¿Cambiará la élite empresarial sus miradas ideológicas y valóricas frente a la crisis?

Según analistas la élite empresarial chilena muestra escasos indicios de transformación frente a la crisis social y económica actual, manteniendo una posición defensiva y poco receptiva a las demandas de cambio. Un estudio revela la persistencia de discursos y prácticas que reproducen el statu quo, dificultando la construcción de un diálogo constructivo. Es crucial fomentar la reflexividad y promover un cambio real en las actitudes de estas élites para lograr una sociedad más inclusiva y sostenible.

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En medio de la crisis de salud mental, ética, social, económica y política que enfrentamos, surge una interrogante crucial: ¿Es posible que la élite empresarial modifique sus puntos de vista y valores? ¿O todo es solo una estrategia de lavado de imagen y oportunismo? Algunos creen fervientemente que estos cambios son reales y están ocurriendo en el seno de las empresas.

En una entrevista realizada por RH Management a Alexis Camhi, del Observatorio Conciencia Empresarial, se destaca la convicción de que el cambio de perspectivas sólo se producirá gracias a las nuevas generaciones.

Esta afirmación se alinea con lo planteado en un artículo escrito por Claudio Riveros y Alejandro Pelfini y publicado en Ciper. En él se argumenta que el cambio generacional y la incorporación de mujeres en puestos directivos empresariales podrían impulsar una renovación en el sector, fomentando una mayor heterogeneidad en pluralismo ideológico y valórico.

Pero, ¿es esto realmente así? La opinión de expertos como Claudio Riveros Ferrada, académico de la Escuela de Ciencias Políticas y Administración Pública de la Universidad de Talca, y Alejandro Pelfini, docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador y el Programa de Estudios Globales de FLACSO-Argentina, resulta fundamental para comprender si los nuevos paradigmas que atraviesan a las organizaciones pueden ser asumidos por la élite empresarial que guía el rumbo de las compañías.

En su revelador artículo publicado en Ciper, Riveros y Pelfini afirman que, tras estudiar el comportamiento del gran empresariado chileno en las últimas décadas, no sorprende el rechazo de los máximos representantes del sector a propuestas de nuevos pactos fiscales por parte del Gobierno. Esto pone en entredicho dos supuestos que se habían planteado: que la élite empresarial había aprendido lecciones tras los eventos del 18 de octubre de 2019, mostrando una actitud más autocrítica y reflexiva; y que el cambio generacional y la inclusión de mujeres en posiciones de liderazgo empresarial llevarían a una mayor diversidad ideológica y valórica.

Según los autores, las conductas observadas este año, especialmente la oposición de los gremios empresariales a propuestas de aumento de impuestos, indican que no ha habido cambios significativos en las posturas tradicionales. Estas élites históricamente han visto los impuestos como un problema de recaudación, no de redistribución. Lo evidencian al sugerir al Gobierno que aumente sus recursos a través de una mayor eficiencia en el gasto público, combatiendo la burocracia, la informalidad y la evasión, y generando condiciones propicias para la inversión y la seguridad jurídica. Su razonamiento se basa en la premisa de que no hay nada mejor que el crecimiento para obtener recursos económicos.

Además, los autores señalan que el rechazo a las reformas tributarias se debe en parte a las victorias sistemáticas que el empresariado ha obtenido al bloquear o modificar propuestas fiscales. Esto ha llevado a una retórica “transformadora” que en realidad no fomenta un diálogo constructivo. Estas élites se sienten poco interpeladas por el cuestionamiento ciudadano y parecen no asumir ninguna responsabilidad real (más allá de discursos simulados) respecto al malestar actual.

Lejos de ello, la élite empresarial aún se percibe como el único actor capaz de resolver la crisis o al menos ofrecer recetas para enfrentarla. Esto lo hacen sin apartarse de su enfoque normativo habitual para resolver conflictos, promoviendo acuerdos políticos, respeto a la legalidad vigente, valoración de la técnica y profesionalización del aparato público, todo en aras de evitar la polarización y la división del país. Imponen así lo que Fairfield (2015) llama el poder estructural e instrumental. El poder estructural se basa en la posición dominante económica de los agentes privados, influyendo en los legisladores para implementar decisiones y políticas económicas que puedan afectar la inversión y el crecimiento económico. Por su parte, el poder instrumental se relaciona con la influencia que ejercen estos agentes económicos sobre los partidos políticos, los medios de comunicación y el reclutamiento de afines en el aparato político, argumentando a favor de la superioridad técnica y la legalidad vigente.

