El lugar común como forma de gestión

Por Sergio Vergara, fundador y gerente general de Partners & Success (actualmente se mantiene en el cargo).

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Cuando escuchamos “la seguridad es de todos”, “este proyecto depende de todos”, pareciera que nos rodea un aire de compromiso, una emoción común. Pero que termina siendo frágil: se desvanece tan pronto como se repiten los mismos problemas de siempre. ¿Por qué pasa esto si hay una verdadera intención de que las cosas salgan bien?

En el lugar común se desvanece el accountability de quienes dado su rol tienen que actuar para que las cosas pasen. Es muy frecuente escuchar esto en la política, “queremos el bienestar de todos por sobre los números”, como si las demás personas no quisieran lo mismo. Este fenómeno también ocurre en la empresa. Vale la pena reflexionar sobre cómo ocurre, pues aquí residen muchos de los desafíos críticos para generar madurez en la organización y la sociedad. 

Como señala Humberto Maturana, es desde un lugar emocional que se produce el primer alineamiento de un colectivo. Desde una emoción compartida. En esta emoción la aspiración común es la primera piedra de unión de una sociedad, de una empresa o de un equipo. Es por ello que los deportes provocan tanta adhesión, como el fútbol, pasión de miles. 

La emoción compartida se puede manifestar en distintos grados de evolución. Desde una lógica primitiva, tribal, básica y arquetípica hacia una más desarrollada. Es el inconsciente colectivo, como señaló Carl Jung. Arquetipos e imágenes esenciales a lo humano, que parten desde lo más básico: la vida, la muerte, el amor, el nacimiento, la seguridad. Así vemos que en la política, a lo primero que se apela es a las imágenes que disparan estos significados emocionales: una sociedad más justa, más segura, con mejor salud y educación. 

La emocionalidad colectiva está muy ligada al nivel de desarrollo social y comienza desde niveles básicos, que suelen ser indiferenciados. Es decir, donde todo el grupo abraza un sentimiento común que le provee de pertenencia y al mismo tiempo de esperanza y seguridad. Sin duda es una etapa más evolucionada que vivir en la división y el desencuentro. Pero quedarse en la emoción común es insuficiente para avanzar. Así como en las sociedades antiguas desafiar las creencias que sostienen la construcción social podía ser sinónimo de muerte, en un nivel distinto en la sociedad de hoy, cuando la aspiración común de un planteamiento está sostenida sólo desde la emocionalidad, los problemas de fondo se reducen o se evitan. Y cuestionar puede ser visto como deslealtad. 

Esto ocurre en la empresa cuando se piensa que es suficiente buscar que todo el grupo abrace un ideal. Una causa en la que se sientan unidos, como una campaña: “la empresa la hacemos todos” “el clima es tarea de todos”, etc. Es un paso evolutivo superior a estar divididos, mas no se ha introducido aún un cuestionamiento respecto de la manera de lograr lo que se aspira. En muchas ocasiones si preguntamos a los involucrados cómo se piensa lograr bajar la tasa de accidentabilidad o mejorar un clima laboral deteriorado, las personas realmente no tienen claro qué es lo que se llevará a cabo. Muchos responden “con el compromiso de todos”.

Compartir el mismo anhelo, no es sinónimo de ser inteligentes colectivamente. Para lograrlo se requiere aprender en conjunto cómo aportar perspectivas al problema. Al introducir racionalidad y discusión al propósito compartido, el grupo comienza a articular una solución más sustentable. 

Sin embargo, saber discutir colectivamente es un músculo, que se requiere fortalecer, pues el sentimiento común es frágil y se puede fisurar rápidamente. Así como la agresión como forma de liderar o dirigir fomenta la división y disminuye la madurez de un colectivo, tampoco provoca madurez creer que buenas intenciones, dichas desde un lugar común provocarán buenas decisiones. 

Esta columna fue publicada en RHM 111, septiembre de 2017.

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