Capitalismo psicopático

(Publicada en RHM 58, junio 2012)

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Por Carlos Vignolo, académico DII, Universidad de Chile.

En “Capitalismo coronario” (El País, 12 de Febrero de 2012) Kenneth Rogoff argumenta que el capitalismo nos hace adictos a alimentos de alto margen de ganancia, nos engorda y nos enferma, como parte de su lógica de generar empleo y ganancias a las empresas de alimentos, a los científi cos y a la industria de la salud. Radical argumento, especialmente viniendo de un economista, ex directivo del FMI y actual profesor de la Universidad de Harvard, la Nº 1 del mundo según algunos rankings.

Por su parte, Jon Ronson, autor de «The Psychopath Test: A Journey Through the Madness Industry», sostiene que «el capitalismo premia rasgos del psicópata» (El País, 2 de Abril de 2012)

¡Algo huele mal en Dinamarca!

Yo propongo que el capitalismo, en su versión individualista, competitiva, atomística, consumista y exitista que es la predominante en el mundo y que es la que se ha impuesto en Chile- no sólo engorda, hace adictos, enferma y favorece a los psicópatas sino que, lo más grave de todo, produce psicópatas. Especialmente, como argumento en «Angeles y demonios en las organizaciones», en culturas de baja autoestima como es el caso de la chilena. El argumento es simple. Las personas de baja autoestima, que normalmente desarrollan una alta autoexigencia como forma de compensar la sensación profunda de ser poco valiosas, aún cuando alcancen buenos o muy buenos resultados en los desafíos que asumen y lleguen a posiciones destacadas en las profesiones, la empresa y la política, no logran disminuir por esa vía la sensación de ser poco valiosos. La autoconfianza que los éxitos producen no modifi ca la autoestima. La brecha entre ellas es el ego. Mientras mayor la brecha más grande el ego y más fuerte la «conversación privada» de ser un impostor así como el miedo a ser descubierto.

En ambientes competitivos, atomísticos, individualistas y exitistas el miedo escala a angustia. Cuando esa angustia se hace intolerable aumenta fuertemente el riesgo de desconexión total de sí mismo, como última forma de pararla.

Así se producen psicópatas que pudieron no haberlo sido, y se agregan a aquellos que son hijos del más profundo desamor, quienes, por cierto, ya venían psicopatizados desde pequeños.

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