El derecho a la sala cuna y el derecho de los niños: una perspectiva histórica

El premio nacional de historia y profesor de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Gabriel Salazar, hace un breve repaso sobre la historia de los derechos fundamentales de las infancias en nuestro país

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Por Gabriel Salazar, premio nacional de historia y profesor de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Los procesos ‘históricos’ – que son movimiento perpetuo – trascienden las normas del Derecho, que necesita congelar retazos de tiempo para ‘regir’. Por eso, el problema del lazo madre-niño (que es la esencia de la vida histórica), ha trascendido constantemente la validez de las leyes que han pretendido regirlo, en Chile, al menos, desde 1916.

Debe tenerse presente que Chile, que fue creado por invasión y colonización violentas y gobernado por oligarquías que generaron enormes capas de pueblos indígenas y mestizos reprimidos y marginados, los derechos de las mujeres de “bajo pueblo” y de sus niños (“huachos”) no fueron establecidos ni, por lo mismo, respetados.

Se produjo, así, un doble daño multisecular (del siglo XVI al siglo XX): en la mujer de pueblo y en los niños de pueblo. Las mujeres y los niños de clase alta no fueron afectados por ese daño, o no del mismo modo…

El desarrollo cultural de la ‘nación’, a comienzos del siglo XX, hizo posible que, desde el Estado, se comenzara a aliviar la situación de las mujeres trabajadoras, en relación a la lactancia y el cuidado del niño recién nacido. Y en relación, por supuesto, a la merma de utilidades que ese alivio pudiera producir en la empresa del ‘patrón’.

Y fue encomiable también que, a lo largo del siglo siguiente (1916-2023) ese alivio fuera incrementado, transformándolo en un ‘derecho público’ de protección a las madres, a la lactancia, a la primera infancia (jardines infantiles), a las trabajadoras, y a la participación del ‘padre’. Contribuyó a este logro el hecho de que surgiera y se desarrollara un importante movimiento feminista.

Que, con toda justicia, multiplicó los derechos de la mujer como ciudadana integral en la sociedad. El poder de ese movimiento ha jugado y seguirá jugando un rol importante en la consagración de esos derechos…

Un historiador francés concluyó una de sus obras preguntándose: “¿de qué sirve tener derechos, si no tienes poder?”

La mujer ha sabido convertir su esclavitud en un derecho público y en un poder social. Enhorabuena. Pero ¿y los niños de pueblo? ¿Y los niños en general? Si tienen derechos (desde la década de 1980) ¿qué poder histórico efectivo los preserva, los protege y los perfecciona? Pues ellos no pueden ejercer poder. Porque debe recordarse:

  1. Los niños necesitan ser amamantados y cuidados por su madre, ciertamente, pero desde el primer año de vida hasta los 18 o 20, necesitan algo más que la presencia maternal: un padre presente, al menos, y una comunidad completa que los acoja y se preocupe de ellos hasta convertirlo en un ciudadano digno y soberano. Y estas condiciones, en Chile y en sus clases populares, no han existido. Ni ayer, ni hoy.
  2. Porque, por ejemplo, los niños sin padre (o sin madre, o sin nadie) han constituido siempre, en Chile, un porcentaje cercano a la mayoría. El niño “huacho” ha sido una sombra permanente e ignorada en la historia del país. Según datos, copaban el 40 % de los niños en Chile en el siglo XIX, bajó a 25 % en el XX y bordea el 60 % en el actual.Eldéficit afectivo y educativo es un daño transgeneracional no resuelto. Y no ha inspirado ningún ‘derecho infantil’ al respecto. El deterioro de la salud mental (expresado en una altísima tasa de suicidios al día de hoy), la pérdida de respeto por las tradiciones del ‘sistema’, el desapego por los estudios, el uso de drogas, la desorientación del ‘género’, etc., testimonian, a plena luz del día, que una nueva ley de sala-cuna, por positiva que sea, no tiene ni la latitud ni la longitud del problema que afecta al niño (parte rezagada del lazo madre-niño).Algunos defienden el ‘derecho a la vida’ como un derecho a ‘nacer’, y esono incluye la vida como tal (amenazada sobre todo entre los 5 y los 18 años). Los niños-jóvenes necesitan de una sociedad completa que los cuide y, sobre todo, con su ejemplo, los oriente a su realización integral. Y para esto no basta una ley.

Es tiempo, ya, de construir una cuna social y cultural para la pubertad y la adolescencia.

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