El modelo laboral chileno no importa

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Desde hace tiempo soplan aires de cambio en Chile, sin embargo no botan las hojas viejas. En el 2013, en RHM 67, decíamos que se vieron semanas movidas en política. ¿Cuándo no? Por aquel entonces escribíamos que todo apuntaba a que algo estaba pasando con los estándares que definían las relaciones entre consumidores y empresas. 

Más allá de las polémicas políticas y sociales de la época (marchas encabezadas por la generación que hoy está en el gobierno), hoy toman esas mismas demandas un camino de vértigo, polarización e incertidumbre. Es un hecho que el contexto por el que atraviesa el país explica estas ganas de hacer cambios reales. 

A mediados del 2013 reflexionamos que “todo cálculo político, diferencia ideológica o adhesión subjetiva sucumbe ante la presión de un ciudadano que cada vez está más consciente de sus derechos y que a la primera posibilidad de aparecer se manifiesta o moviliza”. Decíamos que ese dato “relativamente nuevo”, es algo que llegó para quedarse. Opinamos en ese tiempo que la palabra que mejor define el contexto anterior es “abuso”. Podríamos decir que en el “2013” soplan vientos contra los abusos, sin distinción. Sin embargo, desde ahí en adelante vimos gatopardismo y atajos para no enfrentar la realidad. La élite política de siempre haciendo oídos sordos. Y nuevamente la historia hizo lo suyo. Al no hacernos cargo y al no resolver los problemas de fondo nos explotaron, otra vez, en la cara el 18 de octubre de 2019.  

En la edición de mayo del 2013 abordamos un tema incómodo, espinoso: el modelo laboral. Y sosteníamos: “Espinas ideológicas, espinas de desconfianza, espinas de prejuicios, espinas de intereses mezquinos. Un poco de miedo también, sobre todo a perder el confort o lo ganado. Pero espinas al fin, que alejan los acuerdos, el diálogo y la discusión. Que alejan al poder de las necesidades de su pueblo. Es obvio que hay que modificar el plan laboral que surgió en un contexto tan diferente al que hoy atraviesa el país”. 

En RHM 67 entrevistamos a la distancia a Cristián Álamos, ejecutivo chileno, que desde Suiza ejerce la vicepresidencia global RH de Nestlé Nutrición de Europa del norte. Y nos decía: “los sindicatos –Europa del Norte- tienen una voz y un voto en la gestión de las empresas. En algunos casos, un voto bastante relevante en la toma de decisiones estratégicas de la compañía, que para nosotros sería un poco inimaginable en Chile”. ¡Increíble! Y ahora en el Chile del 2022 nos dicen que esas ideas, contempladas en la nueva constitución, le harán mal al país.  

En el 2013 afirmamos que soplaban vientos de reforma. Declaramos que sin desconocer la discusión técnica: más o menos flexibilidad laboral; más autonomía sindical o intervencionismo estatal; negociación colectiva por empresa o por rama; etc., hay cifras que son indesmentibles y que colocan en cuestión el modelo laboral como condición para salir del subdesarrollo. Pero la mala noticia es que a pesar de la precariedad laboral, la desigualdad y la injusticia salarial que aún sigue tal cual, se anula la voz democrática de millones que escribieron una nueva constitución más justa para Chile. 

Ya hace 10 años argumentamos con fuerza que la sustentabilidad es clave aplicarla en todas sus formas. Porque, concluimos, que es impresentable que el 50 por ciento de la fuerza de trabajo esté por debajo de la línea de la pobreza, mientras que el 1 por ciento de los más ricos, concentra el 30 por ciento de los ingresos totales del país (datos proporcionados por la Fundación Sol). Las cifras sobre sindicalización y cobertura de negociación colectiva nos dejan como los más malos dentro de la Ocde. El modelo laboral chileno, sostenía la Fundación Sol,  renuncia a ser un “poderoso instrumento de distribución de la riqueza” y tampoco aporta como “agente democratizador”. 

A pesar que la nueva constitución es contundente y clara en igualar a nivel Ocde la correlación de fuerzas entre la patronal y los sindicatos, pareciera que la invisibilización de las demandas y necesidades, una vez más, de las y los trabajadores en la actual definición final constituyente es coherente en mantener las cosas tal cual vienen siendo en los últimos 40 años. Un modelo laboral del siglo XXI, moderno y justo, no importa.

Esta editorial adaptada fue publicada en RHM 67, mayo de 2013.

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