Un técnico que trabaja con robots, un administrador de microrredes eléctricas y un fabricante de celdas de combustible de hidrógeno tienen algo en común: sus ocupaciones forman parte de las once que China reconoció en septiembre de este año. El anuncio, recogido por El Ciudadano, incorporó también 23 especialidades dentro de ocupaciones existentes.
El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social de China anunció que elaborará estándares nacionales para orientar la educación profesional, la capacitación y la evaluación de competencias. Así lo informa la agencia estatal Xinhua en el portal oficial del Consejo de Estado de China. El reconocimiento identifica actividades y busca organizar su formación. Por sí solo, no permite establecer cuántos empleos se crearán ni sus condiciones.
La actualización plantea una pregunta: ¿cómo llega una economía a desarrollar esas capacidades? Incorporar una tecnología exige empresas capaces de utilizarla, financiamiento y personas que aprendan a resolver problemas durante la producción.
El economista Xiaohuan Lan examina esa relación en “How China Works”. Su reconstrucción de las industrias de pantallas y solar describe gobiernos que invierten, empresas que cambian sus estrategias y conocimientos que se acumulan durante la producción. También registra pérdidas y proyectos que fracasan.
Financiar el aprendizaje
A comienzos de este siglo, China fabricaba televisores, pero dependía de proveedores extranjeros para los paneles de cristal líquido utilizados en las pantallas planas. El cambio tecnológico alteraba el valor de la experiencia anterior: dominar la fabricación de televisores de tubo no aseguraba controlar los componentes de la nueva generación.
En ese contexto se desarrolló BOE Technology Group, fabricante chino de pantallas surgido de una empresa estatal de tubos electrónicos de Beijing, capital de China. Lan reconstruye su trayectoria con apoyo en la historia industrial de Lu Feng, informes empresariales y publicaciones económicas.
Una de las primeras dificultades fue financiera. La empresa avanzó en la construcción de una línea de producción en Beijing, pero no consiguió los recursos mediante la operación bursátil que había previsto. El gobierno de la ciudad y el Banco de Desarrollo de China participaron en la organización de un crédito de nueve bancos. La inversión pudo continuar.
La puesta en marcha tampoco aseguró buenos resultados. Según Lan, el precio de una pantalla de 17 pulgadas cayó de 300 a 150 dólares entre el inicio de la construcción y la producción a gran escala. La línea entró en funcionamiento en 2005, cuando el mercado ofrecía condiciones distintas de aquellas que habían alentado la inversión. La empresa registró pérdidas y necesitó negociar una extensión del crédito.
El problema modificó su estrategia. Para las siguientes plantas, BOE buscó primero aportes de capital de entidades vinculadas a gobiernos locales y después financiamiento bancario. En 2008 aplicó ese esquema en Chengdu, ciudad del suroeste de China y capital de la provincia de Sichuan. Las entidades públicas locales adquirieron acciones: su participación vinculaba recursos del territorio con el riesgo y los resultados de la actividad industrial.
El gobierno de Hefei, capital de la provincia de Anhui, en el este de China, participó en una fórmula semejante. La construcción de una nueva línea de producción de BOE comenzó allí al año siguiente y reunió inversión de entidades locales, otros inversionistas y bancos. Lan describe posteriores ampliaciones y la llegada de proveedores. La capacidad de fabricar pantallas se desarrolló junto con una red de empresas que aportaba materiales, equipos y servicios.
El caso conversa con el marco que Isabella Weber y Hao Qi proponen en “The State-Constituted Market Economy”, documento de trabajo del Instituto de Investigación de Economía Política de la Universidad de Massachusetts Amherst. Los economistas distinguen funciones estatales de creación, estabilización y orientación de mercados. Su análisis examina cómo esas intervenciones organizan actividades que luego operan mediante relaciones comerciales.
El aporte estatal ayudó a BOE a reunir capital y sostener una inversión incierta. La empresa tuvo que desarrollar capacidades técnicas y responder a clientes y competidores. Financiar una planta resolvía una parte del problema; producir con calidad y costos viables exigía otro trabajo.
