Cooperar para prosperar: quién participa y quién gana

La filosofía china de “Tianxia” plantea un orden donde cooperar resulte conveniente para todos. Su diálogo con las investigaciones de los Nobel de Economía de 2024 abre una pregunta sobre negocios y trabajo: cómo organizar las relaciones para que las oportunidades y sus beneficios alcancen a más personas.

En “Por qué fracasan los países”, Daron Acemoglu y James Robinson describen un contrato que abrió oportunidades comerciales en la Venecia medieval: la “commenda”. Un socio aportaba capital y permanecía en la ciudad; el otro viajaba con la mercancía. Según los autores, este acuerdo permitía que jóvenes sin fortuna participaran en el comercio y accedieran a una vía de ascenso social.

El contrato establecía cómo distribuir pérdidas y ganancias. En una de sus modalidades, quien financiaba todo el capital recibía tres cuartas partes de los beneficios; quien viajaba obtenía la cuarta parte restante. Acemoglu y Robinson presentan este mecanismo como una de las innovaciones que contribuyeron a la expansión económica veneciana: la cooperación abría negocios y daba una participación en sus resultados a quien no disponía del dinero para financiarlos.

Acemoglu y Robinson recibieron, junto con Simon Johnson, el Nobel de Economía de 2024 por sus investigaciones sobre cómo se forman las instituciones y cómo afectan la prosperidad. El reconocimiento permite situar la escena veneciana dentro de un problema más amplio: las oportunidades económicas dependen también de quién puede acceder a ellas y de cómo se distribuye el poder para establecer sus condiciones.

El ejemplo corresponde a una asociación comercial, pero ayuda a formular una pregunta que alcanza las relaciones entre países. Cuando distintas economías reúnen mercados, financiamiento, capacidades productivas y conocimientos, pueden ampliar sus posibilidades de desarrollo. Para hacerlo necesitan acuerdos que permitan sostener esa colaboración a través de las diferencias y los conflictos.

En ese nivel opera el multilateralismo: varios Estados participan en la construcción de reglas y mecanismos para abordar asuntos comunes. Su importancia económica aparece cuando facilita intercambios, reduce incertidumbre y permite tratar desacuerdos sin interrumpir toda la relación. La cooperación puede hacer viables inversiones y actividades que resultarían más difíciles para cada participante por separado.

El efecto sobre el trabajo requiere mirar un paso más allá. Una oportunidad comercial puede generar demanda de producción, transporte, servicios y nuevas capacidades. También puede modificar las condiciones de competencia y desplazar actividades. El balance depende de qué empleos aparecen, cuáles se pierden y qué posibilidades tienen las personas de participar en los cambios.

El “Informe sobre el comercio mundial 2024” de la Organización Mundial del Comercio examina esa relación. Reconoce que la apertura comercial puede favorecer el crecimiento y mejorar las condiciones de vida, pero registra una distribución desigual de sus beneficios. Destaca la necesidad de combinarla con políticas laborales, educativas y de competencia, además de apoyo para quienes enfrentan transiciones.

Desde China, la discusión sobre cómo construir relaciones que produzcan beneficios compartidos cuenta con una elaboración filosófica propia. Su alcance excede el comercio: pregunta cómo pueden convivir actores diferentes dentro de un mundo común. También contiene desacuerdos sobre quién define ese mundo y qué lugar ocupan sus integrantes.

Un mundo compartido

El filósofo chino Zhao Tingyang desarrolla esa pregunta en “Tianxia. Una filosofía para la gobernanza global”. La expresión “Tianxia”, traducida como “todo bajo el cielo”, tiene una larga historia en el pensamiento chino. Zhao la recupera para elaborar una propuesta contemporánea de orden mundial.

Uno de sus conceptos centrales es la “ausencia de exterioridad”. Con él plantea un mundo en el que ningún pueblo quede considerado ajeno a la organización de la convivencia. El desafío consiste en construir relaciones capaces de incluir diferencias culturales y políticas dentro de un orden compartido.

