En Chile, entre 2020 y 2024, repartidores de plataformas como Rappi, Uber Eats y PedidosYa desarrollaron comunidades de apoyo que, lejos de representar únicamente un foco de resistencia, también han servido para facilitar la adaptación a condiciones de trabajo marcadas por la informalidad, el control algorítmico y la alta vulnerabilidad migratoria. Así lo evidencia el estudio “Resistance, accommodation, or assimilation? The contested role of worker solidarity in food delivery platforms”, elaborado por Francisca Gutiérrez-Crocco y Sebastián Budnevich, y difundido por el medio académico Economic and Industrial Democracy.
Basado en 43 entrevistas, cinco sesiones de seguimiento virtual y una encuesta a 497 trabajadores, el artículo académico analiza las múltiples funciones de la solidaridad en el mundo del delivery digital. Lejos de asumir que toda forma de organización implica resistencia, los autores identifican tres mecanismos distintos mediante los cuales estas comunidades inciden en la relación laboral: asimilación, acomodación y acción colectiva. De ellos, los dos primeros tienden a reforzar el statu quo más que a desafiarlo.
La asimilación se manifiesta en prácticas como compartir consejos para maximizar ingresos, advertencias sobre zonas peligrosas o bloqueos policiales, y apoyo ante fallas técnicas o accidentes. En este intercambio cotidiano de información, los trabajadores internalizan las normas, valores e incentivos que promueven las propias plataformas. Como señala uno de los entrevistados, “cuando uno recién parte, no entiende bien cómo funciona. Pero los compañeros te van diciendo cómo hacer más viajes, cómo aprovechar los bonos, y así uno se adapta”.
Redes que sostienen la productividad
En un contexto donde el onboarding formal es escaso y la figura del empleador está desdibujada, estas redes suplen la ausencia de acompañamiento institucional. Más aún, muchas veces refuerzan los valores que las empresas desean instalar: eficiencia, rapidez, buena atención al cliente. Según el estudio, estas prácticas no solo ayudan a los repartidores a sobrellevar su trabajo, sino que también sostienen la productividad de las plataformas sin exigirles una mayor responsabilidad sobre las condiciones laborales.
Otro ejemplo es el apoyo ante situaciones de riesgo. Frente a accidentes, robos o emergencias, las comunidades activan redes de ayuda inmediata: informan, colaboran, recaudan fondos o notifican a familiares. Este tipo de solidaridad, aunque genuina y valiosa, también refuerza la lógica de autogestión que exime a las plataformas de brindar protección o asumir obligaciones laborales.
“Tenemos grupos de WhatsApp por comuna, y si alguien tiene un accidente, lo apoyamos entre todos”, relata uno de los participantes. “Eso nos da contención, pero también permite que el trabajo siga sin que la empresa se haga cargo”.
Cuando la desobediencia se convierte en acomodación
El segundo mecanismo identificado, la acomodación, incluye prácticas que desbordan o subvierten parcialmente las reglas impuestas, sin llegar a ser acciones colectivas de confrontación. Un caso emblemático es el arriendo o préstamo de cuentas, que permite a personas sin documentos o bloqueadas por la plataforma seguir trabajando. Esta práctica es ampliamente conocida por las plataformas, las que han implementado medidas como el reconocimiento facial, sin lograr erradicarla.
Lejos de representar una forma de lucha, el estudio sugiere que estas estrategias permiten a los trabajadores “arreglárselas” para seguir funcionando dentro del sistema, a pesar de las trabas formales o legales. En palabras de los autores, “estas prácticas de acomodación ayudan a sobrellevar la precariedad, pero también generan consentimiento hacia las condiciones impuestas”.
La catarsis colectiva —a través de redes sociales o conversaciones callejeras— también entra en esta categoría. Los trabajadores ventilan frustraciones, comparten malestares y se contienen mutuamente, lo cual cumple una función emocional importante. Sin embargo, esta expresión de disconformidad no suele traducirse en acción colectiva sostenida, y más bien funciona como válvula de escape para seguir operando bajo las mismas reglas.
Solidaridad que no incomoda
Una de las conclusiones más provocadoras del estudio es que, en el Chile actual, la solidaridad entre repartidores se ha vuelto más funcional al régimen laboral que disruptiva. Si bien estas comunidades fueron clave durante las protestas de 2020, su papel ha cambiado con el tiempo. Tras la pandemia, la movilización se ha debilitado y muchas de las agrupaciones espontáneas se han disuelto. A esto se suma el miedo a represalias, especialmente entre migrantes, y las estrategias de control que las propias plataformas implementan en los grupos virtuales, incluso creando sus propias “comunidades oficiales”.
De hecho, la investigación muestra cómo las plataformas han comenzado a intervenir directamente en estos espacios: monitorean, sancionan y también promueven contenidos que refuerzan la asimilación. Ejemplo de ello es el canal “Soy Rappi”, presentado como iniciativa de repartidores, pero gestionado por la empresa.
En ese escenario, la solidaridad no desaparece, pero su función se despolitiza. Se convierte en un recurso para adaptarse, sostenerse y resolver problemas cotidianos, sin cuestionar las condiciones estructurales del trabajo en plataformas. Como concluyen Gutiérrez-Crocco y Budnevich, “la solidaridad de los repartidores es un terreno disputado: puede ser base para la resistencia, pero también vehículo de consentimiento”.