China vista desde el trabajo

El ascenso chino suele explicarse desde el Estado, el mercado, la tecnología o la geopolítica. Pero una parte decisiva de esa historia está en millones de trabajadores que migraron, produjeron, ahorraron, sostuvieron la industrialización y empujaron al país desde la manufactura barata hacia una economía más compleja.

En China, explica la empresaria Yung Han Shen, una comida grupal rara vez se organiza en torno al plato individual. La mesa se llena con distintas preparaciones compartidas, dispuestas al centro, para que todos participen de ellas. La escena parece doméstica, casi mínima, pero funciona como una clave cultural: muestra qué lugar ocupa lo común, cómo se distribuye, qué espera cada persona de las demás y qué entiende que debe aportar antes de tomar su parte. Shen, consultora especializada en relaciones entre Chile y Asia, fundadora de Asia Consulting y vicepresidenta de la Cámara Chileno-China de Comercio, Industria y Turismo, lleva más de tres décadas traduciendo códigos empresariales y culturales entre ambos mundos. Desde esa experiencia advierte que China no puede comprenderse desde una sola dimensión. “Hay que salir un poco y no ver solamente un punto, sino que hay que ver el conjunto”, señala en entrevista con RH Management.

Durante años, buena parte de Occidente ha mirado esa mesa desde lejos. Ha preguntado si la organiza el Partido Comunista, el Estado, el mercado, la geopolítica, la tecnología o una civilización que piensa en siglos. Todas esas miradas dicen algo. Ninguna basta. Si el desarrollo chino transformó la economía mundial, fue también porque millones de trabajadores rurales dejaron sus aldeas, entraron a fábricas, sostuvieron la industrialización exportadora, absorbieron costos sociales enormes y, con el tiempo, empujaron una transformación más profunda: China dejó de ser solo sinónimo de trabajo barato y comenzó a disputar posiciones de mayor complejidad productiva.

El trabajo oculto

Esa dimensión aparece con especial fuerza en China como ruptura de la dinámica de desarrollo del Este Asiático en la Nueva División Internacional del Trabajo, de Guido Ezequiel Weksler. El libro, publicado por Editorial Larga Marcha y derivado de una tesis doctoral presentada en la Universidad Nacional de Quilmes, no mira a China solo como potencia, mercado o régimen político. La observa desde su lugar en el capitalismo global y, especialmente, desde la evolución de su fuerza de trabajo. El propio subtítulo anuncia el foco: la inserción comercial y las condiciones laborales desde fines de la década de 1970.

Su punto de partida se distancia de las explicaciones más celebratorias. China no se transformó únicamente porque “abrió” su economía, ni solo porque planificó mejor que otros países. Su despegue se apoyó en una disponibilidad masiva de fuerza de trabajo rural, en una migración interna de enorme escala, en salarios inicialmente bajos, en zonas industriales orientadas a la exportación y en una inserción global que permitió al capital internacional acceder a una capacidad laboral difícil de encontrar en otra parte del mundo.

Pero ahí está justamente la diferencia. Para Weksler, China no repitió de forma mecánica el camino de otros países del Este Asiático —Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Malasia, Tailandia, Indonesia y Filipinas—. No quedó atrapada en los eslabones más simples de la producción global. Retuvo actividades intensivas en trabajo, pero al mismo tiempo avanzó hacia sectores más complejos. Esa es la “ruptura” que le interesa: China no solo recibió industrias desplazadas por países más desarrollados, sino que alteró la propia dinámica regional de desarrollo y la nueva división internacional del trabajo.

Los datos laborales son elocuentes. Weksler muestra, sobre la base de estimaciones de la OIT, que las ocupaciones de baja calificación representaban el 64,5% del empleo total en China en 1991, pero bajaron al 35,9% en 2019. Esa caída refleja, en gran medida, la migración interna masiva y la transformación de la estructura productiva. La fuerza de trabajo china no solo se desplazó geográficamente; también cambió de composición, calificación y lugar dentro del proceso productivo.

La historia, sin embargo, no admite lecturas lineales. La industrialización china produjo crecimiento, urbanización y aumento salarial, pero también condiciones laborales extremas, segmentación social y desigualdades profundas entre trabajadores urbanos, trabajadores rurales y migrantes internos.

La frontera interna

Uno de los mecanismos más importantes de esa diferenciación fue el hukou, el sistema de registro de hogares que condiciona el acceso a servicios públicos según origen territorial. En el análisis de Weksler, el hukou dejó de operar solo como barrera absoluta de entrada a las ciudades y pasó a funcionar como un mecanismo de diferenciación de las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo. Los migrantes rurales podían trabajar en las ciudades, pero no siempre acceder plenamente a salud, educación, vivienda, seguridad social o derechos laborales en los mismos términos que los trabajadores con hukou urbano.

