Cuando la información abruma, la filosofía orienta

En su columna publicada en El País, el divulgador científico Javier Sampedro defiende el papel esencial de la filosofía como herramienta para enfrentar la confusión, la desinformación y el vacío ético de la sociedad contemporánea.

La filosofía, relegada muchas veces como un saber “inútil”, emerge hoy como una necesidad urgente para comprender el mundo que habitamos. Así lo plantea Javier Sampedro en una columna publicada en El País el 13 de diciembre de 2025, donde advierte que, en medio de una era sobresaturada de conocimientos y verdades fragmentadas, lo que falta no es información, sino capacidad de reflexión. “Nunca hemos sabido tanto y, sin embargo, tanta gente elige ignorarlo”, afirma el autor, señalando una paradoja peligrosa que la filosofía podría ayudar a resolver.

Científico de formación y divulgador por vocación, Sampedro reconoce en el pensamiento filosófico una herramienta vital para pensar con claridad. No se trata de un elogio nostálgico, sino de una constatación crítica frente a un presente donde proliferan las supersticiones, los discursos de odio y los relatos engañosos disfrazados de verdad. En este contexto, sostiene, “necesitamos más filósofos”, porque sin ellos “no hay nadie que nos diga cómo entender lo que sabemos, qué hacer con ello o para qué sirve”.

La columna se articula en torno a tres grandes preguntas clásicas —¿qué podemos conocer?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué nos cabe esperar?— que Kant formuló hace más de dos siglos. Estas interrogantes, lejos de haber perdido vigencia, organizan todavía los dilemas fundamentales de la vida humana. Desde la epistemología hasta la ética y la política, Sampedro invita a considerar que la filosofía no está desconectada de lo real, sino que es una brújula para orientarse en medio de la complejidad actual.

La crítica se dirige también al reduccionismo tecnocientífico que, si bien ha permitido enormes avances, no ofrece respuestas suficientes cuando se trata de discernir qué es lo justo, lo bueno o lo verdadero. Sampedro recuerda que el pensamiento racional que impulsa a la ciencia fue gestado por la filosofía, y que figuras como Aristóteles o Platón no distinguían entre las dos disciplinas como hacemos hoy. “Fueron los primeros científicos, pero también los primeros filósofos”, escribe, subrayando que esta división contemporánea empobrece nuestra comprensión de la realidad.

Para abordar los peligros de una sociedad desprovista de pensamiento crítico, el autor recurre a ejemplos contemporáneos: líderes populistas, ideologías agresivas, teorías conspirativas y una ciudadanía atrapada en burbujas digitales. Frente a ello, propone recuperar la función original de la filosofía como examen constante de nuestras ideas y acciones, un ejercicio que incomoda, pero que resulta imprescindible.

La reflexión también interpela a las organizaciones, al mundo del trabajo y al liderazgo. Aunque la columna no se dirige explícitamente al ámbito de la gestión, sus implicancias son evidentes: pensar filosóficamente no es una evasión, sino una forma de actuar con mayor conciencia, de tomar decisiones éticas y de generar sentido compartido. En un entorno donde las decisiones rápidas, los algoritmos y la eficiencia dominan el discurso, detenerse a pensar puede parecer subversivo, pero también profundamente necesario.

Sampedro insiste en que no se trata de convertir a todos en filósofos académicos, sino de reconocer que sin un mínimo de formación filosófica, la sociedad queda vulnerable frente a la manipulación, el dogma y la pérdida de horizonte. La filosofía, dice, no es un lujo ni un pasatiempo, sino una forma de defensa frente al caos.

Así, el texto se convierte en una defensa apasionada —aunque medida— de una disciplina tantas veces marginada por su aparente falta de utilidad inmediata. Precisamente en esa “inutilidad”, como sugiere el autor, reside su mayor valor: la capacidad de cuestionar lo obvio, de abrir preguntas, de resistir las certezas cómodas y de sostener la dignidad del pensamiento.

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