“Como el viejo que perdió su caballo, la misma cosa puede ser una desgracia o una bendición”. Qian Xiaohong acaba de perder su empleo en la peluquería James Bond, en una zona fabril de Shenzhen, ciudad del sur de China. Es la protagonista de “Las chicas del Norte”, novela de Sheng Keyi de 2004, publicada en castellano en 2026. Ha llegado desde el mundo rural de la provincia de Hunan junto con su amiga Li Sijiang, buscando trabajo y una vida distinta.
Su recorrido forma parte del mundo que describe Miguel Sala, traductor de la novela, en el prólogo de esta edición. Shenzhen fue uno de los espacios donde China ensayó reformas económicas mediante las zonas económicas especiales, conocidas como ZEE. La expansión de fábricas chinas y extranjeras atrajo a trabajadores de otras provincias y alimentó negocios que también necesitaban personal: peluquerías, restaurantes y hoteles. El prólogo vincula esa transformación con el impulso reformista de los años ochenta del siglo XX, entre oportunidades laborales, controles migratorios y condiciones de trabajo difíciles.
En ese escenario, Qian pronuncia la frase entre sospechas y conversaciones sobre su despido. Ha perdido un ingreso, pero todavía puede imaginar otro significado para su salida. La escena pertenece a la ficción y no describe una consulta adivinatoria. Qian recurre a una imagen para interpretar lo que le pasa. Su respuesta deja planteada una pregunta cercana a la experiencia del trabajo: ¿cómo juzgar un acontecimiento cuando sus consecuencias aún no se han desplegado? Lo que hoy parece una pérdida puede cambiar de sentido al entrar en relación con lo que sucede después.
Esa atención a las situaciones y sus transformaciones tiene una larga historia en China. Una de sus expresiones más influyentes es el “I Ching”, también escrito “Yijing” y conocido en español como “Libro de las Mutaciones” o “Libro de los Cambios”. Para acercarse a él conviene distinguir sus figuras, los textos que las acompañan y las interpretaciones que se acumularon durante siglos.
Un libro compuesto
Rafael A. Flores Paz, en el capítulo sobre los fundamentos del pensamiento de “China, pasado y presente de una gran civilización”, volumen editado por Gabriel García-Noblejas, sitúa el comienzo de su redacción alrededor del siglo X antes de la era común (A.E.C.), hace unos tres mil años. Lo presenta como un antiguo texto oracular: una obra utilizada para obtener orientaciones mediante la adivinación.
Su formación, sin embargo, no tiene una fecha ni una autoría indiscutidas. Anne Cheng, que dedica al libro un capítulo de su “Historia del pensamiento chino”, distingue entre las raíces antiguas de esas prácticas y la constitución del texto. Recoge investigaciones que discrepan sobre cuánto hubo de composición deliberada y cuánto de recopilación de presagios, dichos y relatos transmitidos a lo largo del tiempo.
La distinción es importante porque el “I Ching” reúne capas diferentes. Por una parte están las figuras y las sentencias adivinatorias, breves indicaciones vinculadas con lo favorable, lo desfavorable o la conducta aconsejada. Por otra, los comentarios que explicaron esas figuras y les dieron un alcance filosófico. Leer el conjunto como si hubiera sido escrito de una vez por una sola persona ocultaría esa historia.
Entre esos comentarios se encuentran los conocidos como las “Diez Alas”. Cheng explica que, aunque fueron atribuidos tradicionalmente a Confucio, el maestro que dio nombre al confucianismo, es más probable que procedan de una acumulación de textos. Sitúa ese proceso entre el período de los Reinos Combatientes y los comienzos de la dinastía Han, hacia 200 A.E.C. Sus autores relacionaron el antiguo manual con preguntas sobre la conducta humana y el orden de la naturaleza.
La base gráfica parece sencilla: una línea entera y otra partida por un espacio. En la lectura cosmológica, la continua representa “yang”, asociado con la actividad y la expansión; la partida representa “yin”, vinculado con el reposo y el recogimiento. Son aspectos complementarios de un mundo en transformación, no signos que equivalgan por sí solos a bueno y malo.
Al reunir tres líneas, colocadas una sobre otra, se obtiene un trigrama. Como cada línea puede ser entera o partida, existen ocho combinaciones. Al colocar un trigrama sobre otro se forma un hexagrama, una figura de seis líneas. Las combinaciones posibles son 64. Cheng explica que sus posiciones se leen de abajo hacia arriba.
Los signos se asociaron con fenómenos de la naturaleza. Por ejemplo, “qian”, formado por líneas continuas, se vincula con el Cielo; “kun”, compuesto por líneas partidas, con la Tierra. En la interpretación expuesta por Cheng, el primero expresa una capacidad iniciadora y el segundo una disposición receptiva. Esas asociaciones permitían pensar también situaciones humanas.