Esa condición hizo a los migrantes particularmente vulnerables. Weksler recoge estudios que muestran que, en zonas de procesamiento exportador como Shenzhen y Dongguan, los migrantes representaban entre el 70% y el 80% de la fuerza de trabajo en 2009. Para 2014, según estimaciones citadas en el libro, alcanzaban cerca del 40% de la fuerza laboral urbana y el 35% de la fuerza laboral total del país. Muchos enfrentaban contratos temporales, ausencia de contrato formal, alojamiento dependiente del empleador y dificultades para organizarse colectivamente.

La paradoja es dura: la misma fuerza laboral que hizo posible la expansión manufacturera no siempre participó en igualdad de condiciones de los beneficios urbanos que ayudaba a producir. China creció con millones de trabajadores que habitaban una frontera interna: estaban dentro de la fábrica, pero muchas veces fuera de la ciudadanía social completa de la ciudad.

Weksler recoge además otra tensión. Desde comienzos de los 2000, el agotamiento relativo de la superpoblación rural disponible, el aumento de la demanda laboral y la presión por sostener la reproducción de la fuerza de trabajo ayudaron a empujar salarios y regulaciones. A partir de 2003, durante el gobierno de Hu Jintao, se expandieron regulaciones sobre salarios, horas de trabajo, seguro social y reconocimiento sindical. Pero esos avances no alcanzaron de igual modo a todos, especialmente a muchos migrantes internos, que seguían quedando fuera de contratos y prestaciones.

Salarios y límites

El aumento salarial chino es uno de los cambios más relevantes del proceso. Según las estimaciones recogidas por Weksler, los salarios relativos chinos frente a Estados Unidos crecieron de forma sostenida entre fines de los años ochenta y 2018. En 1988, los salarios relativos por grupos ocupacionales representaban apenas 1,79% para directivos, 2,23% para profesionales y técnicos, y 2,76% para puestos de media y baja calificación. Para 2018, esas proporciones habían subido a 24,67%, 28,02% y 33,87%, respectivamente.

Ese aumento tiene dos lecturas. Por un lado, muestra una mejora real en las condiciones de reproducción de una parte importante de la clase trabajadora china. Por otro, revela que incluso después de décadas de crecimiento, las brechas internacionales seguían siendo muy amplias frente a Estados Unidos. Weksler advierte, además, que las condiciones generales de trabajo en China continúan siendo exigentes en comparación internacional. Cita, por ejemplo, la extensión de esquemas laborales “9-9-6” —de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana— no solo en manufactura, sino también entre trabajadores de cuello blanco y sectores de alta complejidad, como tecnologías de la información.

Ese punto es clave para el mundo del trabajo. China no transitó simplemente desde explotación hacia bienestar; avanzó por una vía mucho más contradictoria. Persistieron jornadas extensas, desigualdades internas, segmentación entre trabajadores urbanos y migrantes, y formas intensas de subordinación laboral. Pero esa misma trayectoria produjo una mejora material de escala histórica: cerca de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema en cuatro décadas, los salarios relativos crecieron de manera sostenida, la estructura ocupacional se volvió más calificada y el país acumuló capacidades productivas que le permitieron dejar de ser solo una plataforma de trabajo barato. La comparación con América Latina, por ejemplo, vuelve la pregunta más exigente: allí donde China convirtió parte del sacrificio laboral en movilidad económica, productividad e industrialización, la región latinoamericana sigue atrapada en bajo crecimiento, baja productividad, informalidad persistente y salarios reales vulnerables. La tensión no se resuelve idealizando a China ni reduciéndola a explotación: obliga a mirar cómo una sociedad distribuye —o no— los costos y beneficios del desarrollo.

La pregunta entonces es cómo fue posible convertir esa masa laboral en una fuerza productiva de escala global. La respuesta no está solo en el mercado. Aquí entra el aporte de Isabella Weber, economista política de la University of Massachusetts Amherst, y Hao Qi, economista de Renmin University of China. En el working paper “The State-Constituted Market Economy”, ambos proponen entender China como una “economía de mercado constituida por el Estado”.

La fórmula importa. Weber y Qi no sostienen que China sea simplemente una economía estatizada ni un capitalismo de libre mercado con fuerte intervención pública. Su argumento es más específico: el Estado chino crea mercados, participa en ellos y los dirige cuando considera que ciertos bienes, activos o actividades son esenciales para la estabilidad del conjunto. En su definición, “esencial” no significa necesariamente lo mismo en todo momento, sino aquello que el Estado considera sistémicamente significativo.

