Cultura del absentismo

El absentismo laboral dejó de ser una excepción para transformarse en una cultura que erosiona la confianza y el sentido del trabajo. Jordi Alemany analiza cómo la falta de equilibrio entre derechos y responsabilidades, junto con sistemas permisivos, está desgastando a líderes, equipos e instituciones. Urge repensar el contrato moral del trabajo.

Por Jordi Alemany. Humanizador de negocios | Forbes Best Business Influencer | Autor x 3 “Liderazgo imperfecto” “La carrera infinita” y “El efecto láser”

Esta semana, en un taller con unos cuarenta directivos de un conocido hospital de la Comunidad de Madrid, la responsable de RRHH me decía con indignación “Jordi, todo esto del liderazgo humanista está muy bien, pero para liderar en el sector público hay que tener una paciencia infinita. Tenemos cada día a más personas de baja, algunas te dicen, abiertamente, que si no les das lo que te piden, se van al médico, piden la baja y desaparecen. Saben que, como funcionarios, son intocables”.

Y lo peor, añadió, es que se van de baja sabiendo que sus compañeros van a tener que doblar turnos, asumir sus pacientes y seguir garantizando el mismo nivel de atención. Lo hacen como medida de presión, porque el sistema lo permite. Porque beneficia a quienes carecen de ética.

Su testimonio resume una conversación que se repite en demasiados lugares: mandos intermedios y directivos desbordados por un absentismo que ha dejado de ser anécdota para convertirse en cultura. Lo escucho en hospitales, corporaciones y pequeñas empresas, en todos los sectores. Lo que antes era excepcional hoy es una de las principales preocupaciones de los líderes empresariales.

El absentismo ha dejado de ser un problema de salud para convertirse en un reflejo de una cultura donde el compromiso se ha desvanecido y la desgana se ha normalizado.

No todos los enfermos son pícaros, ni todos los pícaros enfermos, pero el sistema los trata igual. Y eso hace que el talento se desmotive, la ética se diluya y liderar se convierta en un ejercicio de resistencia.

En este número de In 7 Minutes vamos a hablar de esa epidemia silenciosa: la de los enfermos de desgana. De cómo hemos confundido derechos con privilegios, bienestar con comodidad y empatía con permisividad. Y de qué podemos hacer, entre todos, para recuperar el equilibrio entre cuidar a las personas y no premiar la irresponsabilidad.

Un virus invisible: impacto y raíces del problema

El absentismo se ha convertido en una pandemia silenciosa que atraviesa fronteras y culturas. En Europa, más de 5,2 millones de personas se declaran cada año ausentes del trabajo por enfermedad o discapacidad, un 44 % más que hace una década, según Eurostat. En Noruega la tasa media de absentismo supera el 6,8 %, en Francia ronda el 4,7 %, en Alemania el 4,3 %, y en Italia el 3,9 %, aunque al alza. España, con su 7,4 %, ocupa los primeros puestos de la clasificación europea.

En América Latina la tendencia es similar. Chile y Argentina registran un aumento sostenido de las bajas por salud mental, mientras que en México la tasa de ausencias se ha duplicado desde 2018. En todos los casos, el diagnóstico es el mismo: agotamiento emocional, precariedad prolongada y sistemas que reaccionan en lugar de prevenir.

En España, las jornadas perdidas por incapacidad temporal pasaron de 242 millones en 2018 a 368,7 millones en 2023, un aumento del 52 %. Cada día, 1,6 millones de personas no acuden a su trabajo. El 16,6 % de los empleados acumula más del 64 % de los días de baja, y las bajas de larga duración ya son el 34 % del total. Menos gente falta, pero cuando falta, lo hace por más tiempo.

El impacto económico del absentismo es abrumador: A nivel global, la OIT calcula que el absentismo y el presentismo cuestan hasta el 10 % del PIB mundial.

La patronal también ha encendido las alarmas. En una jornada celebrada en Barcelona, Foment del Treball alertó de que las empresas españolas soportan 12.245 millones de euros anuales en costes directos, sin señales de mejora. En palabras de un empresario presente: “hemos pasado de preocuparnos por los resultados a rezar para que la gente venga a trabajar.”

En el sector sanitario, el termómetro está al rojo vivo: el absentismo ronda el 10,5 %, lo que equivale a tener a uno de cada diez profesionales fuera de servicio. En los hospitales, eso se traduce en turnos interminables, servicios saturados y profesionales que ya no piden reconocimiento, sino relevo.

Lo que empezó como un fenómeno médico se ha transformado en un fenómeno moral. “Las organizaciones no enferman por exceso de trabajo, sino por falta de sentido.” Cuando el propósito desaparece, el cuerpo busca su propia forma de desconectarse. Y cuando el sistema lo permite, esa desconexión se convierte en costumbre.

