La prevención de la violencia de género en el sur de Chile requiere un giro comunitario, territorial y decolonial que permita responder a condiciones históricas, culturales y sociales específicas, según plantea el artículo de investigación “Prevención comunitaria de las violencias de género: saberes del sur y corresponsabilidad local”, publicado en marzo de 2026 por Revista Género Sur y elaborado por Sebastián Urrea, psicólogo clínico-comunitario de la Universidad Autónoma de Chile.
El texto sostiene que la violencia de género no puede entenderse como un fenómeno homogéneo ni abordarse únicamente desde intervenciones clínicas o individuales. Por el contrario, propone leerla como una problemática situada, atravesada por la ruralidad, el extractivismo, las desigualdades estructurales y las memorias de colonización presentes en distintos territorios del sur del país.
Desde esa perspectiva, el artículo cuestiona los modelos preventivos estandarizados que tienden a responsabilizar a los sujetos sin considerar las tramas comunitarias, históricas y relacionales que sostienen la violencia. En su lugar, plantea la corresponsabilidad local como un principio ético, político y estratégico para construir entornos libres de violencia desde los propios territorios.
Cuidado colectivo
La corresponsabilidad local aparece como el eje central de la propuesta. El concepto implica desplazar la prevención desde una lógica centrada exclusivamente en la denuncia, la reparación individual o la intervención experta, hacia una ética del cuidado compartido. En ese marco, hombres, mujeres, juventudes, liderazgos comunitarios e instituciones son convocados a asumir un rol activo en la transformación de las normas sociales que reproducen la violencia.
El artículo plantea que esta mirada permite reconocer a las comunidades no como receptoras pasivas de ayuda, sino como espacios productores de conocimiento, organización y respuesta. Para ello, propone articular saberes profesionales con epistemologías territoriales, evitando la imposición de modelos externos que no siempre dialogan con las experiencias locales.
Uno de los aportes más relevantes del texto es la crítica al arquetipo del “experto salvador.” En su lugar, se propone un rol profesional basado en la facilitación humilde, culturalmente competente y orientada a crear condiciones de seguridad para que las comunidades elaboren sus propios procesos de prevención. Esta redefinición resulta especialmente pertinente para quienes trabajan en gestión de personas, salud mental, intervención psicosocial y desarrollo comunitario.
El ensayo también destaca la importancia de las metodologías participativas y de las prácticas basadas en el buen trato. Estas estrategias no se limitan a prevenir el daño, sino que buscan promover vínculos respetuosos, protectores y corresponsables desde edades tempranas, con énfasis en la alfabetización emocional, el consentimiento, el reconocimiento mutuo y la construcción de relaciones no violentas.
Saberes territoriales
En el análisis del sur de Chile, el artículo incorpora referencias al Nütram mapuche como una matriz relacional basada en la escucha profunda, la horizontalidad, la palabra situada y la responsabilidad comunitaria. El texto advierte que esta referencia no debe entenderse como una técnica replicable ni como una apropiación instrumental, sino como una inspiración epistemológica para pensar formas de diálogo orientadas al equilibrio comunitario.
Desde esa mirada, la prevención comunitaria no se reduce a talleres o campañas aisladas. Se trata de un proceso continuo de aprendizaje colectivo, reconstrucción del tejido social y fortalecimiento de redes orgánicas. La figura incluida en el artículo sintetiza esta articulación al ubicar la corresponsabilidad local como principio rector, vinculada al diagnóstico interseccional situado, las estrategias comunitarias de prevención, el protagonismo comunitario y el fortalecimiento del tejido social.
El texto amplía además el territorio de la prevención hacia los espacios digitales. Plantea que la vida comunitaria contemporánea se despliega entre lo presencial y lo virtual, por lo que las estrategias preventivas deben incorporar una alfabetización digital crítica capaz de identificar cómo se reproducen o disputan las normas de género en entornos digitales.
Esta dimensión resulta relevante porque permite conectar la prevención de la violencia de género con los lenguajes, símbolos y conflictos que circulan en la vida cotidiana. Los dispositivos expresivos, artísticos, narrativos y culturales son presentados como herramientas para elaborar malestares sociales, visibilizar violencias simbólicas y producir contranarrativas frente a sentidos hegemónicos del género.
Masculinidades responsables
Otro punto clave del artículo es la inclusión de los hombres en la prevención. El autor sostiene que este trabajo debe superar el enfoque de las “masculinidades igualitarias” entendido solo como redistribución normativa de roles, para avanzar hacia masculinidades corresponsables decoloniales, vinculadas al cuidado, la empatía y la responsabilidad comunitaria.
El texto advierte que los círculos de hombres pueden convertirse en espacios de recentramiento masculino cuando no cuentan con un marco ético y político claro. En esos casos, el malestar de los hombres puede ocupar nuevamente el centro de la conversación, desplazando la dimensión relacional y estructural de la violencia. Por eso, la propuesta no apunta a la catarsis individual, sino a la reflexión ética, la revisión de privilegios y la asunción de consecuencias frente a otros y otras.
En esta línea, el trabajo con hombres no aparece como una intervención aislada, sino como parte de una ecología comunitaria del cuidado. La transformación de las masculinidades se entiende como un proceso inseparable del territorio, las redes sociales y las condiciones comunitarias que hacen posible el cambio.
El artículo concluye que la prevención sostenible de las violencias de género debe construirse con raíces propias. Esto implica traducir teorías críticas al territorio, co-crear estrategias con las comunidades y fortalecer las redes ya existentes. Más que intervenir desde fuera, el desafío es acompañar procesos que permitan desmontar las estructuras patriarcales y coloniales que sostienen la violencia, restituyendo el cuidado como núcleo de la vida en común.