Por Edgar Cabanas. Profesor e investigador de filosofía en la Uned.
Todo tiene un límite. Y si no lo tiene, hay que ponérselo. Establecer cuándo algo es demasiado o demasiado poco no sólo es un deber ético desde al menos la Grecia Clásica, donde el precepto “Nada en exceso” rezaba visible en el pórtico del Templo de Apolo en Delfos; es también parte fundamental del proceso civilizatorio, como nos recuerda Norbert Elias, pues establecer los límites de lo que es y de lo que no es aceptable es la verdadera razón de toda ley y de toda norma que cada sociedad se otorga para asegurar la coexistencia, la convivencia y la libertad de sus integrantes. “Donde no hay ley”, decía Locke, “no hay libertad”, y aunque para algunos existencialistas la libertad está asegurada desde el mismo momento en que tenemos conciencia, sería igualmente cierto que de poco nos serviría, como afirmaba Hegel, si no tuviéramos la forma y los medios para poder ejercerla de facto. Así, pues, los límites, tanto los éticos como los políticos, no son tanto limitaciones como los rieles sobre los cuales la libertad se hace posible, tratando siempre de buscar el equilibrio entre aquello que Isaiah Berlin llamaba ‘libertad positiva’ y ‘libertad negativa’.
Que habitamos una cultura del exceso y que el capitalismo de consumo tiene una especial querencia por el cuanto más, mejor, no es ningún descubrimiento. Para hablar de excesos, ejemplos, pues, no faltarían. Pero hay excesos menos tolerables que otros o, al menos, más apremiantes que otros y que, por tanto, conviene atajar preferentemente, si acaso porque los efectos que estos excesos tienen sobre los muchos que padecen sus consecuencias son especialmente devastadores. La riqueza o, para este caso, la riqueza excesiva, si eso no es ya un pleonasmo en sí mismo, es uno de estos perniciosos excesos. Pero sin entrar a debatir si la riqueza es o no es un exceso como tal, lo que parece menos debatible es que hay ciertos niveles de riqueza que sobrepasan todo límite: el moralmente aceptable, el socialmente deseable e incluso el cognitivamente concebible, pues a cualquiera se nos escapa el significado de tener una fortuna de 200 mil millones de euros o de que haya gente que gane 4 millones de euros por hora. Si alguien lo entiende, muy probablemente esté fuera de la normalidad; si lo defiende, muy seguramente lo esté de la moralidad.
¿Cuánto, entonces, es demasiado y cuáles son los perniciosos efectos de la riqueza excesiva? Es aquí donde comienza el libro de la filósofa Ingrid Robeyns, donde desarrolla el concepto de “limitarianismo”. El limitarianismo, según se entiende a Robeyns, es más una propuesta ética que un sistema de gobierno, más un ideal regulativo que una estrategia política o legislativa concreta. Terminar con la pobreza, con la discriminación, con la desigualdad o con la violencia son también ideales regulativos, objetivos éticos y políticos a largo plazo, dice Robeyns, y no por ello son menos importantes ni requieren menos atención: al contrario, son parte de este contrato social y moral que nos hemos dado, al que ahora la filósofa propone sumar este limitarianismo que, según ella, permitiría también terminar con la pobreza, la desigualdad, la discriminación y la violencia, todos los cuales derivan, de forma más o menos directa, de la excesiva acumulación de riqueza (la cual es, también, concentración de poder). Para la filósofa, ponerle límite a la riqueza en una era de desigualdad creciente es tanto una necesidad democrática como un deber moral, y para ello propone una suerte de liberalismo anti-neoliberal que abogue por regular el mercado y la propiedad privada sin rechazar o demonizar ninguno de los dos.
A estos efectos, Robeyns comienza por ponerse la venda antes que la herida y dedica toda la introducción a desmontar las posibles críticas que tachen a la propuesta de comunista o de envidiosa. Respecto a la primera, Robeyns rechaza toda “acusación” de comunismo sobre la base de que, por un lado, el limitarismo no aboga por la “igualdad estricta” entre individuos, sino por el rechazo de la “desigualdad injustificada” entre ellos; por otro lado, descarta la acusación de comunismo porque, según ella, rechazar el libre mercado y la propiedad privada sería “pegarse un tiro en el pie” del progreso social y económico. La cuestión, pues, insiste, no es abolir el mercado sino regularlo:
«Puesto que lo he oído con tanta frecuencia, quiero decir de antemano lo siguiente: no estoy abogando por un comunismo al estilo de la Urss, ni por ningún otro tipo de régimen que exija la abolición de los mercados o de la propiedad privada. Los mercados son una herramienta muy potente para garantizar el bienestar material; la propiedad privada es una piedra angular de nuestra seguridad, autonomía y prosperidad; ambos son esenciales para el funcionamiento de una sociedad, en conjunción con los bienes públicos y los recursos colectivos accesibles para todos. Nos estaríamos pegando un tiro en el pie si nos deshiciéramos de ellos. La verdadera cuestión a la que debemos tratar de dar respuesta es, más bien, qué limitaciones al mercado y a la propiedad privada necesitamos para alcanzar el limitarismo».
