Por RH Management
Tiene diecisiete años y dejó el colegio. Comparte una litera en una casa baja del extrarradio, donde el asfalto se deshace en descampados. Trabaja de noche: pega en muros, paradas y postes anuncios de documentos falsos —carnés, certificados, permisos— y echa a correr cuando asoman los inspectores o la policía, porque de día lo arrestan. Gana poco más que un sueldo mínimo y paga una litera compartida por cuatro. En la misma calle, un hombre que aprendió a conducir camiones no encuentra quien lo contrate por sus antecedentes; otro levanta ladrillos en una obra y muere en una riña por el turno de un teléfono público; una pareja vende fruta de estación desde un triciclo a motor, de sol a sol. Cuando a uno de ellos lo golpean hasta dejarlo inválido, el patrón zanja que aquello “no se podía considerar enfermedad laboral”.
A esa misma ciudad llega una muchacha de dieciséis con la cabeza llena de luces. Primero atiende una pensión por ciento cincuenta al mes; después lava cabezas en una peluquería que pide “chica de dieciséis a veinte años, con o sin experiencia”; más tarde hace la fila de cien personas para treinta vacantes de fábrica, donde los obreros caminan “como presos condenados a trabajos forzosos, con los nombres de sus fábricas bordados al pecho”; y termina en la trastienda de un local nocturno, donde la palabra “acompañante” se vuelve otra cosa, “tres o cuatro veces por semana, siempre con condón”. Nadie firma contrato. Los salarios se mantienen bajos a propósito. La ciudad promete y descarta con igual velocidad.
Podría ser Detroit en su caída, Lota tras el cierre del carbón en 1997, un arrabal español de los años sesenta, el conurbano de cualquier capital latinoamericana. Cambie usted los apellidos y nadie lo dudaría.
El giro
Pero los apellidos son chinos. La primera escena reúne oficios de “Historias del extrarradio”, del pekinés Xu Zechen, que sigue a jóvenes migrantes en las afueras de la capital (Automática, 2026). La segunda es “Las chicas del Norte”, de Sheng Keyi, sobre las muchachas rurales que bajan a las zonas económicas especiales del sur (ZEE). Su prólogo lo dice sin rodeos: eran trabajadoras que “desempeñaban trabajos inferiores y soportaban en silencio toda clase de perjuicios y humillaciones”, empleadas como “peluqueras, camareras, azafatas de hotel, enfermeras…”. Que el relato pueda pasar por occidental no es una casualidad literaria: es el argumento. El trabajador precario no es una esencia china, sino una figura recurrente en los procesos de industrialización acelerada. Ya lo señalamos al hablar del hukou (户口) y de los mingong (民工) en entregas anteriores de esta serie; la ficción le pone rostro a esa estadística.
Vale una precisión, porque sobre China circulan más mitos que datos. Estos relatos no retratan un país remoto ni un presente congelado: transcurren durante la gran migración interna de la era de reformas. Los cuentos de Xu Zechen están fechados entre 2010 y 2015; la novela de Sheng Keyi, publicada originalmente en 2004, evoca los años noventa. Es el tramo en que centenares de millones de campesinos se trasladaron del campo a la ciudad —una de las mayores migraciones internas de la historia— y ocurre décadas después del derrumbe que contaremos enseguida: los personajes aparecen en la pendiente ascendente de esa curva, pero todavía en su zona más desigual.
La segunda historia exige explicar su escenario. Una zona económica especial (ZEE) es un territorio acotado donde, desde comienzos de los años ochenta, el Estado chino ensayó reglas económicas diferenciadas para atraer capital extranjero, ampliar la actividad empresarial y orientar la producción hacia la exportación. La emblemática fue Shenzhen, presentada en el prólogo como un “pequeño pueblo de pescadores” frente a Hong Kong que en una generación se convirtió en una de las mayores ciudades del país. A esas zonas, cercadas incluso por controles de frontera interna —el “pase fronterizo” que aparece en el relato—, bajaban las muchachas rurales a emplearse.
Para entender cómo llegó China hasta estos suburbios sin caer en caricaturas, hay que mirar la historia económica. La investigación reciente ha desmontado el viejo tópico —que se remonta al sociólogo alemán Max Weber— de que Asia fuera una economía estancada. El historiador económico español Francisco Comín lo resume: los mercados chinos de grano eran “tan eficientes como los europeos, al menos hasta 1780”, y solo tras la revolución industrial Europa los superó. La brújula, la imprenta y la pólvora fueron chinas. Comín, siguiendo una interpretación de Fernand Braudel (1902–1985), uno de los mayores historiadores de la economía del siglo XX, destaca que la diferencia no estuvo en la ausencia de capacidad o capitalistas, sino en el lugar del comercio y de sus actores en el orden político: “en Europa los comerciantes ocupaban el centro del Estado, mientras que en China permanecían en el margen”. La divergencia fue tardía y tuvo una dimensión política e institucional decisiva: no fue un destino ni una culpa.
