En España, la transformación digital y el avance de la inteligencia artificial están reabriendo el debate sobre el futuro del trabajo, pero los datos revisados por el profesor de economía Iñaki Aliende, en un análisis publicado por Agenda Pública, apuntan a un fenómeno menos visible que la sustitución masiva de trabajadores: una modificación profunda en la calidad del empleo, la estabilidad contractual y la forma en que distintos sectores se adaptan a la tecnología.
El punto central del análisis es que la digitalización no aparece asociada, hasta ahora, a una destrucción neta de empleo. Según el texto, al considerar el ciclo económico mediante el crecimiento del PIB, la intensidad digital no se muestra como un factor determinante en la evolución del empleo total ni del paro. La conclusión desafía las predicciones más alarmistas sobre el reemplazo generalizado de personas por máquinas, aunque no descarta efectos relevantes sobre las condiciones laborales.
“La digitalización está redefiniendo qué tipo de empleo es estable y qué tipo de empleo sigue siendo precario”. Esa frase resume el cambio de foco propuesto: la discusión no estaría solo en cuántos empleos se crean o se pierden, sino en qué tipo de empleo emerge en los sectores más digitalizados y quiénes logran acceder a esas posiciones.
Empleo estable
Uno de los hallazgos más relevantes es la relación entre intensidad digital y estabilidad contractual. El análisis señala que los sectores con mayor digitalización presentan una menor proporción de empleo temporal, con un efecto especialmente intenso en España frente a lo observado en Europa. En un mercado laboral históricamente marcado por la dualidad entre contratos indefinidos y temporales, este punto abre una lectura distinta sobre el impacto de la tecnología.
Lejos de asociarse automáticamente con mayor precarización, la digitalización estaría vinculada, en los años posteriores al Covid, con la generación de trabajos más estables. Este cambio resulta especialmente significativo para las áreas de gestión de personas, porque desplaza la conversación desde el temor a la automatización hacia la capacidad de las organizaciones para construir trayectorias laborales más sostenibles.
El análisis también advierte que la digitalización incide en la jornada laboral. Una vez controladas las diferencias sectoriales, los sectores más digitalizados tienden levemente a registrar más horas trabajadas a la semana. Esta observación cuestiona la idea de que la tecnología, por sí sola, reduce el tiempo de trabajo. Más bien, el fenómeno observado sería una combinación de menos temporalidad, mayor estabilidad y mayor intensidad laboral en algunas actividades.
Brechas sectoriales
El cambio, sin embargo, no ocurre de manera homogénea. España mantiene una estructura dual en la que sectores digitales, como información, comunicaciones y servicios profesionales, conviven con actividades menos digitalizadas, como hostelería y construcción. Mientras los primeros muestran más estabilidad y menor temporalidad, los segundos siguen asociados a empleos más precarios y jornadas más extensas.
Esta diferencia permite entender por qué la transformación digital puede convertirse en una nueva frontera de desigualdad laboral. Si los empleos más estables se concentran en determinados sectores, la mejora no necesariamente alcanza al conjunto del mercado laboral. El resultado podría ser una reconfiguración de la desigualdad, donde el acceso a competencias, movilidad y oportunidades digitales se vuelve decisivo.
En ese sentido, el texto plantea que la pregunta de fondo ya no es únicamente si la tecnología destruye empleo, sino cómo transforma su calidad. “Los sectores con mayor intensidad digital presentan una menor proporción de empleo temporal, y el efecto es especialmente intenso en el caso español”, sostiene el análisis. Para las organizaciones, esto implica observar la digitalización no solo como una agenda tecnológica, sino también como una agenda de empleo, formación y equidad.
Políticas laborales
El artículo también subraya que las políticas públicas deberían adaptarse a esta nueva evidencia. Si la digitalización no elimina puestos de trabajo en términos netos, pero sí modifica las condiciones y oportunidades asociadas a ellos, las respuestas deberían concentrarse en facilitar transiciones hacia sectores digitales, fortalecer competencias y reducir la segmentación entre actividades económicas.
El análisis propone construir sistemas de seguimiento que incorporen indicadores de calidad del empleo, distribución salarial, ritmo de adopción tecnológica y composición sectorial del trabajo. Esta mirada permitiría detectar a tiempo si la digitalización comienza a operar de una forma distinta a la observada hasta ahora, especialmente a medida que la inteligencia artificial avance sobre tareas cognitivas cuyo impacto aún no está plenamente definido.
La advertencia final es que el patrón identificado debe entenderse como un retrato pospandemia, no como una tendencia permanente. La transformación de la calidad del empleo, más que la destrucción neta de puestos de trabajo, podría reforzarse, moderarse o revertirse en función del tipo de tecnología, el contexto institucional y el marco temporal observado.
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