Por Scarlett Watson M. Magister filosofía, política y economía. Presidenta Fundación por el bienestar laboral, Fuera Acosadores.
En Chile, más del 85% de las personas cuidadoras son mujeres, y cerca del 70% realiza estas labores sin recibir remuneración. En vísperas del Día de la Madre, estas cifras no son solo estadísticas: son una señal clara de una falla estructural en cómo organizamos el trabajo, la economía y el bienestar.
Cuidar a hijos, personas mayores o familiares dependientes es una actividad esencial para la vida social. Sin embargo, sigue siendo tratada como un asunto privado, invisible y, muchas veces, naturalizado como una responsabilidad femenina. El resultado es una economía que funciona gracias a un trabajo que no reconoce, no remunera y no redistribuye.
Esta invisibilidad tiene consecuencias concretas. Según estimaciones internacionales, el trabajo de cuidado no remunerado puede equivaler a entre el 15% y el 25% del PIB en países de América Latina. Es decir, una parte sustantiva de la riqueza se sostiene sobre una base que no aparece en ninguna cuenta nacional.
Pero el problema no es solo económico; es también una cuestión de justicia.
Durante décadas, se ha asumido implícitamente que las personas participan en el mercado laboral en igualdad de condiciones. Sin embargo, esa idea ignora una realidad evidente: no todas las personas disponen del mismo tiempo, energía o libertad para trabajar. Quienes cuidan,mayoritariamente mujeres, enfrentan una carga adicional que condiciona sus trayectorias laborales.
Esto se refleja con claridad en el mercado del trabajo chileno. Muchas mujeres reducen su jornada, rechazan ascensos o abandonan el empleo tras la llegada de un hijo o ante la necesidad de cuidar a un familiar. Según datos del Ministerio de Desarrollo Social, casi una de cada tres mujeres que sale del mercado laboral lo hace por razones de cuidado. En los hombres, esta cifra es marginal.
La consecuencia es una desigualdad persistente: menores ingresos, menor participación laboral y pensiones más bajas en la vejez. No se trata de decisiones individuales aisladas, sino del efecto acumulado de un sistema que descansa sobre la disponibilidad gratuita del tiempo de las mujeres.
A esto se suma un fenómeno menos visible, pero igual de relevante: el llamado “doble turno”. Muchas mujeres no solo trabajan fuera del hogar, sino que al terminar su jornada laboral asumen una segunda jornada de cuidado y tareas domésticas. Esta sobrecarga tiene efectos directos en la salud mental, aumentando los niveles de estrés, agotamiento y ansiedad.
En Chile, las estadísticas de salud lo confirman: las mujeres presentan mayores tasas de trastornos ansiosos y depresivos, especialmente en edades asociadas a la crianza. No es una cuestión biológica; es una consecuencia de la sobrecarga estructural.
En este contexto, las políticas de conciliación entre trabajo y vida personal han comenzado a ganar espacio. La reducción de la jornada laboral a 40 horas y la Ley de Conciliación de la Vida Laboral, Familiar y Personal son avances relevantes. Permiten, por ejemplo, ajustar horarios o acceder a modalidades de trabajo más flexibles.
Sin embargo, estos avances tienen límites importantes.
Primero, no llegan de la misma manera a todos los trabajadores. En el sector público —donde se concentran muchas mujeres— las medidas de conciliación suelen implementarse con mayor lentitud o de forma desigual. Esto genera una paradoja: el Estado promueve la corresponsabilidad, pero no siempre la garantiza en su propio funcionamiento.
Segundo, la flexibilidad puede tener efectos contradictorios. Si son principalmente las mujeres quienes optan por jornadas reducidas o teletrabajo, la carga de cuidado no se redistribuye; solo se adapta. En lugar de corregir la desigualdad, puede terminar consolidándola en nuevas formas.
Por eso, la evidencia internacional es clara: las políticas más efectivas son aquellas que promueven la corresponsabilidad, especialmente de los hombres. Un ejemplo son las licencias parentales que incluyen períodos exclusivos para los padres. Cuando estos derechos no se pueden transferir, aumenta significativamente la participación masculina en el cuidado.
Chile aún tiene una deuda en esta materia, el sector privado, por su parte, ha mostrado algunas experiencias positivas. Empresas que han implementado políticas de flexibilidad laboral han logrado reducir la rotación y mejorar el bienestar de sus trabajadores. Esto no es solo una cuestión ética: también es una decisión eficiente. Reemplazar a un trabajador puede costar hasta el doble de su salario anual, por lo que retener talento, especialmente femenino, tiene beneficios concretos.
Sin embargo, estas iniciativas suelen concentrarse en grandes empresas. Las pequeñas y medianas, que representan la mayor parte del empleo en Chile, enfrentan más dificultades para implementar este tipo de medidas sin apoyo institucional.
Por eso, el desafío no puede recaer únicamente en la buena voluntad empresarial. Se requiere una política pública más ambiciosa, que reconozca el cuidado como un pilar del desarrollo.
Esto implica, al menos, tres líneas de acción urgentes. Primero, extender de manera efectiva las medidas de conciliación al sector público, estableciendo estándares claros y exigibles. Segundo, generar incentivos para que las pymes puedan adoptar políticas de cuidado, sin que ello implique una carga financiera insostenible. Y tercero, avanzar hacia mecanismos que promuevan una distribución más equitativa del cuidado entre hombres y mujeres.
Pero también hay un cambio cultural pendiente, el cuidado no es una renuncia ni un asunto privado. Es trabajo. Produce valor, sostiene la economía y permite que la sociedad funcione. Cuando no se realiza, todo el sistema se resiente.
Seguir tratándolo como una responsabilidad individual, y principalmente femenina, no solo es injusto, sino también ineficiente. Una economía que invisibiliza una parte significativa de su funcionamiento está, en el fondo, operando con información incompleta.
Reconocer el cuidado, redistribuirlo y valorarlo no es un gesto simbólico en el marco del Día de la Madre. Es una condición básica para avanzar hacia una sociedad más justa y sostenible.
Porque mientras el crecimiento económico siga descansando en la expropiación silenciosa del tiempo de las mujeres, cualquier discurso sobre desarrollo será, en el mejor de casos, incompleto.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management