Lan sitúa allí el aprendizaje industrial. En su libro sostiene que la innovación requiere experiencia en la producción: conocer procesos, comunicarse con proveedores y revisar diseños según las necesidades de los clientes. El conocimiento técnico se amplía cuando una organización puede participar en esas tareas y resolver sus dificultades.
El historiador económico Joel Mokyr, premio Nobel de Economía 2025 por sus investigaciones sobre las condiciones del crecimiento sostenido mediante el progreso tecnológico, añade una dimensión en “A Culture of Growth”. Al estudiar las condiciones del crecimiento europeo, destaca la importancia del acceso al conocimiento útil y de las relaciones entre quienes investigan y quienes dominan oficios y técnicas. Esas conexiones favorecen tanto la difusión de una innovación como la posibilidad de generar otras.
El cruce permite mirar con mayor precisión el aprendizaje que describe Lan. Una empresa necesita que el conocimiento circule entre especialidades y que los problemas de producción puedan dialogar con la investigación. En la reconstrucción histórica de Mokyr, acercar el mundo científico al de los fabricantes exigió superar barreras sociales y reconocer el valor de sus intercambios. La colaboración también requería una disposición a aprender del otro.
Para quienes trabajan, la formación continúa después de ingresar a la empresa. La producción obliga a combinar conocimientos, coordinar especialidades y mejorar procedimientos. La capacidad pertenece a las personas, pero también a las relaciones que permiten utilizar lo que saben.
Capacidades y riesgos
La industria solar introduce un contraste. Mientras las pantallas respondían a una gran demanda interna, los fabricantes solares chinos dependieron durante sus primeros años de compradores extranjeros. Lan describe una expansión apoyada en conocimientos adquiridos fuera del país, iniciativa empresarial e inversiones de gobiernos locales.
Suntech, fabricante de paneles solares, nació a comienzos de este siglo en Wuxi, ciudad de la provincia de Jiangsu, en el este de China. Su fundador, Shi Zhengrong, se había formado en Australia en un entorno de investigación sobre tecnología fotovoltaica, que convierte la luz solar en electricidad. El gobierno de Wuxi apoyó la empresa: el caso relaciona circulación internacional del conocimiento con decisiones locales.
La demanda también tenía una dimensión internacional. Los programas europeos de apoyo a la energía solar ofrecieron mercados a los fabricantes chinos. Según Lan, las empresas aprovecharon esa expansión para aumentar su producción. Por eso, el desarrollo del sector no puede explicarse solo por decisiones de Beijing o de los gobiernos locales: también dependió de políticas y compradores de otros países.
Esa dependencia mostró sus riesgos cuando se redujeron apoyos europeos y aumentaron las restricciones comerciales. Empresas que habían ampliado su capacidad y acumulado deudas enfrentaron dificultades para vender. Lan reconstruye cierres y reestructuraciones durante la crisis del sector iniciada en torno a 2012.
El gobierno central había comenzado a estimular el consumo interno antes de esa crisis. En 2011 introdujo mecanismos de remuneración de la electricidad fotovoltaica y, dos años después, estableció diferencias por regiones. La política buscó crear demanda para una tecnología cuyo costo todavía dificultaba competir con fuentes tradicionales.
El aumento de instalaciones generó nuevos problemas. Lan identifica atrasos en el pago de subsidios y dificultades para aprovechar electricidad producida lejos de los grandes centros de consumo. La fabricación de paneles debía coordinarse con las redes, la transmisión y las reglas de compra de energía. Expandir una parte de la cadena no resolvía las restricciones de las otras.
La comparación con BOE permite distinguir dos funciones de la coordinación: reunir recursos para entrar a una actividad compleja y conectar su producción con proveedores, infraestructura y demanda. Los apoyos públicos pueden facilitar ambas tareas, pero Lan advierte que no garantizan la competitividad de cada empresa.
