El “mundo feliz” de Gilligan: sobre Pluribus y la felicidad

¿Puede una serie de ciencia ficción como Pluribus cuestionar nuestra obsesión moderna con la felicidad? Edgar Cabanas, filósofo y autor de Happycracia, analiza los primeros capítulos de la nueva obra de Vince Gilligan como una metáfora crítica sobre la estandarización emocional, el control social y la alienación disfrazada de bienestar. Una lectura afilada e inquietante sobre el lado oscuro de “ser feliz”.

Por Edgar Cabanas. Profesor e investigador de filosofía en la Uned.

Muchos esperábamos lo nuevo de Vince Gilligan con ganas. No es para menos: Breaking Bad fue una obra maestra insuperable, pero Better Call Saul, su spin off, fue todavía mejor. Con Pluribus las expectativas estaban por las nubes, tanto que he accedido a entregarle a Apple unas pocas decenas de euros con tal de ver de lo nuevo del bueno de Gilligan y de esa estupenda actriz que es Rhea Seehorn.

No soy experto en cine, vaya por delante, y siendo una serie de una temática diferente, me habría abstenido de decir nada más allá de compartir mis impresiones con un círculo de personas cercanas, pero en lo que respecta al tema de la felicidad, que es el trasfondo de la serie, me gustaría dedicarle unas líneas a esta cuestión. Dejo el análisis cinematográfico a personas con mucho más criterio, aunque como espectador, sin entrar al detalle, quiero dejar constancia de que me está pareciendo una serie excelente. Cómo continúe y cómo termine, es otra cuestión por la que me interesaré a su debido momento.

Hace unos meses publiqué un nuevo artículo sobre la felicidad después de un tiempo sin escribir sobre ello. El artículo, grosso modo, defendía que la felicidad es un concepto gastado filosóficamente, inabarcable científicamente, contradictorio moralmente, e inoperativo políticamente. Desde el punto de vista práctico, perseguir la felicidad de forma individual es, además de decepcionante y frustrante, alienante. Me refiero, por supuesto, a esa felicidad individualista y simplona contemporánea, de raíz protestante y estadounidense, que impera en la actualidad. La filosofía y la historia nos enseñan que hay muchas formas de ser feliz, pero esta que señalo, aquella que analicé bajo el término Happycracia, es la que, de lejos, impera en la actualidad: la que venden la industria del bienestar y sus mercaderes emocionales en libros de autoayuda, cursos motivacionales, redes sociales y demás medios de difusión de masas. Es esa felicidad a la que me refiero la que conviene no perseguir.

Porque, en serio, a estas alturas y con todo lo que ya sabemos, ¿quién, en su sano juicio, sin estar realmente alienado por discursos simplones y vacíos, contagiado por promesas de teletienda y embaucado por argumentarios de gurús de tres al cuarto con complejo de Tom Cruise en Magnolia querrían algo tan insulso, tan poco interesante, y tan estandarizador como esta forma de felicidad? Y es que, en el fondo, esta forma de felicidad nos hace a todos parecidos, no diferentes, tal es una de las lecturas que puede hacerse de Pluribus. De hecho, desde el comienzo de la serie se nos pone ya en situación: la felicidad es una forma de control mental en forma de virus que se ha extendido rápidamente, sometiendo a todos a ver el mundo a través de la misma lente, una que bajo una capa de amabilidad y benevolencia ejerce una violenta (léase, pasivo-agresiva) estandarización del pensamiento y de la conducta.

Y es que los “infectados” han llegado al planeta tierra con la intención de imponer su forma de vida, una forma de colonialismo que es tanto territorial y político como moral. No han preguntado. Y aquellos que no quieran, tanto peor para ellos. La serie aquí plantea el siguiente dilema: puede que los infectados hayan llegado para arrasar con todo de la noche a la mañana, pero ¿acaso su forma de vida, su perfecta sincronía, su capacidad de cooperación, su estilo apacible, pacífico y positivo no es mejor que la había antes? Desde luego, los infectados han encontrado en la felicidad el sentido de la vida, pero lo han hecho a costa de renunciar a su humanidad. He aquí la paradoja, y es que, si es cierto aquello que decía Schopenhauer de que el mayor error del ser humano es pensar que ha nacido para ser feliz, entonces, para ser felices, no nos quedaría más remedio que renunciar a lo que nos hace humanos. De hecho, sólo en un relato de ciencia-ficción podríamos concebir algún modo de que fuésemos todos felices.

