El sin sentido del trabajo: consideraciones psicoanalíticas sobre muerte y trabajo

Para el psicoanalista es “mortífero” que la mayor cantidad del tiempo que estamos en vigilia realicemos tareas rutinarias, carentes de significado y hechas de forma mecánica. (Publicado en RHM 76, abril del 2014)

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Juan Flores es uno de los más destacados psicoanalistas nacionales y está familiarizado no sólo con categorías de inconsciente, traumas o adicciones del tipo individual, sino que también con nociones de management y espacios colectivos como los de las organizaciones. Lo entrevistamos en su consulta para profundizar en el tema del reportaje principal de esta edición número 76. La conversación fluyó considerando las distinciones antes mencionadas, teniendo un foco puesto en el hombre y otros en la empresa, el trabajo y la sociedad.

Lo que nos quedó claro al final de la entrevista, es que es necesaria una reflexión mayor para poder dimensionar el impacto real de la muerte de un trabajador, sea cual sean sus circunstancias. El director del programa de magíster en psicoanálisis en la Universidad Adolfo Ibáñez cree pertinente iniciar la conversación mencionando un tipo de muerte simbólica, muy relevante si se quiere abordar el espacio del trabajo, que es la muerte de la organización. “Especialmente en nuestro modelo de desarrollo, las organizaciones varían en relación a como se percibían antes. Una empresa existía cien años sin problema. Entrabas a ella y te acogía, era casi algo materno. Trabajabas toda la vida para el mismo dueño. Hoy las empresas se venden, cambian de propiedad, de nombre, de residencia, todo se ha vuelto más líquido”. Esos movimientos y la velocidad de los mismos, representan un escenario donde las organizaciones desaparecen o resurgen bajo otras condiciones, ese ciclo característico del modelo económico, es el propicio para hablar de muertes simbólicas. Lo importante para Flores es que el contexto descrito determina un nuevo tipo de relación del individuo con su organización, donde todo se vuelve más precario e inestable.

“Si entrar a un trabajo antes significaba que era para toda la vida, la relación consciente e inconsciente cuando enfrentamos la muerte simbólica de la organización determina un nuevo escenario. Ya no se que va a pasar cuando la empresa cambie de dueño o de nombre, cuando se fusione; todo eso impacta en la relación, en la construcción de la identidad laboral, en el tipo de vinculo afectivo que se establece en ese lugar. El sujeto ahora debe estar mucho más cercano a muertes permanentes y continuas, simbólicamente hablando”, agrega Flores. Hay que agregar un contexto social y económico donde el Estado perdió protagonismo como un ente que daba “estabilidad y protección” a la relación del individuo con su trabajo. Esto conlleva, para el especialista, a una demanda por más refl exión sobre las implicancias del “trabajo como un lugar de tránsito” y ejemplifica el cambio cultural, con la actual tendencia de los head huntings de valorar mejor a un trabajador que cambia permanentemente de trabajo versus otro que se queda trabajando en el mismo lugar. Existe una ausencia de dispositivos dentro de la organización que soporte el sinsentido del trabajo. “Es dramático que de las 16 horas de vigilia, 10 corresponde a un tipo de trabajo en que realizas cosas absurdas, que no llegas completamente a comprender. El suicidio laboral aquí aparece como una forma de no poder tolerar este peso dramático de la existencia y que tiene que ver con la forma de enfrentar el trabajo”. Son los modelos de desarrollo económico los que generan este tipo de contexto. “El actuar del burócrata y su trabajo rutinario es una forma de esperar la muerte”.

