El más grande artista de la puesta en escena o cómo Chile devino en una histeria psicotizada colectiva

Una columna intensa y filosófica de Ricardo Espinoza Lolas que interpela a la sociedad chilena desde un lugar incómodo: la cultura de la puesta en escena permanente, el deseo desesperado de reconocimiento y la histeria colectiva producida por un capitalismo que mercantiliza incluso los vínculos, el cuerpo y la identidad. Una reflexión radical sobre falsedad, nihilismo y verdad en tiempos de simulación social.

Por Ricardo Espinoza Lolas  

“El artista moderno, muy próximo al histerismo en su fisiología, está diseñado, incluso como carácter, siguiendo el perfil de esa morbosidad. El histérico es falso: miente por el placer de mentir, es digno de admiración en todas las artes del disimulo — a menos que su enfermiza vanidad no le juegue una trastada”. Nietzsche…

 

 

 

¿Por qué votamos como votamos sabiendo que lo que votamos puede incluso atentar contra uno mismo? ¿Por qué somos como somos cuando lo que somos no es como somos, pero queremos parecer que lo somos ante alguien, ante uno mismo? ¿Por qué no paramos de hacer show en nuestras vidas, de estar parados como actores y así vendernos ante un público real o simbólico? ¿Por qué no dejamos de vender algún producto ante este mundo mercado para ser reconocidos como exitosos por alguien? ¿Por qué nos infartamos una y otra vez y no cambiamos nuestras vidas y seguimos con ellas hasta que nos volvemos a infartar y ya no queda nada, ni la vida infartada? ¿Vivimos? ¿Morimos? ¿Por qué vivimos literalmente como muertos en un mundo que capitaliza todo vínculo y lo histeriza, lo psicotiza y lo hace estallar en un múltiple de sinsentido?

¿Y si fuéramos nada más que trozos fantasmáticos de un simbólico capitalista chileno, sudamericano, europeo, occidental, planetario que busca de forma desmesurada algún tipo de reconocimiento? Y con todo esto me refiero a ese Juan Nadie que somos cada uno de NosOtros en este engranaje nihilista enfermizo que nos envenena hasta nuestro deseo más íntimo, por ejemplo, ser un gran escritor y tener algo que lo acredite, una columna de opinión, un libro o un simple carnet que te haga parte de una cierta sociedad de algos, a lo mejor, de Nadies, pero eso es mejor que ser nada; incluso siendo menos que nada, soy algo. Es el “como si” inmediato de la vida, su fantasmagoría, su traición permanente a cualquier fidelidad, y la vida se nos vuelve solamente en un navegarla dentro de lo posible, sea como sea, cueste lo que cueste, aunque esté en juego nuestra propia vida en su materialidad y la vida de otros en su carácter simbólico. 

Solo un poco de verdad se necesita para liberarse de tanta vida fragmentada e histerizada hasta la estupidez y manipulación, un pequeño trozo de ella, de la que sea, pero se requiere verdad para liberarnos, repito, la que sea, porque ella opera como la tierra de la que está hecho mi cuerpo, tu cuerpo, nuestro cuerpo, el suelo desde donde me paro y puedo ver y sentir todo lo que me rodea, el aire en el que respiro y me posibilita volar como las aves y ser un poco más ligero; es la comida que me nutre y me vuelve más fuerte para la dureza e inclemencias de lo cotidiano, el amor que me dice quién soy, porque hay un otro que me toca y me señala simplemente: ¡Tú! Y en eso mismo, el amor, cuando acontece y soy tocado, soy por fin un yo, frágil, efímero, contingente, en un NosOtros y puedo recién allí vivir y navegar en alguna Barca que nos permita construir ciertos senderos más confiables donde transitar en medio de las aguas los unos con los otros sin manipulación capitalista alguna.

¿En qué hemos devenido hoy? En artista, pero uno de un tipo muy especial, a saber, artista de las puestas en escena de ese teatro malecho de la vida diaria que se derrumba a cada instante. Y en ese teatro somos a la vez sus propios actores, porque lo producimos NosOtros mismos por medio de todo lo que hacemos de modo deficitario por el otro, pues siempre es uno mismo fragmentado y ese otro nos molesta como otro, nos intimida, y solo lo aceptamos cuando nos sirve para algo concreto que nos ayude a ganar, a capitalizar, a ser reconocidos, de alguna forma, en la finitud de la vida en medio del nihilismo abismal de esta sociedad. Y por ello mismo no dejamos de inventar, una tras otra, puestas en escena con distintos personajes para de esta forma ser querido y ser reconocido como alguien que tiene su propio peso en la maquinaria tóxica que demuele todo vínculo por ser tristemente capitalizado. La puesta en escena de un actor dramaturgo que no para de hacer show, de gritar, de hacer alarde, atarantado, comer rápido, voraz, impulsivo, a veces muy torpe, otras arrogante, vanidoso, que no escucha, que no deja hablar, con un histrionismo chapuza que no se soporta, ansioso, estresado, pero, en el fondo, es muy efectivo y verdadero: nos cautiva y seduce a cada uno de NosOtros. Todo es falso en él en un mundo que se cae a pedazos de tantas mentiras tras más mentiras que se han naturalizado como si fuera tierra alguna que me sostenga, pero, sin embargo, es mera fantasmasgoría que se vuelve necesaria, nunca libre ni liberadora, para sostener una no verdad, siempre patética, que dé sentido a ese animal muerto de miedo que somos, en especial, en ciertos momentos de intimidad que nos miramos a solas ante un espejo de nuestras vidas y ya hemos perdido el rastro de ese niño que fuimos y soñaba con ser famoso: nos desconocemos radicalmente. Pero como ese animal que somos, podemos ponernos bien derechos, erguidos, delante de algo, de ti, de NosOtros y dar las gracias por tal reconocimiento, también el que sea, escribir, reír, bailar, cocinar, fanfarronear, mentir, hacer sentir bien al otro, ser su buen anfitrión en el desierto de lo real… 

¿Es posible vivir años fanfarroneando lo que no somos? Y en la farsa permanente de la puesta en escena para conseguir ser alguien, por lo menos por 5 minutos, para que después sea otro por otros 5 minutos, se necesite engañar de la forma más simplona: dando cariño, comida, buena onda, porque en el fondo somos niños que no sabemos qué hacer con nuestra soledad y mortalidad constituida y nos aferramos con los dientes a alguien que nos demuestra afecto, aunque sea el demonio mismo el que nos recibe y nos hospeda en su no hogar como su anfitrión. Y así nos fragmentamos más y más y la propia finitud se vuelve contra cada uno y lo que acontece es triste y evidente: es la llegada de la muerte en tiempos de penuria lo único que logramos con la maldita puesta en escena del más grande artista de todos. 

Y nada más que eso somos, animales miedosos deseosos de cuidado y protección, pero si no lo somos porque no queremos serlo, lo más probable es que muramos muy solos y algunos operarios nos encuentren muertos en una oficina perdida de una empresa capitalista sin nombre, de Juan Nadie, y en ello, en esa soledad de nuestra muerte, por fin sintamos, aunque sea en un gesto, algo de verdad.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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