Porque eso es lo que es Pluribus: un relato de ciencia ficción que plantea una clara lectura política y un trasfondo filosófico tan sugerente como ya lo hizo Un mundo feliz, de Aldous Huxley, del cual Pluribus bebe sin esconderlo. El virus de Pluribus cumple una función análoga a la del soma en Un mundo feliz: desactivar la capacidad crítica de las personas para cuestionar el statu quo y aceptar la perniciosa idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Pero como ya dijera Thomas Mann, no sabemos si ya vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero lo que es seguro es que no vivimos en el mejor de los mundos imaginables, y el soma de Un mundo feliz y el virus de Pluribus impiden precisamente eso, que imaginemos mejores formas de vivir a las que ya tenemos.

Al fin y al cabo, si creemos que la felicidad es el summum bonum, la meta más elevada del ser humano, si uno es feliz o se declara feliz, ¿para qué hacer nada más? ¿Para qué pensar en una alternativa mejor si, por definición, no la habría? En la serie, excepto el personaje de Rhea Seehorn (Carol) y, otras 10 personas más en el mundo tentadas a sucumbir a los encantos de este nuevo mundo, el resto de la humanidad es feliz, inquietantemente feliz. Sólo esta escritora amargada parece ver las cosas como son: que la vida, lejos de ser de color rosa, es un infinito claroscuro lleno de colores alegres y tristes, de matices luminosos y amargos. Desde luego, no hace falta ser ningún pesimista para darse cuenta de que la vida es tan bonita como fea, tan cómica como trágica, tan maravillosa como horrible. Tampoco hace falta ser un seguidor de Schopenhauer para darse cuenta de que vivir bajo la tiranía de lo positivo es la forma más terrible de vivir. Porque pocas cosas dan más miedo que una horda de seres felices queriendo arrebatarte tus dudas, tu ironía y tus ambigüedades. Pocas veces está uno tan perdido, en realidad, como cuando es feliz. Puede que sea una paradoja irresoluble, pero nadie dijo que vivir fuera fácil.

Dicho lo cual, no nos adelantemos, porque puede que Pluribus no trate tanto de cuestionar la felicidad como de reivindicar la individualidad desde el individualismo. A nadie se le escapa que, viniendo de donde viene, la serie se nutra, al tiempo que legitime, ese miedo ancestral de la cultura estadounidense a la “amenaza roja”, aquella que en su imaginario desvirtuado nos esclavizaría a todos condenándonos a la “pesadilla de lo igual” mientras que el individualismo (neo)liberal sería lo realmente emancipador. En este sentido, Pluribus estaría colando por la ventana lo que pretende sacar por la puerta, porque para la mentalidad estadounidense, felicidad e individualismo, autorrealización y sentido, identidad y autenticidad son indisolubles. Desde este punto de vista, lo que la serie estaría proponiendo es que los “infectados” vendrían a imponernos su alienante estandarización a costa de un sucedáneo de felicidad, no de la verdadera felicidad, que es la que sólo conseguiría el individuo autodeterminado y hecho a sí mismo. Otra lectura de la serie, pues, sería que renunciar a nuestra humanidad no sería otra cosa que renunciar al “American way of life“.

No obstante, esta es mi lectura de la serie en sus primeros capítulos, la cual tomo más como pretexto que como objeto de reflexión, muy a sabiendas de que es probable de que la serie de un giro inesperado o de que mi reflexión vaya más allá de lo que el propio Gilligan pretende en realidad. Y es que, como ya dijera Freud, a veces un puro es simplemente un puro y no siempre una frase, un texto, una obra de arte, o una serie de ficción tiene por qué tener un significado más profundo de lo que pretende. No hay que perder de vista que un producto de este tipo busca principalmente entretener, y Pluribus, nos guste más o menos, no deja de ser lo que es: un entretenimiento. Y eso, sin duda, lo consigue.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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