Cuando muere un compañero es una situación más compleja. Aparecen emociones de distinto orden, por un lado culpa por no haber podido hacer más, pero por otro, surgen emociones contra la organización por la incapacidad de estructurar procesos de duelo, ya que no hay tiempo disponible para vivir de otra manera ese proceso. Surge luego la depresión, porque la muerte de un compañero de trabajo refi ere a mi propia muerte, habla de la fragilidad de la existencia. “La organización cae en una trampa, debido a la incapacidad de la dinámica productiva de crear mecanismos más inclusivos, más contendedores de las emociones y miedos que están en juego”, sin embargo, el especialista, cree posible crear dispositivos de contención de afectos y de apoyo, “son temas que técnicamente se pueden resolver dentro de una empresa, más allá de los sistemas o protocolos que buscan la compensación frente a la familia”.

Búsqueda de continuidad

La negación de la muerte o el no tener presente ese dato, nos determina la forma de vivir, lo paradojal, es que cuando vivimos situaciones que nos conectan con la muerte, aparece no sólo ésta, sino que revalorizamos la vida. Pero asumir la muerte provoca mucha ansiedad, sobre todo para el mundo laico, por eso las estructuras básicas de todas las religiones defi enden la idea de que la vida continúa. “En toda época se ha defendido la noción de que la vida continua, toda la estructura fundamental de las religiones está fundada en que hay vida más allá de ella”. Agrega que sin esta noción, la vida podría volverse absurda, ya que tiene sentido al conectar “con un futuro ofrecido o vida eterna”, que responde a un deseo profundo del ser humano, que es la continuidad de la existencia.

“Una estructura más atea tendrá que sobreponerse a ese duelo que no hay vida más allá de la muerte y tratará de encontrar en otros elementos esa continuidad; en los hijos, en el legado que puede dejar”. El experto agrega que por las características de nuestra sociedad, “más deslavada de concepciones religiosas y con ausencia de perspectivas utópicas, probablemente se busca la sensación de continuidad de la vida en los objetos y en ese sentido, el trabajo probablemente sea para mucha gente un lugar de depósito, de intermedio para la consecución de objetos; mientras para otros más afortunados, el trabajo puede ser una forma de realización, de despliegue del propio ser”.

El consumir pasa a tener una relevancia no sólo para que el sistema económico funcione, sino que para que las personas se constituyan como tales. “Se trata de hacer sentir a la gente que consumir tiene un valor en sí mismo y la obsolescencia de los productos o su muerte, es un efecto buscado, una estrategia deliberada del sistema”. Para el psicoanalista esta sociedad es mucho más maniaca que sus antecesoras, porque se opone a que las cosas acaben, es también menos reflexiva y esto transforma al trabajo en un episodio muy frustrante. “Hay una relación entre apropiación del sentido del trabajo y el compromiso y estimulación que el sujeto tiene frente al mismo, pero hoy la gran mayoría del trabajo es sin sentido y eso es tremendamente mortífero”.

Existe hoy una gran mayoría de trabajadores que están resignados a realizar un trabajo mecánicos, repetitivos y sin sentido. La pregunta para Flores es como transformamos a la organización en un espacio vital, porque como señaló antes, la muerte ya no es contenida desde las estructuras actuales. “Antes trabajabas por un porvenir, por un mundo mejor, hoy el trabajo perdió sentido y se vuelve sólo un medio para subsistir o consumir”.

Para el psicoanalista el tema de la muerte tiene distintas representaciones, no sólo culturales, sino que cada persona construye sus propias definiciones. La constatación de que vamos a morir le quita cierto sentido a la vida, plantea la pregunta de ¿para qué vivimos? Y aquí aparecen distintos etapas propias del proceso de duelo individual, que van desde la negación, “esto no me puede estar pasando a mí”; que continúa con la rabia o el “¿por qué a mí?”; luego surge la negociación o el “haré cualquier cosa por un año más de vida”; de ahí aparece la depresión, “si voy a morir para qué hacer algo” y por último; la aceptación o lo que algunos llaman el término de la lucha contra la muerte. En cualquier etapa, es necesario que la organización acepte y comprenda mejor la muerte de un trabajador, sólo así los procesos de duelo institucional pueden cerrar procesos, comprender esto, es una oportunidad también de rehumanización.

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