Aplicado al trabajo, esto permite matizar la idea de que millones de trabajadores rurales fueron absorbidos por la industria solo porque existía mano de obra barata. Esa disponibilidad era real, pero necesitó infraestructura, zonas productivas, transporte, energía, financiamiento, gobiernos locales, empresas, inversión y mercados articulados. Weber y Qi explican que la creación estatal de mercados puede expresarse en obras físicas, como nuevas conexiones de transporte; en mecanismos de coordinación, como plataformas digitales; o en estructuras organizacionales, como el impulso a grandes empresas estratégicas, conocidas en la literatura como “campeones nacionales”. A través de esa creación de mercados, el Estado facilita una profundización de la división del trabajo a escala local, nacional y global.

Esa idea ayuda a entender por qué el caso chino resulta tan difícil de encasillar. No fue “menos Estado” porque hubo más mercado. Tampoco fue planificación clásica sin competencia. Fue una combinación más compleja: el Estado movilizó dinámicas de mercado, pero también las organizó, encauzó y limitó cuando lo consideró necesario.

Weber y Qi incluso advierten contra una lectura habitual: pensar que más mercado implica necesariamente menos capacidad estatal. En su marco, la intensificación de la mercantilización aumenta incertidumbres e inestabilidades propias de la dinámica de mercado y, por lo mismo, exige más capacidad estatal, no menos.

La maquinaria local

Esa arquitectura se vuelve más concreta en “How China Works”, de Xiaohuan Lan, economista chino vinculado a Fudan University y especializado en desarrollo económico, finanzas públicas, gobiernos locales, urbanización e inversión estatal. Su libro no toma como protagonista a la empresa ni al consumidor, sino al gobierno, especialmente a los gobiernos locales. Para Lan, no se puede entender la economía china sin mirar cómo se financian, gastan, invierten, compiten y se endeudan sus autoridades territoriales.

Lan muestra que, en el mundo real, la frontera entre gobierno y mercado rara vez es nítida. En el capítulo sobre industrialización, relata una conversación con un ejecutivo de una empresa estadounidense en Taipei, molesto por los subsidios que recibían compañías en China continental. Lan le responde que las propias empresas extranjeras también negociaban subsidios con gobiernos locales cuando instalaban fábricas. La escena resume una idea mayor: fuera de los manuales, no existe una demarcación limpia entre gobierno y mercado, sino formas diversas de intereses y relaciones interconectadas.

Esa competencia local tuvo consecuencias laborales. Gobiernos territoriales buscaron atraer inversión mediante infraestructura, tierra, subsidios, descuentos crediticios e incentivos tributarios. La prioridad era movilizar recursos hacia fábricas, urbanización e industria. En etapas tempranas del desarrollo, sostiene Lan, desplazar recursos desde el consumo de los hogares hacia infraestructura y producción industrial puede acelerar el despegue económico, aumentar la productividad y elevar los ingresos per cápita. Pero el mismo modelo genera problemas cuando madura: sobreinversión, deuda, desequilibrios, bajo consumo relativo y tensiones distributivas.

El trabajo aparece aquí de forma menos épica y más estructural. Los hogares ahorran más, consumen menos, financian indirectamente la acumulación de capital y sostienen un modelo que privilegia inversión, infraestructura y manufactura. Lan explica que la represión financiera —tasas bajas para abaratar crédito a empresas y sostener inversión— reduce el ingreso de los hogares por depósitos, obliga a ahorrar más para alcanzar ciertos objetivos y, al mismo tiempo, deprime el consumo.

En paralelo, el hukou vuelve a aparecer como una institución central. Lan muestra que las barreras a la movilidad de factores —tierra, trabajo y capital— afectan el desarrollo económico, y que el sistema de registro de hogares tiene un impacto relevante en el uso del suelo y la movilidad de la población. Integrar mercados regionales y eliminar barreras a la movilidad requiere reformas más profundas, aunque en el corto y mediano plazo China ha utilizado ajustes administrativos, expansión de ciudades y creación de nuevos distritos metropolitanos para reorganizar recursos.

Cultura productiva

Pero todavía falta una capa. Si Weksler muestra la transformación laboral, Weber y Qi explican el marco Estado-mercado, y Lan abre la maquinaria institucional, Yung Han Shen agrega una lectura cultural que no reemplaza a las anteriores, pero ayuda a entender por qué China no puede reducirse a cifras de comercio exterior o política industrial.

