Ampliar la propia perspectiva y construir a través de las emociones positivas

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Por Gonzalo Brito, Ph.D (c), psicólogo y fundador de Red Mindfulness (actualmente se mantiene en el cargo y, además, es colaborador e instructor del Programa Experto en Mindfulness de la Universidad Complutense, Nirakara Mindfulness Institute)

Sabemos de manera intuitiva que nuestra vida emocional está directamente ligada a nuestro bienestar personal y también a nuestra salud física y psicológica. Existen, además, numerosos estudios que demuestran que la tristeza, la rabia y la preocupación, cuando se vuelven habituales, están asociadas al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, respiratorias, autoinmunes y, por supuesto, mentales. ¿Pero qué sabemos de los efectos de las emociones positivas?

La psicóloga e investigadora de la Universidad de North Carolina en Chapel Hill, Barbara Fredrickson, propuso hace más de una década la teoría “ampliar y construir” de las emociones positivas (en inglés, broaden-and-build). En primer lugar, esta teoría postula que las emociones positivas permiten ampliar nuestra capacidad de atención y de pensamiento, permitiéndonos percibir más elementos del entorno y realizar conexiones complejas entre diversas ideas, facilitando la flexibilidad mental y el proceso creativo. De hecho, estudios recientes muestran que al inducir emociones positivas, las personas amplían su campo visual, viendo un mundo más amplio y con mayores posibilidades frente a ellos. De la misma manera, estas emociones hacen que las personas amplíen su repertorio de conductas y se abran a nuevas experiencias. En el dominio interpersonal, las emociones positivas nos permiten pensar desde el punto de vista de los otros y ver sus necesidades, aumentan nuestra capacidad de tomar una perspectiva amplia en situaciones difíciles y a la vez nos ayudan a ver los elementos comunes entre las personas más allá de sus diferencias. Por último, las emociones positivas nos ayudan a recibir de una manera menos defensiva el feedback negativo que podemos recibir de otras personas.

En segundo lugar, esta perspectiva más amplia ligada a las emociones positivas, nos permite descubrir y construir recursos personales tales como la capacidad de estar plenamente presentes en lugar de estar siempre pensando en el pasado o el futuro, el poder enfrentar los desafíos de nuestro ambiente con una sensación de dominio, la capacidad de dar y recibir apoyo emocional. Las emociones positivas también construyen nuestra resiliencia, que consiste en la capacidad de recuperarnos de eventos estresantes o traumáticos.

Fredrickson plantea que las emociones positivas pueden sentirse no sólo dentro de las personas, sino que entre las personas, a través de lo que ella llama “resonancia positiva”. Nuestros cerebros y nuestras mentes han evolucionado en contextos relacionales, e incluso podemos pensar en el cuerpo/mente como un instrumento de resonancia. Piensa en cuando te acercas a un grupo donde todos se están riendo, ¡qué difícil es no sonreír! O cuando llegamos a un funeral y nos conectamos fácilmente con la emoción del duelo ya que somos capaces de sentir las “vibras” de los demás. Esta emocionalidad compartida que está en el “entremedio” hace que los cuerpos se sincronicen a nivel biológico, y las conductas de las personas reflejan esta sincronía. Así, por ejemplo, si la resonancia emocional en un grupo de personas es de confianza, de empatía y cuidado genuino entre ellos, lo natural es que las personas en este grupo actúen y hablen de manera cooperativa y coordinada. Esto no quiere decir que todos hagan o piensen lo mismo, sino que cada uno se exprese de una manera única y a la vez integrada al grupo.  

Si las organizaciones tienen una cultura en la cual las personas son implícitamente percibidas como instrumentos reemplazables, esa organización se va a ver pronto en una situación donde será más difícil cumplir metas. Hoy, incluso los líderes de empresas comerciales están comprendiendo que la estrategia de la presión, la competencia y la amenaza puede servir de utilidad sólo a muy corto plazo. Para ser efectiva en el largo plazo, una organización necesita considerar a sus participantes como seres biológicos, psicológicos, relacionales y espirituales. Los verdaderos líderes tienen esta mirada, siendo capaces de congeniar la importancia de las metas con un trato altamente personal con los miembros de sus equipos, generando un espacio psicológico de resonancia positiva. Esto puede tener efectos concretos tales como la disminución de las tasas de ausentismo y un aumento en la productividad, pero más relevante que esto, el lugar de trabajo se vuelve un espacio con sentido, donde las personas pueden expresar su capacidad de crear y participar. 

La sensación de cooperación e integración de las diversas capacidades y cualidades de cada persona es una fuente natural de resonancia emocional positiva en un equipo de trabajo. Los seres humanos podemos motivarnos básicamente a través de tres maneras: evitando castigos, persiguiendo premios, o sintiéndonos parte de una relación sana, amorosa y creativa. En otras palabras, nos movemos por temor, por la expectativa del placer, o por amor. Las empresas con estructuras autoritarias a menudo han sobre-utilizado las dos primeras estrategias, y han ignorado la motivación afiliativa de sus miembros. Contar con relaciones interpersonales sanas y hacer un trabajo con sentido es indispensable para facilitar la evolución personal y grupal. 

PD: Esta columna fue publicada en RHM 64, junio, 2012. 

 

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