Antígona en Pompeya … a Anna Bou Jorba

Ricardo Espinoza Lolas nos transporta a la Pompeya pre erupción para explorar su naturaleza dionisíaca y la presencia mítica de Antígona en su cultura. La columna propone una reflexión sobre la identidad y la tragedia de la ciudad antigua, y cómo su espíritu vive en el presente.

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Por Ricardo Espinoza Lolas, filósofo, escritor, teórico crítico.

Y si nos quedamos pensando y soñando y podemos viajar, de algún modo, a Pompeya, como lo señala la poeta Bou (en otro artículo para Rh Management), antes de su destrucción (la que ‘a pesar de’ su horror y tragedia nos ha permitido conservarla hasta nuestros días en su instante esplendente) y, repito, nos quedamos allí, a vivir en Pompeya, a habitar sus calles, mercados, tabernas, casas, teatros, prostíbulos, templos, puerto, etc.
¿Cómo sería la experiencia de habitar en esta ciudad como uno de sus habitantes? Esa ciudad de siglos junto al Vesubio dionisíaco, cubierto hasta en su cono con vides (cono que desapareció con la brutal erupción), dador de vida y muerte, nos indica algo que se nos olvida, después de 2 mil años, que fue una ciudad eminentemente griega, desde el siglo VIII a.C., y que luego se volvió romana (pasando también por ser una ciudad samnita), al final de su vida en el 79 d. C (lo más probable es que la erupción no fuera el 24 de agosto, sino de octubre, como lo muestra una inscripción descubierta recién en el 2018). Esa griega Pompeya, tan dionisíaca como ariadnea (los motivos en torno a ambos están presentes por múltiples rincones de la ciudad), es única (se ve por todas partes ya en sus frescos como en sus tabernas, mosaicos, teatros y calles), pero, a la vez, constructora de comunidad, de un NosOtros griego que nos permite entender lo que fueron esas polis dionisiacas, nunca espirituales, que luego se fusionaron con las romanas. Una Pompeya, cual Tebas, en donde míticamente habitó una Antígona, la ménade por excelencia que siempre está viva en la polis griega gracias a la Tragedia que se nos actualiza en sus festivales una y otra vez, por ejemplo, la Antígona de Sófocles en Atenas (pero en Pompeya también tenía sus poetas trágicos, como Publio Aninio, que expresaban sus tragedias para sus miles de habitantes). ¿Es posible que hoy una Antígona pudiera habitar una Pompeya? ¿Es posible una Pompeya actual? ¿Una Antígona que se exprese en alguna Tragedia? A lo mejor solamente es posible que esto acontezca si se mueve rápida como una Lou Salomé (que es lo femenino, por excelencia, de inicios del siglo XX en su dinamismo que todo lo totalitario lo disuelve); se requiere una Antígona en medio de una ciudad que sea eminentemente exterior y cuerpo, sin interior alguno.

En el pasado alguna Antígona fue la habitante de esa Pompeya. ¿Cómo era vivir allí? Si Antígona pudo ser como fue, como lo relata Sófocles, Eurípides, etc., es porque existía alguna Pompeya. En cierta forma Pompeya es todavía ‘inmoral’ para ciertos ojos actuales y, de hecho, fue así para muchos ojos del pasado moderno de los cristianos europeos cuando fue recién descubierta en el siglo XVIII; por eso el cristianismo veía como un castigo de su dios moralista la erupción del volcán y que esa Sodoma ‘romana’ se merecía que quedará sepultada para siempre, pero lo dionisíaco gusta ocultarse, como nuestra propia piel que no vemos, y en ello el volcán nos guardó en un instante, como una fotografía telúrica, la vida de estos ‘inmorales’ humanos sin subjetividad y espiritualidad alguna.

Un humano sin interior de ninguna especie, sin nihilidad a cuesta, sin límite como ‘algo’ que me cierra y me impide a amar al otro, sin ningún dios interiorizado que nos domina, ni conciencia alguna que nos chantajea, sin esa moral de moralina que nos culpabiliza y nos vuelve en un melancólico que debe pedir perdón para existir en la ciudad europea que ahora nos domina por todas partes: ciudades de interiores y exteriores, de lo privado y lo público, ciudades de límites, por tanto de traiciones, desde los cuales se nos gobiernan los cuerpos y se nos esclaviza de modo subjetivo a vivir bajo el miedo de una existencia laberíntica y neurótica (por ende capitalista), la que si no se la sigue nos llevará al infierno de la soledad, la enfermedad y a quedar muertos y abandonados como lo está, por ejemplo, el creador luminoso que fue el poeta Huidobro en su triste tumba de Cartagena: castigado por la ciudad actual porque él era un dionisíaco bailarín creador de Centauros en ciudades como Pompeya.

Pompeya generaba a Antígonas, esto es, animales humanos dionisíacos creadores de lo ético-político de un NosOtros, que en sus bailes van integrando a todos los cuerpos (humanos y no-humanos) y lo hacen siempre en un territorio preciso. Y es así como surge luego el acontecimiento de las instituciones robustas que han perdurado por más de 2500 años; y de este modo se ha dado un sentido a lo humano en donde no lo había; el sentido de la Comunidad del NosOtros.

Y ¿cómo era Pompeya que daba de sí Antígonas diversas en sus tragedias? Una ciudad del Vesubio, esto es, una ciudad de la abundancia, del cuerpo a cuerpo, del juego, de las revueltas, del levantarse a reconstruir lo que el Vesubio con sus terremotos echaba abajo, del beber y comer y en ello conmemorar al dios que habita junto con ellos, en sus cuerpos: en la sexualidad, en el teatro, en el mercado, en su ágora, en su circo, en las calles, en el lupanar, en sus mosaicos y frescos, en su casas y cultivos, en donde hasta la familia se expresa de modo externo y por ello hasta un esclavo puede ser ‘más’ hijo que un hijo de sangre. Un pueblo que está siendo en la superficie de todos los cuerpos y en esa superficie acontece una Antígona y de este modo es posible un NosOtros que perdurará por medio de los siglos. Y que permite que unos con otros, ante la luz, de sus calles y tabernas y teatros se de una amistad que afianza los lazos de esa polis y que de algún modo se actualizan siglos después cuando se la excava (todavía queda un tercio sin excavar) y se la ve florecer y renacer y que está, en su silencio, más viva que cientos de ciudades actuales.

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