdades entre quienes poseen la educación, habilidades y entrenamiento para operar con estos códigos y quienes siguen anclados al pensamiento conceptual analógico. El éxito productivo –lo que no deja de ser inquietante– se concentrará en esta “estructura mental digital”. A este respecto, es sintomático el hecho de que ya exista como disciplina formal la Ingeniería de Prompt, una vuelta de tuerca más en la dinámica de la hiperespecialización.

Sin duda, esta evolución en curso alimenta debates de orden filosófico y ético como el recién mencionado sobre dinámicas de inclusión, exclusión y desigualdad, pero también otros como el grado de irreductibilidad de la lógica analógica, ya que los seres humanos vivimos inmersos y nos relacionamos en redes intersubjetivas de sentido.

A modo de conclusión, es posible sostener que, en esta fase de transición cognitiva, el gran desafío para la “Generación antigua” es subirse a la ola, pero a la vez contribuir a interpretar y enmarcar esta nueva forma de pensamiento y comunicación digital, táctica y discreta dentro de un marco estratégico-conceptual comprensible. De hecho, es poco probable que cambios organizacionales –y políticos– legitimados puedan sustentarse a partir de un (no)discurso algorítmico de optimización desprovisto de sentido. Este es, hoy por hoy, un tema relevante para los directorios y los gobiernos corporativos. 

Salvo, desde luego, que el horizonte de referencia sea un mundo distópico donde los algoritmos lo controlen todo, sin espacio para la deliberación. Ese debate ya está instalado en la esfera pública y adquirió mayor relieve a partir de algunas declaraciones polémicas de magnates e innovadores del área tecnológica. Podríamos, de hecho, acuñar el término “Algoritmocracia ilustrada” como la última versión conceptual de una larga tradición distópica presente en la filosofía política, que se remonta a Platón y su idea de Sofocracia o “Gobierno de los sabios”, expuesta en su obra La República. 

Por su parte, para la “Generación Promptiana”, el gran desafío será no perder la habilidad de sintetizar la táctica en una estrategia comprensible y con sentido humano, evitando que la eficiencia algorítmica nos conduzca a un caos de acciones inconexas, desconectadas además de consideraciones éticas. Asimismo, se les impone la necesidad de una conciencia y una vigilancia activa ante el riesgo de derivas autoritarias potenciadas por las nuevas tecnologías. El reciente caso de Anthropic en Estados Unidos habla por sí mismo. 

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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