Por RH Management
En Los persas (472 a. C.), Esquilo pone en escena algo inusual para la tragedia griega: el punto de vista de los derrotados. La obra —la más antigua tragedia conservada— relata el desastre persa en Salamina desde la mirada de quienes padecen la derrota. Pero lo decisivo no es solo el lamento, sino la advertencia moral: el desastre fue consecuencia de la hybris. En palabras de Darío, en el célebre pasaje donde el espectro reprocha a Jerjes su desmesura, “la soberbia florece dando frutos de insensatez, y la cosecha es llanto” (Esquilo, Los persas, vv. 821–823). La tragedia muestra cómo el exceso de confianza tras una victoria —o la expectativa de una victoria— nubla el juicio y conduce a decisiones que desconocen límites, interdependencias y consecuencias humanas.
Esa advertencia resuena hoy, en un país donde el péndulo político vuelve a desplazarse con fuerza. El próximo gobierno chileno, encabezado por José Antonio Kast a partir del 11 de marzo de 2026, se asume públicamente como un gobierno “pro-empresa”. La reacción inmediata de algunos sectores empresariales ante la derrota del gobierno anterior, de carácter más laboralista y “pro-trabajadores”, se mueve entre la expectativa de reducción de costos laborales, revisión de regulaciones y reversión de derechos conquistados en décadas. Esta euforia victoriosa, que celebra un nuevo equilibrio de fuerzas, merece ser examinada con la lente trágica que Esquilo ofrece: el riesgo de interpretar la victoria política como licencia para avanzar sin límites.
En el universo de Los persas, la hybris es precisamente eso: la creencia de que la fuerza, el poder o la victoria habilitan a actuar prescindiendo del otro. La crítica es doble: la hybris enceguece a los victoriosos y profundiza el sufrimiento de los vencidos. Pero la tragedia no es panfleto; su lectura es estructural. La comunidad persa no cae solo por la decisión de Jerjes, sino por una cultura política que glorifica el poder sin comprender sus efectos sobre la vida humana. En esa clave, Esquilo describe mecanismos que, mutatis mutandis, están presentes en el mundo del trabajo contemporáneo.
Desde la perspectiva laboral, RH Management ha insistido durante años en que el verdadero núcleo de la crisis del trabajo no es psicológico sino estructural: salarios que no alcanzan, precariedad, abuso de poder, deshumanización del management y una crisis de salud mental que ya no es episódica, sino sistémica. Los estudios recientes de la OIT y la Ocde han documentado cómo el deterioro del bienestar laboral responde a factores organizacionales —carga de trabajo, inseguridad, baja autonomía, bajos ingresos— más que a “falta de resiliencia individual”. En Chile, los datos del INE y las encuestas de salud laboral de 2024–2025 muestran que una parte importante de la fuerza laboral declara no llegar a fin de mes y experimentar síntomas asociados al estrés crónico.
Cuando ciertos sectores celebran la “victoria” empresarial como la promesa de flexibilizar derechos, reducir costos o disciplinar la negociación colectiva, emergen los ecos de Esquilo: ¿qué tipo de victoria es aquella que presupone que el problema del país reside en los salarios y no en la productividad, en la gestión o en la estructura económica? La hybris aparece cuando se interpreta la situación política como autorización para retroceder en aquello que protege a quienes trabajan. La tragedia advierte que la desmesura no solo destruye a los vencidos; termina debilitando también a quienes creen haber ganado.
Esquilo ofrece una clave ética que sigue vigente: el ejercicio del poder debe reconocer límites. En Los persas, el coro señala que la grandeza sin sabiduría “conduce a la ruina del propio soberano” (vv. 739–740). Esta idea es profundamente contemporánea si se la traslada al ámbito laboral: un empresariado que lee el triunfo político como carta blanca para profundizar la precarización se arriesga a reforzar las mismas dinámicas que alimentan el malestar, la rotación, la desmotivación y la pérdida de talento. El exceso de confianza, como en Jerjes, puede generar la ilusión de control mientras erosiona las bases de sostenibilidad social que cualquier sistema productivo necesita.
La tragedia griega no es un mensaje pesimista, sino una pedagogía de la responsabilidad. Su punto ciego es deliberado: las victorias son siempre parciales y pueden convertirse en derrotas si cegamos sus consecuencias humanas. El Chile que entra en un nuevo ciclo político tendrá que decidir si reproduce la lógica de Jerjes —la victoria como permiso— o si asume la lección que Esquilo pone en boca del propio Darío: “quien no respeta los límites, aprende por el sufrimiento”.
En este escenario, emerge una pregunta inevitable: ¿qué rol jugarán las gerencias de personas frente a este nuevo equilibrio de poder? En el discurso público suelen presentarse como áreas “neutras”, técnicas, ajenas a la disputa política; pero la neutralidad en contextos de desigualdad siempre es una elección. ¿Será un rol ético, orientado a proteger la dignidad laboral, o uno complaciente, destinado a justificar recortes bajo el lenguaje de la eficiencia? ¿Se limitarán a administrar el impacto de decisiones tomadas en otras partes de la organización o asumirán responsabilidad estratégica en recordar —como hace Esquilo— que toda victoria sin límite contiene el germen de su propia derrota? Si el país entra en una fase donde algunos celebran la reducción del “costo laboral”, será precisamente en las gerencias de personas donde se pondrá a prueba la capacidad de resistir la hybris colectiva y sostener la humanidad del trabajo, incluso cuando el clima político parezca premiar lo contrario.