La divergencia
Después vino el derrumbe, y hay que contarlo con cifras y no con adjetivos, porque son datos de vidas. Según las estimaciones históricas recogidas por Comín, en 1750 los países asiáticos producían tres cuartas partes de las manufacturas del mundo y China un tercio; en 1913, después de las guerras del opio, la penetración imperial y una prolongada pérdida de capacidad manufacturera relativa, la participación china había caído al 3,6% (Comín, 2014). Angus Maddison lo mide en el hogar: entre 1820 y 1950 la parte de China en el producto mundial “cayó de un tercio a un veinteavo” y su ingreso real por persona pasó “de 90 a 20 por ciento del promedio mundial” (“Contours of the World Economy”). Traducido a trabajo: durante más de un siglo, el ingreso real por persona en China retrocedió mientras la economía mundial avanzaba. Esa pérdida histórica —no un rasgo nacional— es el suelo desde el que todavía trepan los personajes de ambos libros.
El rebote posterior fue real y tuvo dos caras que deben nombrarse juntas. Entre 1978 y 2003, el PIB chino creció 7,9% al año; la inversión promedió 29% del producto en 1978–1989, 33,3% en 1990–1999 y 38,5% en 2000–2003 (Maddison, 2007). Pero ese salto se hizo, como escribe Comín, mediante “enormes transferencias de renta de las familias a las manufacturas… la represión de los trabajadores para mantener los salarios bajos… un tipo de cambio infravalorado”, y “una mayor represión política y sindical” (2014). Ese lenguaje macroeconómico encuentra su traducción literaria en la frase de la novela: “los salarios se mantienen bajos a propósito”.
Dos datos más aterrizan los relatos. El empleo industrial del Estado cayó de 45 millones de personas en 1992 a 10 millones en 2005 (Maddison, 2007): treinta y cinco millones de empleos menos en un sector asociado al “cuenco de arroz de hierro” —el trabajo de por vida con vivienda, salud y pensión. Y la brecha territorial: el ingreso por hogar llegó a ser “casi ocho veces más alto en Shanghái que en Guizhou, la provincia más pobre”, con diferenciales rurales-urbanos en ingreso, salud, educación y empleo que Maddison llama “causa mayor de descontento”. No es casual que en “Historias del extrarradio” los jornaleros vengan del campo y los matones sean “de Guizhou”, ni que en “Las chicas del Norte” se necesite un “pase fronterizo” para entrar a la ciudad próspera. Es el “hukou” hecho literatura.
La otra cara es que, pasada la fase más brutal, los salarios subieron con fuerza. Según la serie de unidades urbanas utilizada por Guido Weksler —que cubre a asalariados registrados y excluye a las llamadas “unidades privadas”—, el salario real creció por encima del 10% anual durante todos los años 2000, con un promedio de 12,6% (“China como ruptura de la dinámica de desarrollo del Este Asiático”). Pero la mejora convivió con la desigualdad: en 2018, el salario promedio mensual de los migrantes asalariados equivalía al 83% del recibido por los asalariados con “hukou” urbano, y el 43% de los migrantes asalariados seguía sin contrato. Ni miseria pura ni “trabajo decente logrado”: una trayectoria contradictoria, atravesada siempre por la segmentación de origen.
Sin superioridad
Aquí es fácil resbalar hacia la superioridad moral, y esta serie prefiere no hacerlo. El economista Ha-Joon Chang recuerda que China crece con políticas que los manuales anglosajones tachan de heterodoxas o “neomercantilistas”, “pero que son las mismas que aplicaron las economías occidentales hoy desarrolladas cuando realizaron su revolución industrial” (en Comín, 2014). Las jornadas sin contrato, los salarios contenidos, el niño que abandona la escuela para trabajar: nada de eso fue ajeno a la Inglaterra del siglo XIX ni a la España del desarrollismo. No es un tribunal sobre China; es historia económica del trabajo, que demasiadas veces ha comenzado con dureza.
Y como esta serie mira a China para entendernos, el espejo devuelve una pregunta a Chile y a América Latina. Nuestra región también perdió terreno frente al líder mundial: su ingreso por persona pasó de 55% del nivel de Estados Unidos en 1820 a apenas 20% en 2003 (Maddison, 2007). La diferencia es que China revirtió su trayectoria y la región no. Comín ofrece una pista incómoda: el modelo asiático lo condujeron Estados fuertes que orientaron la industria hacia la exportación, mientras la industrialización latinoamericana la intentaron “Estados débiles y sin recursos” (2014). Las preguntas quedan abiertas: ¿por qué un rezago comparable no produjo la misma recuperación? ¿Qué Estado, qué mercado y para quién? ¿Y a costa del trabajo de quién se paga, en cada caso, el desarrollo?
Para quien dirige personas, el aprendizaje no es geopolítico sino cotidiano. Estos relatos y estas cifras cuentan lo mismo desde dos escalas: cuando el trabajo se trata como variable de ajuste —salarios contenidos a propósito, empleos sin contrato, riesgos que “no se consideran enfermedad laboral”—, el crecimiento puede llegar, pero deja una periferia humana que ninguna estadística de PIB alcanza a mostrar. La estrategia de personas no es el adorno de la estrategia de negocio: es su condición de posibilidad, y también su factura oculta. La pregunta final, como siempre en esta serie, no es sobre China. Es sobre nosotros: en nuestras propias organizaciones, ¿quién está pegando anuncios de noche para que las cuentas cierren de día?