Por Claudio Dodds. Gerente general de Biin.
El mercado laboral chileno está cambiando de forma silenciosa pero sostenida. Cada vez más profesionales eligen organizarse de manera independiente, y cada vez más empresas estructuran parte de su operación contratando capacidades específicas en lugar de ampliar sus dotaciones. Lo que hace una década parecía una modalidad marginal es hoy una forma consolidada de trabajo donde participan alrededor de 2,3 millones de personas en Chile, es decir 1 de cada 4 personas ocupadas en Chile trabaja como independiente. Tres factores estructurales explican por qué ese crecimiento no tiene marcha atrás.
El primero es tecnológico. La alta conectividad fue el punto de partida ya que permitió trabajar desde cualquier lugar. Además, la transformación digital ha reducido barreras: hoy un profesional puede gestionar clientes, emitir documentos tributarios y cobrar sus servicios sin depender de una estructura corporativa.
El segundo es organizacional. Las empresas están migrando hacia modelos que priorizan la contratación de capacidades específicas para proyectos concretos o actividades acotadas en el tiempo, en lugar de mantener dotaciones fijas para funciones intermitentes.
El tercero es generacional. Una proporción creciente de profesionales valora la autonomía y la diversidad de proyectos por sobre la estabilidad del vínculo dependiente, y elige esa opción de manera deliberada. Esta disposición aumenta con el nivel educacional del profesional. Así que, considerando el aumento de la población con educación superior, la tendencia del trabajo independiente seguirá creciendo. Los profesionales mayores son otro grupo que cada vez busca más su lugar en el mundo del trabajo independiente.
A esto se suma un marco normativo que viene madurando hace algunos años: los trabajadores independientes que emiten boletas de honorarios tienen obligación de cotizar para su pensión y para un sistema de salud, y contar con seguro de accidentes. La protección previsional, antes una brecha, es hoy parte integral de esta modalidad de trabajo.
Ese crecimiento plantea una pregunta que el país todavía no ha respondido con suficiente seriedad. Dado que el trabajo autónomo o independiente seguirá creciendo, ¿está Chile construyendo el marco institucional para que funcione bien y fortalezca una fuente de trabajo en tiempos que es urgente disminuir el desempleo? La respuesta honesta revela una brecha y parte de su origen tiene un nombre específico: la tendencia a meter el trabajo independiente en el mismo saco que la informalidad.
Confundir ambas realidades tiene consecuencias concretas en política pública, en percepción empresarial y en la valoración de quienes han construido trayectorias profesionales legítimas fuera del contrato dependiente. La informalidad opera sin registro, sin cotizaciones, sin ningún vínculo trazable con el sistema, y representa un problema real para la economía: reduce la base tributaria, sobrecarga los sistemas públicos de salud y presiona la previsión social. Por el contrario, el profesional independiente que emite boletas suscribe contratos de prestación y cumple sus obligaciones tributarias, pertenece a una categoría completamente distinta y formal ante todo tipo de mirada. Confundir ambos mundos -informal e independiente formal- distorsiona el diagnóstico y, más grave aún, orienta mal las soluciones por percepciones erróneas.
Hoy el desafío es facilitar a las empresas la forma de relacionarse y contratar profesionales independientes. Muchas organizaciones contratan prestadores sin formalizar adecuadamente esa relación: sin contratos de prestación de servicios, sin trazabilidad de los pagos, y sin procesos que resguarden los intereses y riesgos de ambas partes. En general, esto ocurre por desconocimiento de las herramientas disponibles y de los riesgos asociados a una gestión deficiente de los profesionales autónomos. El resultado es una zona gris que genera exposición legal para las empresas e incertidumbre para los prestadores, en una relación que, pese a su relevancia económica, opera con menos estructura de la que merece.
Dar estructura y visibilidad a esa relación es la condición para que el trabajo independiente ocupe el lugar que le corresponde: una forma legítima, creciente y estratégica de organizar el trabajo en Chile, con reglas del juego claras para todos los que participan en ella.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management