El autor añade una observación relevante para el trabajo: una compañía puede cerrar sin que desaparezcan todos los conocimientos que reunió. La tecnología, la experiencia de sus equipos y las relaciones productivas pueden incorporarse a nuevas organizaciones. Esa posibilidad ayuda a explicar una recuperación industrial, aunque no demuestra que cada persona afectada por una quiebra conserve su empleo o encuentre otro equivalente.
Guido Ezequiel Weksler, economista y doctor en Desarrollo Económico que investiga el comercio y el trabajo, amplía el análisis en “China como ruptura de la dinámica de desarrollo del Este Asiático en la Nueva División Internacional del Trabajo”. Examina políticas e indicadores de inversión, patentes y empresas para evaluar el alcance de la transformación tecnológica.
Su serie elaborada con datos del Banco Mundial sitúa la inversión en investigación y desarrollo en torno al 0,5% del producto interno bruto en 1995 y al 2,5% en 2020. El aumento muestra una mayor asignación de recursos, pero no mide el aprendizaje de cada trabajador ni prueba el efecto de una sola política.
Weksler introduce además una distinción que evita identificar a toda China con sus empresas tecnológicas más avanzadas. Señala que el desarrollo de una base tecnológica nacional convive con actividades que demandan trabajo de baja complejidad. La capacidad de competir en sectores avanzados no describe por completo las condiciones laborales del país.
La construcción de capacidades industriales puede abrir nuevas funciones. Para evaluar las oportunidades que ofrece a las personas también hay que conocer el acceso a formación, las remuneraciones, la estabilidad y las posibilidades de desarrollo dentro de las empresas.
En China, esa relación forma parte de una planificación que organiza prioridades para varios años. El plan de aplicación de la estrategia de empleo para el período 2026–2030, inscrito en el decimoquinto plan quinquenal y difundido en junio por el portal oficial del Consejo de Estado de China, vincula el desarrollo de actividades emergentes con la formación profesional y una mejor correspondencia entre educación y demanda de capacidades. Son objetivos cuya ejecución debe evaluarse, pero sitúan el aprendizaje de las personas dentro del proyecto productivo.
En Chile, la discusión de este año sobre la franquicia tributaria del Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (Sence) mostró una tensión distinta. El gobierno propuso eliminar este incentivo, que permite a las empresas descontar de impuestos gastos de capacitación, y después orientó la iniciativa hacia su modificación. En julio, el Senado registró ese cambio y el anuncio de un futuro proyecto de modernización del servicio.
La secuencia importa. En mayo, el ministro del Trabajo, Tomás Rau, había reconocido que, si prosperaba la eliminación, sería necesario trabajar en un mecanismo alternativo. La propuesta de retirar el instrumento avanzaba mientras su reemplazo seguía por definirse. Ese antecedente abre una pregunta sobre el orden de las decisiones: qué capacidades busca desarrollar el país y cómo asegura su formación antes de modificar las herramientas que la financian.
Las fuentes consultadas por RHM plantearon caminos para esa construcción. Romanina Morales, exdirectora del Sence, propuso vincular la capacitación con sectores estratégicos, reconversión tecnológica y desarrollo productivo regional. Reconoció problemas de calidad, pertinencia y fiscalización, y defendió una reforma que fortaleciera el sistema. En la misma publicación, el dirigente sindical Luis Santander, encargado de formación y capacitación de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) provincial Antofagasta, subrayó la participación de trabajadores, empleadores y Estado en las decisiones.
La experiencia china permite relacionar las actividades que se busca desarrollar con las capacidades necesarias para participar en ellas. Lan destaca el aprendizaje durante la producción; Mokyr, la conexión entre conocimientos y oficios. Para Chile, el desafío es dar continuidad a una formación vinculada con inversiones y oportunidades laborales.
El técnico en robótica y el administrador de una microrred que aparecen en la nueva clasificación china necesitarán formación, equipos y organizaciones donde ejercer sus funciones. Sus ocupaciones remiten a decisiones que comienzan antes de que una empresa publique una vacante. Para Chile, la pregunta es qué capacidades productivas busca desarrollar y cómo empieza hoy a formar a las personas que las harán posibles.