Zhao reconoce que una apelación a la generosidad resulta insuficiente. En su formulación, las reglas deben hacer que a cada país y a cada persona les convenga más participar en el sistema que quebrarlo. La cooperación necesita ofrecer ventajas reconocibles para quienes la sostienen.

Para explicar ese criterio introduce la “racionalidad relacional”: evaluar una decisión considerando cómo afecta el vínculo con los demás. Su propuesta busca reducir hostilidades y ampliar intereses mutuos. Admite la competencia individual, pero pretende situarla dentro de condiciones que preserven la cooperación.

El filósofo denomina “mejora de Confucio” a una exigencia todavía mayor: que una mejora beneficie a todas las partes involucradas. Se trata de un criterio normativo, una propuesta sobre cómo debería organizarse la convivencia. Aplicado como pregunta al ámbito económico, obliga a examinar quiénes quedan incluidos cuando se anuncia un beneficio común.

El historiador chino Ge Zhaoguang introduce un contrapunto en “What Is China?”. Al revisar las propuestas contemporáneas de recuperación de “Tianxia”, advierte que su historia también contiene jerarquías, distinciones entre un centro y sus periferias, y pretensiones de superioridad cultural. La imagen de una gran familia puede conservar un lugar privilegiado para quien aspira a encabezarla.

Ge también reconoce la necesidad de principios compartidos para convivir en un mundo conectado. Su objeción se dirige a convertir la experiencia de un antiguo imperio en un modelo universal sin examinar sus relaciones de poder. Propone seleccionar y reinterpretar las tradiciones, preservando la diversidad cultural dentro de reglas reconocidas en común.

El contraste permite precisar el problema de la cooperación. Zhao busca condiciones que hagan ventajoso pertenecer a un orden compartido; Ge advierte sobre la posibilidad de que ese orden reproduzca una jerarquía. La discusión alcanza así tanto los beneficios de actuar juntos como la participación en las decisiones que los hacen posibles.

Del acuerdo al empleo

Cuando Xi Jinping, presidente de la República Popular China, recibió a Donald Trump en Beijing el 14 de mayo de 2026, tenía enfrente al mandatario que había lanzado una ofensiva arancelaria de alcance mundial y endurecido las medidas contra China. En abril de 2025, Trump había anunciado gravámenes generalizados y, días después, elevado los aranceles específicos contra China mientras suspendía parte de los aumentos para otros socios. En enero de 2026 también había ordenado iniciar el retiro de Estados Unidos de decenas de organismos internacionales, por considerarlos contrarios a los intereses de su país. Pese a esa confrontación comercial y al repliegue estadounidense de espacios multilaterales, el Gobierno chino mantuvo abierta la negociación y recibió a Trump.

En ese escenario, la defensa de la cooperación adquiría un significado concreto. Según el comunicado de la Cancillería china sobre la reunión, Xi sostuvo ante Trump que las diferencias comerciales debían resolverse mediante consultas entre iguales y que China ampliaría su apertura a los negocios. Propuso una relación basada en la cooperación, con límites para la competencia y mecanismos para gestionar los desacuerdos. El planteamiento estaba dirigido a quien había impulsado la presión arancelaria sobre su país y cuestionado la participación estadounidense en instituciones de cooperación internacional.

La escena permite volver a la pregunta de Zhao: cómo hacer posible la cooperación incluso entre adversarios. China había respondido con sus propios aranceles y, a la vez, mantenido abierta la vía del acuerdo. Aunque una negociación bilateral no equivale al multilateralismo, esa disposición puede ponerse en diálogo con “Tianxia”, sin atribuirle una influencia directa sobre la decisión diplomática: el conflicto deja espacio para construir intereses compartidos. Para las empresas y quienes trabajan en ellas, la relevancia está en si esa negociación consigue ofrecer condiciones más estables para producir, comerciar e invertir.

Xi sostuvo allí que las diferencias entre historias, culturas y sistemas sociales podían convivir con la cooperación. Su planteamiento formuló una posición del Gobierno chino sobre el orden internacional. La proximidad de algunas preguntas con las de Zhao permite establecer un diálogo entre ambos, aunque ese discurso no demuestra que la política exterior sea una aplicación de “Tianxia”.

