Amor para la amnesia ecológica

Victoria Uranga Harboe, presidenta de la Corporación Defensa de la Cuenca del Mapocho, destaca la urgencia de reconectar con la naturaleza para combatir la indiferencia global ante la crisis medioambiental. Citando a expertos y eventos recientes, Uranga llama a un cambio sistémico y a recuperar nuestra biofilia para sanar el planeta.

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Por Victoria Uranga Harboe, presidenta de la Corporación Defensa de la Cuenca del Mapocho.

La Tierra está temblando desnuda, no desviemos la mirada. Antes de entregar el mandato de relator especial de la ONU, David Boyd, en entrevista con The Guardian, dijo que se esforzaba por comprender la indiferencia colectiva del mundo ante el sufrimiento que causan los daños medioambientales evitables: “No consigo que la gente se inmute. Es como si algo fallara en nuestros cerebros para que no podamos entender lo grave de la situación”.

Para él, el derecho a un medioambiente sano tiene la capacidad de provocar cambios sistémicos y transformadores, pero se enfrenta a una fuerza aún mayor: “La poderosa economía mundial, un sistema que se basa en la explotación de las personas y de la naturaleza”.

Sabemos que el calentamiento global y la degradación de la naturaleza están provocando en muchos jóvenes ansiedad y depresión. Esa “ecoansiedad” tiene estímulos de sobra y basta con decir que este 23 de mayo Chile volvió a ser el primer país de Latinoamérica en entrar en sobregiro ecológico (Overshoot Day): ya consumimos todos los bienes naturales que podemos regenerar en este año. Pero hay muchas más señales tristes: las inundaciones en el estado de Rio Grande do Sul en Brasil, los ríos anaranjados en Alaska, la pérdida de todos los glaciares en Venezuela y tantas otras.

Por eso cuesta tanto comprender el debilitamiento de normas ambientales de protección que vemos en aumento en Chile y el mundo. Decisiones como la de Conaf, que respaldó la declaratoria de interés nacional del proyecto Central Hidroeléctrica Rucalhue, en la Región del Biobío, permitiéndole talar bosque nativo en categoría de conservación, o que no sea motivo de debate nacional el reporte “Miradas Sostenibles: la visión de los chilenos y chilenas sobre medioambiente y cambio climático” (PNUD, 2024).

El filósofo australiano Glenn Albrecht habla de “solastalgia” para describir el desconsuelo en respuesta a cambios negativos en el medioambiente, y Peter Kahn, profesor de la Universidad de Washington, hace referencia a la “amnesia ambiental generacional”. Kahn afirma que hay cambios ecológicos que están tan cerca, que perdemos la perspectiva para verlos y solo nos adaptamos a esa creciente catástrofe.

Pero los poderosos (léase del norte global, dueños de empresas extractivistas, algunos gobiernos de turno, congresistas negacionistas, entre otros) padecen de otra enfermedad: una extraña amnesia ecológica. Los síntomas son evidentes: verborrea para intentar convencer de que es posible vivir sin importar lo que le pase a la Tierra; confianza irracional en panaceas científico-tecnológicas que prometen resolver la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y el aumento de las temperaturas. Ellos son los que nos llenan con greenwashing asistencialista que cubre vacíos del Estado, pero sin abordar los problemas de fondo que están generando.

Pregunté por posibles remedios para la amnesia ecológica: un rato largo mojándose bajo la lluvia hasta que perciban el cambio de las estaciones, estadías prolongadas jugando en los recreos con los niños y niñas de Quintero Puchuncaví, trabajos voluntarios midiendo la contaminación del aire y la falta de agua debido a proyectos como Los Bronces Integrado de Anglo American o que algún médico del programa “Te Falta Sur”, de la Universidad San Sebastián, les recete visitas a parques nacionales y que, de paso, disfruten los bellos ríos Pascua y Baker sin represas.

Sin embargo, prefiero recomendar que nos volvamos a enamorar de la Tierra. Nos desconectamos de la naturaleza, ahora es tiempo de recuperar nuestra biofilia como parte del camino para sanar. Somos seres ecodependientes y maravillosamente vulnerables, simplemente somos naturaleza.

Ya no sirven las medidas cosméticas (ni las clases de ética), es necesario abandonar el paradigma del crecimiento ilimitado y la economía lineal en que se basa el modelo de antidesarrollo, extractivista y colonial. Susana Muhamad, ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia y próxima presidenta de la COP16, hizo un llamado a hacer la paz con la naturaleza. Tal vez el camino para la paz es el amor.

Esta columna fue publicada originalmente en El Mostrador.

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