El Toro Blanco desembarca en Polignano a Mare

Después de dejar a salvo a Kiko en Chile, el majestuoso Toro Blanco emprendió un viaje fascinante a través de mares y continentes, finalmente arribando en Polignano a Mare. Con su llegada, el mítico Toro, en una mezcla de caos y celebración, transformó la tranquila ciudad costera en un escenario de maravillas y destrucción. Ricardo Espinoza Lolas narra este episodio épico, culminando en un momento de revelación y renacimiento en la Piazza Dell’Orologio, guiado por el sabio Nonno.

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… para Nicola Pinto, Il Nonno

Por Ricardo Espinoza Lolas, filósofo, escritor, teórico crítico. 

Después de dejar a salvo a Kiko en Chile con su mensaje “mortífero”, esto es, el niño mensajero se quedó en la costa del Litoral de los Poetas chilenos tratando de buscar a algún Neruda para dar el mensaje de que todos somos finitos, la Barca del NosOtros devino nuevamente Toro Blanco y se sumergió en los mares  de modo raudo y lo navegaba de forma majestuosa, dando grandes brincos de alegría; navegó hacia el Sur de Chile y cuando el continente se estrechaba y la Cordillera de los Andes desaparecía en las profundidades marinas, saltó brutalmente el continente y siguió por el Atlántico en sentido contrario, rumbo a Canarias, solamente descansó en la cumbre del Teide; lo hizo por unas horas, jugó con unos guanches, se comió todo tipo de matorrales, algunos pinos enormes… si no lo he dicho, el Toro Blanco es muy grande, debe ser como un edificio de tres o cuatro pisos de altura (como un pequeño palacio veneciano).

Y después prosiguió su viaje rumbo a Europa pasando por las Columnas de Hércules, así se introdujo rápidamente en el Mare Nostrum. El Toro Blanco a veces asemejaba a un delfín, otras a una ballena, por cómo jugaba con el mar y con los pescadores, sirenas, fauna marina, islotes, islas…  En Sicilia, el Toro en forma dionisíaca, a saber, como un humano muy alto, afeminado y con el cabello largo (totalmente desnudo), bebió mucho vino, pero demasiado, sabía dónde estaban los mejore viñedos y las cepas que quería degustar como: Nero d’Avola, la Frappato, Nerello Mascalese. Después durmió una breve siesta, muy corta, se despertó y siguió su viaje, bordeó Santa María de Leuca, pero estaba muy mareado, ebrio y como un Toro gigante dando golpes a todo lo que se le cruzaba en el mar. En lo profundo del Adriático, más arriba de dónde desembarcó Eneas, se sentía tan fatigado, pues no había parado de estar en una u otra parte sosteniendo tantos problemas y construyendo muchas Barcas del NosOtros, que sintió que perdía fuerzas y ni la ninfa Tetis lo podría ayudar en su estado tan decadente; en verdad, había bebido mucho vino.

De repente vio a su izquierda, con su Ojo Avizor, unas bellas y grandes grutas; además, de una pequeña playa que estaba entre dos tipos de acantilados, en una de ellos, por encima de una escalinata se divisaba una gran estatua que daba la espalda al mar, y en la otra parte varias construcciones de los animales humanos que eran muy antiguas y se fusionaban con las rocas y grutas y generaban como una unidad que las integraba por siglos y resplandecía en su conjunto y daba señales al mar: como un cierto Faro.  El Toro pensó que era una invitación para ir y cambió rápidamente su dirección de viaje, él se dirigía a Sils María para charlar con Fritz (en los Alpes suizos), y se fue de forma furiosa a esa playa entre esos acantilados que le pestañeaban desde lo lejos.  Y, tal como se los cuento, el Toro Blanco se encajonó entre esas laderas de piedras y no pudo detenerse en esa playa de piedras y fue a dar contra un gran puente, Ponte Lama Monachile, y lo golpeó de forma tan fuerte que uno de sus basamentos se vino abajo y con esto el puente mismo quedó destruido ante el estupor de muchos que estaban cruzando por el puente, otro tomando fotos o selfis, e incluso algunos viendo venir al Toro que se daba de bruces con el mismo puente. Lo increíble es que nadie murió, todos lograron huir mientras se venía abajo de modo estrepitoso un puente que se había construido en 1836.