Pero un hexagrama no es un dibujo con una respuesta evidente. Tiene un nombre y una sentencia referida al conjunto; sus líneas cuentan también con sentencias particulares. A esas indicaciones se añadieron comentarios. Flores Paz explica que esas lecturas incorporaron problemas políticos, éticos y religiosos: la figura se convirtió en un punto de encuentro entre una interpretación del universo y las preguntas de quien consultaba.
¿Cómo se obtenía? Cheng describe un procedimiento basado en manipular y contar tallos de aquilea, una planta también llamada milenrama. Las operaciones producían números que se traducían en líneas; al repetirlas se construía la figura. En “China”, el filósofo Jesús Mosterín subraya que el dictamen asociado ofrecía una respuesta más elaborada, pero también más ambigua, que un simple sí o no. Quien consultaba debía interpretar esa respuesta antes de decidir.
Interpretar el cambio
Los comentarios ampliaron la pregunta inicial por lo que podía ocurrir. También interesaba comprender la configuración de una situación: qué lugar ocupaba cada elemento y cómo podía transformarse. En esa lectura, las líneas no eran piezas aisladas. El cambio de una de ellas podía modificar la figura y abrir una interpretación diferente del conjunto.
Cheng ofrece un ejemplo concreto: el paso del hexagrama 48, “jing”, llamado “el pozo”, al hexagrama 5, “xu”, “la espera”, mediante la modificación de la línea inferior. En su explicación, la imagen del pozo, fuente de la que se obtiene agua, se relaciona con la perseverancia y la paciencia. La espera adquiere entonces el sentido de no precipitarse hacia un resultado antes de tiempo.
El ejemplo permite entender cómo funcionan esas asociaciones. No se deduce una decisión únicamente de la forma de las líneas: intervienen los nombres, las imágenes y los textos. La relación entre dos figuras desplaza el significado. Por eso, según Cheng, interpretar las “Mutaciones” exige atender a una situación que evoluciona, en lugar de aplicar una respuesta idéntica a todos los casos.
Las reglas de lectura tampoco eliminaban esa exigencia. Había criterios sobre la posición de los trazos y las relaciones entre ellos, pero Cheng advierte que las excepciones impedían convertirlos en instrucciones válidas para cualquier circunstancia. La propia idea de mutación obligaba a revisar el problema a medida que cambiaba la situación.
Una parte decisiva de esa elaboración aparece en el “Gran Comentario”, integrado en las “Diez Alas”. Cheng lo presenta como un tratado que considera el libro en su conjunto y desarrolla su dimensión cosmológica. En él, conocer el cambio tiene consecuencias para la manera de actuar.
La historiadora destaca el concepto de “ji”, que traduce como “ínfimo indicio”: el comienzo de un movimiento cuando apenas resulta perceptible. La atención se dirige a lo que está gestándose. En un pasaje del “Gran Comentario” que Cheng reproduce, se afirma: “El hombre de bien, al ver lo sutil, pasa a la acción sin esperar que acabe el día”.
Esta idea introduce un matiz frente a la imagen de una sabiduría dedicada siempre a esperar. La paciencia y la acción temprana pueden responder a circunstancias distintas. En la lectura de Cheng, importa reconocer cuándo una transformación está comenzando y cuándo una intervención resulta oportuna. Comprender el cambio incluye preguntarse por la posibilidad de actuar sobre su curso.
Flores Paz muestra cómo los comentarios hicieron de la mutación un principio para explicar el universo. Las relaciones entre naturaleza y conducta humana quedaron inscritas en esa explicación. El “I Ching” adquirió así un alcance que superaba la consulta sobre un episodio particular: distintas corrientes encontraron en él recursos para desarrollar sus propias ideas.
Decidir sin certezas
Ese recorrido ayuda a comprender por qué el libro puede despertar interés más allá de la adivinación. La necesidad de interpretar una situación, reconocer cambios incipientes y decidir cuándo intervenir también aparece en el trabajo. Sin embargo, las historias de Cheng, Flores Paz y Mosterín documentan una tradición intelectual; no demuestran la eficacia predictiva de sus procedimientos ni que las empresas chinas actuales se rijan por ellos.
El cruce con management puede plantearse como una pregunta sobre nuestras decisiones. Cuando un equipo enfrenta una dificultad, ¿se está interpretando lo que ocurre o repitiendo un diagnóstico que dejó de describir la situación? La comparación invita a examinar cómo cambia el problema, sin convertir un texto antiguo en una receta de gestión.
En “Las chicas del Norte”, Qian Xiaohong tiene motivos concretos para estar enfadada y una salida laboral que todavía debe resolver. Sheng Keyi no borra esa precariedad cuando su personaje recuerda al viejo y su caballo. Le permite discutir el significado de lo que acaba de vivir. La joven ha perdido un empleo; al negarse a dar por cerrado el sentido de esa pérdida, vuelve a pensar qué puede hacer a continuación.