Según los autores, para que se hable de aprendizaje, es fundamental determinar la proporción entre el habitus (los criterios de valoración heredados y naturalizados) y la reflexividad (la autocrítica y la atención a las consecuencias no deseadas de su comportamiento) que demuestran estas élites en sus discursos y prácticas en un contexto de conflicto social. Solo cuando estas élites sean capaces de reconocer la magnitud del problema y entender cómo sus acciones han contribuido a él en función de sus propios intereses, se podrá hablar de aprendizaje real. Dependiendo de la combinación o predominancia entre el habitus y la reflexividad, se pueden distinguir dos tipos de reacciones: las transformadoras, que muestran mayores niveles de reflexividad y sensibilidad hacia el contexto y los procesos comunicativos; y las no transformadoras, en las que prevalece el habitus sobre la reflexividad, y que se caracterizan por la distorsión comunicativa, donde no se reconoce la validez ni la relevancia de las demandas y se tiene una percepción limitada de los cambios y estímulos del entorno.

Con base en diversos proyectos de investigación y entrevistas con líderes empresariales, junto con el análisis de documentos y posicionamientos de grupos económicos y gremios empresariales chilenos entre los años 2014 y 2022, los autores sostienen que las declaraciones recientes de la CPC sobre reformas tributarias, crisis económica y manejo de fondos fiscales confirman la escasa transformación de la élite empresarial. Frente a debates sobre cambios significativos en el orden social y económico, estas élites han adoptado actitudes defensivas, miedosas y aisladas, e incluso simulaciones adaptativas. Los líderes empresariales continúan deslegitimando las demandas de igualdad y las críticas al modelo económico, utilizando argumentos que remiten a una antigua ideología de clase y fortaleciendo la tesis del capitalismo jerárquico. La naturalización del modelo económico existente y sus supuestas virtudes son parte de estas reacciones no transformadoras, que están lejos de conducir a procesos de aprendizaje o transformación. En consecuencia, su reflexividad y capacidad de aprendizaje son mucho menores de lo que se esperaría de élites que están siendo cuestionadas y se presentan a sí mismas como los agentes encargados de liderar el proceso de modernidad y desarrollo.

En conclusión, todo indica que ni siquiera una representación más diversa en términos de edad y género está impactando en una posición más plural y receptiva por parte de la élite empresarial chilena. Parece haber una continuidad y coherencia en los universos simbólicos que conforman estas élites. Aunque puedan incorporar miembros de sectores medios y mostrarse abiertas en términos sociales, siguen compartiendo y reproduciendo una visión del mundo caracterizada por una supuesta superioridad moral y cognitiva respecto al resto de la sociedad. Se autolegitiman como los agentes privilegiados para determinar qué es bueno para la sociedad, y esta certeza no se genera simplemente a través de la socialización primaria o la asistencia a prestigiosos colegios, sino que se reproduce principalmente en ciertas carreras en universidades de élite, en la trayectoria empresarial y en el respaldo discursivo y performativo proporcionado por los think tanks afines, con sus informes, rankings y criterios de evaluación (los llamados circuitos culturales del capitalismo). En resumen, los actores pueden cambiar, pero los discursos siguen siendo casi los mismos de siempre.

Esta investigación y análisis plantea importantes interrogantes sobre la posibilidad de un cambio real en las miradas ideológicas y valóricas de la élite empresarial frente a la crisis actual. También nos invita a reflexionar sobre la importancia de promover una mayor reflexividad, apertura al diálogo y disposición al aprendizaje en estos sectores, así como a buscar formas de influir en la transformación de los discursos y prácticas empresariales hacia modelos más inclusivos y sostenibles.

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