El Toro ni se inmutó con la destrucción que causó, al contrario, se echó a reír a carcajadas y Polignano a Mare se enteró de la presencia del Toro en cada una de sus calles y plazas, grutas y playas y el pueblo lo escuchaba, pero no le temía. 

El saltarín Toro, se le pasó la borrachera con todo lo que provocó, saltó y quedó dentro de la pequeña y estrecha Piazza Dell’Orologio. Y vio con malestar que estaban construyendo un altar para San Vito en el frontis de una cafetería, pero luego le dio alegría, porque en verdad no era un santo cristiano, menos católico, de esos neuróticos histerizados hasta la psicosis que no paran de ser los gurús de la nada y la muerte, sino que era simplemente un mensajero pagano (de inicios del siglo III), como Kiko, de un brazo milagroso, articulador de una vida simple que se afirma ‘a pesar de’ el capitalismo reinante, en la sencillez de unos con otros, y que por casualidad se le veneraba aquí; solamente un Modugno le pudo cantar a esa Barca de Polignano en la medida que le cantó a su azul esplendente que lo ilumina y lo hace etéreo y liviano, a lo mejor, es posible, que algún pensador de corazón fugaz y frágil, pueda expresar en relatos y conceptos cómo esa Barca ha estado presente, por décadas, siglos, milenios dando de sí Alegría desde Polignano a Mare… El Toro con una delicadeza sinigual tomó con su hocico el brazo del joven santo pagano (lo que se conserva de él, que debe ser otro sueño más del decir de Kiko) y en ello lo dionisíaco en trance dio de sí un ritual y todo lo que estaba en la plaza se elevó en su propia finitud y así mismo el uno devino dos y la Barca se recreó ente todos, creyentes y no creyentes, de derechas o izquierdas, de alcurnia o del barro…  y Polignano a Mare renació en cada uno de NosOtros.

El Toro al ver a tanta gente se sintió incómodo (no dejaba de tener fuerte en sus fauces el brazo del niño mensajero)… se empezó a mover algo inquieto y con el culo y su enorme cola rompió uno de las trattorias de la Plaza, todos lo miraban, Giuseppe, Fabiana, Mary, Ada, Anto, Diego, Inmaculada, Vito, Giada, Piero, Alessandro, Zupo, Nicola, Marika, Anna… y miraban asustados… se acercó el cura del pueblo para poder aplacarlo y calmarlo, y fue peor… no quería nada con él… y se movió bruscamente, pareció que se comería al pobre sacerdote ante el estupor de todos, pero no lo hizo… giró burlonamente y rompió el campanario de la iglesia y se escuchó un ruido ensordecedor (los turistas estaban acojonados y huían en masa)… los carabineros y policías llegaron… el Toro los miraba con el brazo entre sus dientes… y pasaron minutos eternos… la tensión se cortaba en el aire…

Giuseppe le trajo comida de su trattoria y así dejó el brazo en el suelo y Fabiana y Giada lo cogieron y lo llevaron nuevamente al altar: el Toro comía embelesado Orecchiette con ragù di braciole, se comió varios kilos y los polignanesi se acercaron a él y le hacían cariño en las enormes patas muslos de metros de altura. En ese momento apareció il Nonno, caminando de modo muy pausado y con una bella sonrisa; se acercó a él, donde comía, lo miró y le susurró algo a su enorme oreja derecha, mientras el Toro movía los ojos y parecía como que riera y asentía con la cabeza. El Toro dejó de comer y le dio un enorme chupetón al Nonno en todo el cuerpo… todos alucinaban con lo que veían, el alcalde se cayó al suelo, desmayado, por una bajada de tensión… 

El Toro Blanco se puso muy enérgico con su cuerpo en medio de esa pequeña plaza (se veía enorme, más alto que los edificios), nos miró a todos… nos dijo algo que no entendimos, era un dialecto antiguo, minoico, creo… y saltó varias veces sobre sus cuatro patas, como encabritado… y en uno de esos saltos salió de la plaza hacia el cielo y cayó al mar brutalmente y se hundió en él y desapareció (rumbo a Sils Maria) …

Todos nos abalanzamos junto al Nonno y le preguntamos qué le dijo al Toro Blanco y él nos señaló: “Mediodía y eternidad… el placer quiere eternidad de todas las cosas, ¡quiere profunda, profunda eternidad!” …

Polignano a Mare, 11 de junio de 2024.

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