El trabajo no ha muerto: por qué la automatización no es el fin

En el III Coloquio Internacional Clínicas del Trabajo, el filósofo Jean-Philippe Deranty desmontó las narrativas que anuncian el fin del trabajo por causa de la automatización. Desde una crítica documentada y humanista, su intervención invitó a repensar el sentido del trabajo más allá del empleo. Para la organizadora del evento, Magdalena Garcés, estos espacios son clave para imaginar otras formas de vida laboral.

Frente a una audiencia compuesta por académicos, profesionales y estudiantes de tres continentes, Jean-Philippe Deranty, profesor de la Macquarie University en Sídney, Australia, lanzó una advertencia clara: los discursos que anuncian la desaparición masiva del trabajo producto de la automatización y la inteligencia artificial deben ser tomados con escepticismo. Fue durante el III Coloquio Internacional Franco-Latinoamericano: Clínicas del Trabajo, realizado a fines de octubre en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde el filósofo compartió una exposición crítica, documentada y provocadora sobre los límites de las predicciones tecnodeterministas. “No estoy diciendo que la inteligencia artificial o los robots no vayan a destruir muchos empleos. Solo digo que no lo sabemos”, afirmó Deranty, subrayando que los anuncios sobre el fin del trabajo se han repetido en cada generación desde el siglo XIX y, hasta ahora, siempre han resultado errados. En su repaso histórico, recordó textos como “The End of Work” de Jeremy Rifkin, cuya tesis no se cumplió tras su publicación en el año 2000. Apoyado en literatura especializada en historia económica, economía laboral y estudios tecnológicos, el filósofo remarcó que “no hay evidencia empírica contundente que demuestre un efecto masivo de pérdida de empleos por la automatización hasta la fecha”. Citó estudios recientes en Estados Unidos, uno de los países más expuestos al cambio tecnológico, que señalan que “no se ha observado un ‘apocalipsis del empleo’ hasta ahora”. Lejos de minimizar los avances científicos, Deranty reconoció que la robótica, la inteligencia artificial y el procesamiento de datos han logrado niveles sin precedentes de sofisticación. Sin embargo, destacó que muchos de los estudios que alertan sobre reemplazos masivos de trabajo humano no distinguen entre trabajos “afectados” y trabajos “eliminados”, lo que genera confusión y alarma innecesaria. “El gran problema es que anticipar el impacto de la tecnología sin conocer las nuevas tareas que ella misma generará es un error estructural”, advirtió. Desde su enfoque filosófico, propuso mirar el trabajo no solo como empleo remunerado, sino como una actividad vital que sostiene la vida individual y colectiva.

El trabajo como reproducción social

En la parte final de su intervención, Deranty compartió un enfoque conceptual que define el trabajo como actividad de reproducción social. Según explicó, esta perspectiva no se limita al cuidado o al ámbito doméstico, sino que abarca “todas las acciones humanas que permiten que la sociedad se sostenga en el tiempo”. “Si pensamos el trabajo como esa actividad que sostiene la vida, entonces la sostenibilidad se vuelve parte del concepto mismo de trabajo”, planteó. Desde allí, emergen nuevos criterios para valorar las ocupaciones: aquellas que destruyen el entorno o degradan a las personas no deberían considerarse trabajo legítimo, mientras que las que reparan, cuidan o distribuyen recursos con justicia adquieren centralidad. En esa línea, sugirió que el futuro del trabajo estará menos en la creación de nuevos objetos o servicios, y más en la reutilización, el cuidado y el prolongamiento de lo existente: “Necesitaremos trabajos que produzcan valores de uso antiguos, como reparar cosas, cuidar lo que ya está, permitir que algo o alguien siga viviendo”.

Pensar el trabajo desde América Latina

Desde una mirada situada, la académica y organizadora del evento, Magdalena Garcés, subrayó el valor político y humano del encuentro. “Trabajar también es cuidarse, y pensar el trabajo es una forma de cuidar la vida colectiva”, declaró en la nota publicada por el portal de la Escuela de Psicología UC. Garcés remarcó que los cambios tecnológicos actuales, como la inteligencia artificial, están erosionando los vínculos sociales y precarizando los entornos laborales. Frente a ese escenario, defendió la necesidad de espacios como el coloquio: “En tiempos donde las nuevas formas de gestión intensifican el trabajo y erosionan los vínculos sociales, estos espacios de reflexión compartida son indispensables para imaginar otras maneras de trabajar, de enseñar y de hacer ciencia”, aseguró. Para ella, el debate sobre el trabajo debe construirse desde la interdisciplinariedad y la cooperación internacional, pero también desde la experiencia concreta de los territorios: “El pensamiento sobre el trabajo solo se vuelve realmente transformador cuando se piensa en común, en diálogo entre mundos académicos y realidades laborales diversas”.

Más allá de la tecnología: condiciones económicas y políticas

Deranty también cuestionó la idea de que todo lo técnicamente posible sea económicamente viable o políticamente deseable. “El capitalismo no adopta tecnologías por eficiencia o innovación, sino si permiten aumentar la rentabilidad”, sostuvo, remitiéndose a autores marxistas y economistas contemporáneos. A esto sumó un conjunto de obstáculos materiales que podrían frenar la automatización a gran escala, como los altos costos energéticos, la escasez de minerales raros y las tensiones geopolíticas entre países. Para el filósofo, el debate sobre el futuro del trabajo no debe centrarse únicamente en qué oficios desaparecerán, sino en qué formas de trabajo son deseables desde el punto de vista ético, social y ecológico. “La pregunta no es solo cuántos empleos habrá, sino qué tipo de trabajo queremos, qué valores queremos que encarne y qué sociedad podemos construir a partir de él”, concluyó.
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