Cómo afecta la cultura país a este virus

El absentismo no entiende de fronteras, pero sí de culturas. Las cifras se parecen, las causas no. No es lo mismo faltar en Oslo que en Sevilla, ni coger la baja en Múnich que en Buenos Aires. Porque, aunque el cuerpo funcione igual, la relación que cada sociedad tiene con el trabajo es distinta.

El diseño del sistema de protección social es la variable que más condiciona los niveles de absentismo. No solo define quién paga las bajas, sino cómo se entiende el compromiso. En los países donde la cobertura es total, pero la confianza es alta, el absentismo no se convierte en abuso. En Noruega o Dinamarca, la baja médica forma parte de un contrato social basado en la madurez y la responsabilidad. En España, en cambio, la cobertura oscila entre el 60 y el 75 % del salario, pero el seguimiento es débil y la impunidad alta. El resultado: un sistema generoso sin contrapartida.

Según la Ocde, los países con sistemas de bienestar más amplios registran tasas de absentismo entre 1,5 y 2 puntos más altas que los de esquemas más restrictivos. No porque la gente sea menos ética, sino porque el sistema responde a cómo se distribuyen los incentivos. El bienestar sin exigencia produce complacencia. La exigencia sin bienestar produce agotamiento.

Los estudios de la Comisión Europea muestran que los países que combinan coberturas amplias con políticas activas de reintegración laboral, como los Países Bajos, presentan menos bajas de larga duración. En América Latina ocurre lo contrario: sistemas fragmentados, control laxo y fraude recurrente. En Chile se revisaron más de 700 mil licencias médicas sospechosas en 2023, y en México el presentismo se ha convertido en un problema igual de grave que el absentismo.

Cuando el sistema protege al que abusa y desgasta al que cumple, el problema no es de salud, es de cultura.

Porque, al final, el absentismo no mide solo cuánta gente falta, sino cuánta confianza existe entre las personas y las instituciones. Y en eso, los países con mejores resultados comparten un rasgo común: una cultura que no confunde empatía con permisividad, ni bienestar con impunidad.

La importancia de no confundir humanismo y buenismo

Vamos a ser realistas: liderar hoy es una prueba de fondo. Hay mandos intermedios que empiezan el día revisando quién está y quién no, ajustando turnos, apagando fuegos y tratando de mantener la motivación de un equipo agotado.

Y, aun así, el sistema sigue funcionando como si nada. Se exigen los mismos resultados con menos manos, menos motivación y más frustración. Muchos me confiesan: “Jordi, si aprieto, me acusan de insensible, si empatizo, me toman por blando.” Y es que, muchos mandos intermedios sienten que están en medio de una tormenta perfecta, intentando sacar adelante, como pueden, organizaciones que, en muchos casos, se caen a pedazos a nivel de cultura.

Por eso, conviene decirlo alto y claro. Ningún mando intermedio, ni ningún ejecutivo, por mucho que se lo proponga, puede resolver en solitario un problema como el del absentismo, porque se trata de un problema estructural. Ningún profesional, por muy líder que sea, puede cambiar una legislación que premia la ausencia, ni un sistema de control que actúa tarde y mal. No se puede suplir con vocación lo que la gestión pública o empresarial no vigila. Sin una reforma profunda del modelo, seguiremos viendo como el absentismo crece cada año.

El absentismo sólo se puede combatir con sistemas inteligentes de gestión, vigilancia y corresponsabilidad. Exige un diálogo honesto y responsable entre todas las partes implicadas: instituciones públicas, empresas y sindicatos.

Hace falta menos discurso paternalista y más compromiso compartido por parte de todos. Un Estado que equilibre protección con control, empresas que entiendan que, en buena medida, esta situación también es producto de muchos años de abusos. Y por último, hacen falta sindicatos que defiendan los derechos de los trabajadores sin justificar abusos.

Porque si un sistema protege más al que se ausenta que al que se implica, no hablamos de bienestar, hablamos de desequilibrio. Y cuando la impunidad se normaliza, el talento se cansa, la confianza se rompe y el trabajo pierde sentido.

Necesitamos un nuevo contrato laboral y moral basado en tres principios: equidad, responsabilidad y ejemplo.

  • Equidad, para que las reglas sean las mismas para todos.
  • Responsabilidad, para que la protección no se convierta en excusa.
  • Ejemplo, para que quienes dirigen demuestren que la ética también se gestiona.

Si queremos resolver el problema del absentismo, el cambio debe ser sistémico. Hace falta que instituciones, empresas, sindicatos y ciudadanos entiendan que no estamos en una guerra de bandos, sino ante un problema de confianza colectiva que nos está afectando a todos.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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