Respecto a la cuestión de la envidia, Robeyns deja claro que su propuesta no parte del resentimiento de clase ni de sentimiento de inferioridad alguno. Para ello, se justifica en base a dos argumentos: el primero es que, como ella misma indica, la necesidad de ponerle coto a la riqueza excesiva ha sido propuesta por muchos multibillionarios, incluidos Bill Gates o George Soros, quienes han defendido públicamente y en numerosas ocasiones la necesidad de imponer mayores y más restrictivos impuestos a las grandes fortunas con el fin de repartir mejor la riqueza y reducir la desigualdad. Entendiendo que los multibillonarios no pueden guardar resentimiento ni envidia respecto a sí mismos, esta acusación carecería de toda lógica. La segunda razón que aduce Robeyns para zafarse de estas críticas es que, en último término, aunque el limitarismo estuviera fundado en el resentimiento y la envidia, sería algo irrelevante si detrás de la propuesta hay buenos y sólidos argumentos para defenderla. Y según Robeyns, los hay, todos los cuales se dedica a desarrollar en el resto de la obra.
Para conocer el desarrollo de estos argumentos, y con el fin de no alargar el texto en exceso, si se me permite el chiste, remito a la propia obra, a sabiendas de que es muy probable que el libro de Robeyns no consiga más que convencer a los ya convencidos, sumar un puñado de indecisos por el camino y dejar que los neoliberales sigan creyendo en eso de que cada cual tiene lo que se merece y de que el mercado se regula solo, si se me permite otro chiste.
En su defensa del limitarismo, en los capítulos sucesivos Robeyns ofrece una amplia cantidad de datos que vendrían a confirmar los mayores y más sabidos problemas asociados a la excesiva acumulación de riqueza. A saber, que la riqueza excesiva 1) incrementa la desigualdad social y económica, generando más pobreza y dando al traste con toda esperanza de movilidad social, lo que en último término nos abocaría a una suerte de sociedad de castas; 2) socava la democracia, generando plutocracias que son quienes verdaderamente tienen el poder y toman las decisiones políticas, bien sea de forma directa (e.g., formando parte de los propios gobiernos, como Elon Musk), bien de forma indirecta (e.g., subvencionando campañas y partidos políticos, a través de think tanks que manipulan la opinión pública, mediante sobornos y amaños legales que favorezcan sus intereses, comprando medios de comunicación o redes sociales, etc.); 3) aumenta la violencia y la inseguridad, pues cuanto mayores sean los sectores de la población que vivan en pobreza y privación mayor probabilidad es que se recurra a la violencia para sobrevivir; y 4) reduce el gasto y el flujo del capital, ya que las grandes fortunas ni consumen ni generan riqueza de forma proporcional a lo que acumulan, mermando el correcto funcionamiento del mercado.
Tras estos argumentos, Robeyns aventura una cifra concreta que contesta de forma específica a la pregunta “¿cuánto es demasiado?” Para la autora, habría un límite ético y un límite político: el límite ético lo cifra en 1 millón de euros por persona (aunque admite ajustar ligeramente esta cifra dependiendo del precio de la vida de cada región), considerando que esta cifra sería lo moral y éticamente aceptable y lo suficiente para llevar una vida holgada y sin problemas; el límite político lo cifra en 10 millones de euros por persona, siendo aquí donde entraría el límite legal que una persona podría tener si no quisiera adherirse motu propio al límite ético. Ese techo político definiría el límite de lo que sería legalmente permisible para asegurar el buen funcionamiento de las relaciones y de las instituciones sociales.
Más allá de los datos y de las cifras finales que sugiere Robeyns como aceptables para el limitarismo por el que aboga, su argumento principal y, a mi modo de ver, el punto más fuerte del libro, descansa sobre el argumento moral de que nadie merece ser multibillonario. Y nadie merece ser multibillonario por la sencilla razón, siguiendo la postura liberal de Robeyns, de que es improbable que tal cantidad de riqueza sea fruto del esfuerzo y del trabajo duro. Salvo en contadas ocasiones, esas cantidades de dinero tienden a ser resultado, bien de un desequilibrio inherente en el mercado, bien de factores como la herencia, la corrupción, el tráfico de influencias, la evasión fiscal, la explotación, la violencia e incluso la suerte; pero, sobre todo, nadie merece ser multibillonario porque no hay riqueza que se deba única y exclusivamente al esfuerzo individual, sino que todas las fortunas se construyen, necesariamente, sobre la base de lo que otros han creado, sobre el esfuerzo y el trabajo colectivo de la sociedad en su conjunto. Nadie tiene el derecho a acumular tanta riqueza porque no hay tanta riqueza que, únicamente por derecho propio, pueda pertenecer a una sola persona. No se puede llegar tan arriba sin que otros le hagan de peldaños. Es por ello que nadie merece ser tan rico, pues pensar de otra manera sería faltar a la historia, a la moral y a la verdad misma.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management