La planificación económica permite observar cómo los objetivos de desarrollo se conectan con tareas internas. Un plan quinquenal organiza prioridades para un período de cinco años. Para el ciclo 2026–2030, el Gobierno chino ha presentado medidas que sitúan el empleo entre las preocupaciones de la transformación productiva.

Según la información publicada el 17 de junio de 2026 en el portal oficial del Gobierno de China, el Consejo de Estado, principal órgano ejecutivo del país, presentó un plan para aplicar la estrategia de prioridad al empleo durante el período 2026–2030. Sus medidas contemplan estabilizar puestos en industrias intensivas en trabajo, ampliar oportunidades en servicios y desarrollar ocupaciones en sectores emergentes. Incluye formación profesional y una mejor correspondencia entre la oferta educativa y las capacidades que demanda el mundo laboral.

Esas medidas expresan objetivos y líneas de acción. Su cumplimiento requiere comprobar resultados durante el período. Permiten, sin embargo, identificar una preocupación concreta: el desarrollo productivo demanda decisiones sobre formación, acceso al empleo y apoyo a quienes encuentran dificultades para incorporarse.

“Poder y progreso”, de Acemoglu y Johnson, aporta una perspectiva histórica para examinar esa relación. Los autores sostienen que los avances tecnológicos pueden ampliar la riqueza disponible, mientras las decisiones sobre su orientación y el reparto de sus beneficios determinan cuánto mejora la vida de los trabajadores. La prosperidad compartida requiere mecanismos que la hagan posible.

Al analizar la industrialización británica, atribuyen importancia a la organización de los trabajadores, la expansión sindical y las leyes de protección laboral. Esos procesos contribuyeron a modificar salarios y formas de organizar la producción. En su interpretación, la participación de los trabajadores fue parte de la construcción del progreso económico y social.

Acemoglu y Robinson agregan otra dimensión en “El pasillo estrecho”. Allí sostienen que la libertad necesita un Estado con capacidad para actuar y una sociedad capaz de controlarlo. La cooperación entre ambos puede mejorar los servicios y la respuesta a necesidades colectivas, mientras la movilización social permite disputar prioridades y limitar abusos.

El cruce de estas obras muestra diferencias que conviene conservar. Zhao formula una filosofía de convivencia mundial; Ge examina sus antecedentes y riesgos históricos; Acemoglu, Johnson y Robinson estudian instituciones, poder y prosperidad. Sus argumentos permiten abordar una pregunta compartida desde caminos distintos: qué reglas hacen posible colaborar sin que los beneficios queden concentrados en quienes ya tienen más capacidad de decisión.

En el trabajo, esa pregunta adquiere contenidos verificables: remuneraciones, formación, estabilidad, condiciones laborales y participación. Un acuerdo puede ampliar los negocios entre países y distribuir sus resultados de manera desigual dentro de cada uno. La propuesta de Zhao permite precisar qué habría que observar: si la cooperación mejora la situación de todas las partes involucradas, también debe examinarse qué ocurre con quienes aportan su trabajo.

La historia veneciana con la que Acemoglu y Robinson ilustran la apertura económica también relata su retroceso. Las familias que consolidaron su poder restringieron después el acceso de nuevos participantes. Según los autores, el cierre político avanzó hacia un cierre de las oportunidades comerciales. Ese desenlace dialoga con la advertencia de Ge Zhaoguang: un orden presentado como común puede reservar a unos pocos el poder de decidir quién pertenece y bajo qué condiciones.

La “commenda” había permitido reunir capital y actividad comercial, abrir negocios y compartir sus resultados. El joven que viajaba con la mercancía tenía una participación reconocida en las ganancias. A otra escala, el ideal de “Tianxia” formulado por Zhao propone una convivencia en la que nadie quede fuera y cooperar beneficie a todos. Entre aquel contrato y esta filosofía no hay una continuidad histórica demostrada, pero sí una pregunta que alcanza al presente: ¿qué lugar tienen quienes trabajan en la prosperidad que ayudan a producir?

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