En entrevista con RH Management, Shen insiste en que China no es plana. Una lectura puramente económica puede ser correcta y al mismo tiempo insuficiente. Lo mismo ocurre con una lectura política, empresarial o filosófica. Para ella, la cultura china tiene una relación particular con el esfuerzo, la solución práctica y el bien común. En muchos relatos mitológicos, dice, la persona no espera una intervención externa que la salve. Actúa, trabaja, encauza el problema y lo convierte en utilidad colectiva. “Los chinos no construyeron un barco para que todos estuvieran ahí y salvaran unas cuantas especies representativas”, afirma. “No. Se va a enfrentar el desafío y se toma”.

Esa mirada no debe usarse para romantizar el sacrificio ni justificar condiciones laborales abusivas. Pero sí ayuda a entender que el trabajo ocupa en China un lugar histórico distinto al de sociedades más organizadas alrededor del Estado de bienestar. En la lectura de Shen, trabajar no es solo obtener ingresos: es una forma aprendida de sobrevivir, sostener a la familia y contribuir al conjunto. Sin trabajo no hay sustento individual ni cohesión colectiva. El doctor Juan Ignacio Pérez Eyzaguirre lo plantea desde otro ángulo: en China existen salud, pensiones y seguridad social, pero la promesa principal del Estado no es subsidiar, sino asegurar crecimiento y empleo. “La función del gobierno es darte empleo”, afirma. “El bienestar no se consigue con subvenciones estatales, sino que se consigue con trabajo”. Así, el empleo aparece no solo como variable económica, sino como fundamento de estabilidad, legitimidad y orden social.

Esa centralidad del trabajo también permite mirar con más cuidado ciertas prácticas que el management occidental suele presentar como descubrimientos recientes. Para Shen, la colaboración, la planificación de largo plazo y la disposición a subordinar parte del esfuerzo individual a un propósito común no son simples herramientas de gestión ni modas organizacionales trasladables de un país a otro. En China remiten a una memoria cultural, institucional y política más antigua, donde el trabajo se entiende menos como una experiencia puramente individual y más como una contribución a un orden compartido. La advertencia para el mundo empresarial chileno es exigente: no basta importar técnicas asociadas a eficiencia, compromiso o trabajo en equipo si no se comprende el suelo histórico que les da sentido.

Por eso, el aprendizaje no está en copiar prácticas chinas, sino en comprender qué revela esa experiencia sobre la relación entre trabajo, desarrollo, cohesión social y estrategia de largo plazo. Ahí aparece también su límite: ninguna cultura laboral puede ser observada solo desde sus resultados productivos, sin mirar los costos humanos que la sostienen.

Sin receta

El riesgo de mirar China desde el trabajo es caer en dos tentaciones opuestas. Una consiste en presentar su desarrollo como una hazaña de coordinación colectiva, disciplina productiva y planificación estratégica. La otra, como una historia de explotación laboral, control social y subordinación del individuo al proyecto nacional. Ambas contienen parte de verdad. Ninguna alcanza por sí sola.

La fuerza del caso chino está precisamente en su ambivalencia. Hubo explotación, migración precaria, trabajadores sin plena ciudadanía urbana y jornadas extremas. También hubo aumento salarial, movilidad, expansión educativa, aprendizaje industrial, reducción de pobreza, calificación laboral y construcción de capacidades productivas. Hubo mercado, pero no mercado puro. Hubo Estado, pero no planificación cerrada. Hubo cultura colectiva, pero también conflicto, desigualdad y negociación.

Por eso, China no ofrece una receta trasladable para Chile, América Latina ni las empresas occidentales. Ningún país copia sin costo un sistema nacido de una historia distinta, una escala demográfica excepcional, una tradición política propia y una relación singular entre Estado, mercado y sociedad. Pero el caso chino sí deja una pregunta difícil para el management: qué lugar ocupa realmente el trabajo cuando una organización —o un país— pretende construir desarrollo de largo plazo.

No se trata de mirarlo solo como costo, variable de ajuste o recurso administrable. El trabajo también es capacidad colectiva, base productiva, aprendizaje acumulado, fuente de derechos y condición material de cualquier salto económico serio.

Al final, la escena de la mesa vuelve con otra densidad. China puso al centro infraestructura, industria, mercado, Estado, tecnología y planificación. Pero esa mesa fue sostenida por trabajadores concretos: campesinos que migraron, obreros que ensamblaron, familias que ahorraron, hogares que postergaron consumo, profesionales que aumentaron calificaciones y generaciones que aceptaron o disputaron los costos de una transformación acelerada.

La pregunta ya no es solo quién organizó la mesa china. Es quién trabajó para sostenerla, qué recibió a cambio y qué tensiones quedan abiertas cuando un país intenta pasar del trabajo barato a la innovación, del sacrificio al bienestar y de la fábrica del mundo a una economía que quiere definir, por sí misma, su próximo lugar en la historia.

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